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Culto
Cantores que reflexionan: Ángel Parra por Gitano Rodríguez

Cantores que reflexionan: Ángel Parra por Gitano Rodríguez

En Cantores que reflexionan, una publicación de 1984 que Hueders rescata para acercar la vigencia de su análisis y el valioso contenido de su testimonio, Osvaldo “Gitano” Rodríguez elabora un mapa con las figuras gravitantes de la Nueva Canción Chilena. Este es el capítulo que la crónica recoge del fallecido creador Ángel Parra.

La actividad de diversos talentos jóvenes revitaliza hoy la cantautoría chilena. En ese latir musical, es importante el trabajo del músico y poeta Osvaldo “Gitano” Rodríguez tanto en la composición como en el análisis. El autor del famoso vals “Valparaíso” fue un creador multifacético —con obras de música, literatura y dibujo—, que en sus años de exilio europeo afinó y profundizó su faceta de investigador, y se especializó en la tradición del canto popular chileno.

En este capítulo de Cantores que reflexionan. Notas para una historia personal de la Nueva Canción Chilena (Hueders, 2015), Rodríguez enarbola algunas ideas interesantes sobre la obra y el lugar de Ángel Parra en la historia musical reciente.


Pasajeros de París

Ángel Parra es otro de los pasajeros estables de París (como Daniel Viglietti, Paco Ibáñez, Atahualpa Yupanqui o como lo fue Luís Cília, hasta que se volvió a Lisboa). Junto a Isabel Parra deben ser considerados como los verdaderos fundadores de la Nueva Canción, ya que, como he insistido varias veces, el centro de aprendizaje y comunicación que significó la Peña de los Parra en Santiago constituye el inicio de nuestro movimiento.

La primera vez que vi a Ángel no fue en persona. Juan Capra tenía en su estudio un retrato de su amigo hecho a pastel. Estaba colgado en uno de los muros de lo que iba a ser más tarde la peña. Donde de verdad nos encontramos fue en la caleta de pescadores de Horcón, en una de esas fogatas tan comunes en las noches de verano, más bien frías, de la costa central de Chile. Desde entonces tuvimos varios amigos comunes. Con esos amigos nos fuimos más de una vez de juerga, llevando a nuestras mujeres por los prostíbulos visitables de Valparaíso (que los hay, con espectáculo y todo). Los Siete Espejos, popularizado mundialmente por Joris Ivens, y aquel otro de maricones en uno de los costados de la Plaza Echaurren que era de la señora Juanita, una mujer allendista (ya en ese tiempo) que tocaba el piano en ese burdel hecho a medida para un filme de Buñuel. Algo como una sórdida curiosidad había en nosotros al visitar esos lugares. Acaso el atractivo que tienen las cosas decadentes y prohibidas. Aquel espectáculo de la miseria humana, aquellas tristísimas estriptiseras del American Bar, aquellas putas no tan jóvenes del Roland Bar a las que les escribíamos las cartas de amor en otro idioma para los marineros que besan y se van. Pero todo ese material quedó registrado en la sensibilidad de Ángel. Lo resume con mucha poesía en una de sus mejores canciones, “Valparaíso en la noche”:

Valparaíso en la noche
siento tus pasos de baile,
van recorriendo mi cuerpo
van despertando mi sangre.
Valparaíso en la noche
eres más libre que el aire […].
Valparaíso en la noche
princesas y reino crecen,
se casan, aman al rey
y enviudan cuando amanece.

Con la grabación original de esta hermosa canción, que debe datar de 1965, Ángel es quizás el primero en incorporar el violonchelo a la Nueva Canción. Quienes recuerden esa versión coincidirán conmigo en el acierto de dicho instrumento, que crea un clima muy acorde con el contenido.

Resulta interesante detenerse en esta canción de Ángel, que debe ser una de las primeras en su producción. En ella hay una perfecta armonía de forma y contenido que se repite en casi toda la primera etapa de su labor como compositor. De aquellos años deben recordarse especialmente sus temas de amor (o desamor) “Dos veces te vi, mujer” y “Canción de amor”, y el bello ciclo de canciones infantiles llamado Al mundo niño le canto. Hay un gran acierto en ese disco cuando Ángel da categoría de personaje a una ronda infantil, “El Manseque”:

La fiesta va a comenzar,
el Manseque no ha llegado,
no me digan que los niños
tan pronto lo han olvidado.
Y en la canción de la muñeca, construida con un fino lenguaje poético:
La abuelita dice
que en los tiempos de antes,
le daban jazmines
y agua de diamantes.

Dos de los mejores textos de la primera producción de Ángel son “Canto a Santiago” y “Buscando camino y luz”, ya citados en la primera parte de este libro. Pero vale la pena insistir especialmente en el segundo texto. En él, Ángel Parra encuentra una de las mejores estrofas de toda su producción:

Por eso yo canto, padre,
quiero decir mi verdad,
la estrella del pobre es mala
se prende sin alumbrar,
como nieve en la montaña
que quema sin calentar.

Un trabajo que está por hacerse es el estudio de la poetización y musicalización de la novela de Volodia Teitelboim La semilla en la arena, hecha por Ángel Parra y publicada en forma de disco bajo el nombre de Pisagua. Tengo entendido que es la primera vez que un autor de música popular en Chile intenta musicalizar y versificar una obra en prosa. El ejemplo es muy valioso, y podría significar la apertura de una gran cantera poético-musical. Imaginemos la versificación y musicalización de El habitante y su esperanza, de Neruda, o algunos cuentos de Coloane, o la prosa de Gabriela Mistral, etc. En el fondo, es un excelente ejercicio para un taller de poesía. Pablito Milanés lo ha hecho en Cuba con prosa de José Martí; y Patricio Castillo en el exilio, musicalizando y versificando con rigor y talento la prosa de Ariel Dorfman en el disco Provincias. Con todo, creo que el intento de Ángel en lo poético no está a la altura de la propia poesía que posee el texto en prosa de Volodia.



Muy distinta es la solución de forma musical y versificación que Ángel propone en La Pasión según San Juan, obra que fue concebida durante su cautiverio y que toma como base el texto bíblico. Las soluciones poéticas son a todas vistas mucho más consecuentes con el texto y –salvo dos desplazamientos de acento y algún verso que podría haberse cuidado más en su relación con la estrofa– el conjunto es de una gran unidad.

Este problema de análisis es algo delicado, por cierto. Cada cual puede y debe tener su propio parecer. Solo que en la obra de cualquier artista hay ciertos puntos claves, altos y bajos. Hay hombres de una sola obra, decía un crítico latinoamericano no hace mucho, refiriéndose a Cien años de soledad; y en cierto modo tenía razón. Ya hemos dicho que creemos que la Cantata popular Santa María de Iquique es irrepetible, y eso no tiene nada de malo. Falta ver lo que los dos autores que acabo de citar, Gabriel García Márquez y Luis Advis, producirán en el futuro.

No importa que Matos Rodríguez haya compuesto tangos de diversa calidad; basta con que haya inventado “La Cumparsita”. Lo que sí creo es que, finalmente, es cierta aquella frase: “El artista se debe a su público”, y que cada creador debería poner oído atento a aquello que ha creado y que queda en el público porque tiene carácter universal.

Mi criterio es propio, personal y me hago responsable de él. Lo que ocurre es que he tratado durante años de estar atento a lo que dice “el respetable público”, y me he encontrado con muchas coincidencias. Hay artistas que mejoran en calidad de escritura y de composición mientras decaen en cuanto a sus capacidades de interpretación de su propia obra, como es el caso de Patricio Manns. Hay creadores que, con una capacidad extraordinaria de equilibrio en la composición musical sobre textos ajenos, no serán jamás los mejores intérpretes de esas creaciones, como es el caso de Marta Contreras (lo que no quita su validez, por cierto).

Cualquier auditor de oído atento podrá notar las diferencias de tonalidades en la voz de Paco Ibáñez entre sus primeros discos y aquel bello largaduración con temas de Brassens en castellano, grabado hace pocos años. Es normal y se trata, creo, de que el artista vaya adecuando sus posibilidades vocales a un repertorio consecuente.

En el caso de Ángel Parra –fundador y difusor de la Nueva Canción Chilena, a la cual ha aportado su talento múltiple, tanto como instrumentista, cantante y compositor–, creo que hay textos producidos en estos años de exilio en los cuales no vale la pena detenerse, y otros que casi por contraste se destacan como joyas. Muchas veces este criterio tiene que ver con la poesía y la canción de circunstancia, lo que Clouzet definía como “la canción contingente”: temas dictados por la urgencia del momento y que servirán, sin duda, como punto de referencia pero que no aportan a la calidad total de una obra completa. Nadie duda, a estas alturas, de que la mejor poesía de Pablo Neruda no se encuentra en sus poemas de denuncia política (sin menoscabar su “Nuevo canto de amor a Stalingrado”, por ejemplo). O bien, debemos considerar que ha habido poetas de discutida militancia política que han producido cosas tan notables como el poema a Lenin, de Vicente Huidobro.

En el caso de nuestro compositor y poeta de la canción Ángel Parra, cuya obra total de los últimos años desconozco en su totalidad, cabría destacar dos excelentes textos de gran equilibrio entre forma y contenido, y que, curiosamente, no están construidos sobre base musical chilena, sino argentina y peruana. Me refiero a “El día que vuelva a encontrar” y su “Marinera del regreso”. El aporte de Ángel en estas dos canciones es notable y doblemente válido, ya que así como Isabel Parra toma prestado un ritmo y una forma venezolanos para crear una de sus mejores canciones (“Ni toda la tierra entera”), Ángel toma prestados –con toda propiedad, en el sentido americanista de nuestra canción– los ritmos de Perú y de la Argentina para construir dos canciones válidas para la América toda.


Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars