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Culto
Regreso a casa: las memorias de Ángel Parra

Regreso a casa: las memorias de Ángel Parra

En Mi Nueva Canción Chilena, publicado el año pasado por Catalonia, el músico une recuerdos con reflexiones y fotografías inéditas de su carrera, además de textos de canciones y poemas. Lo siguiente es un extracto del libro.

Regreso a casa

De regreso a Chile, en el mes de mayo de 1964 —casi al término de la exposición en el Pavillon du Marsan del Musée du Louvre, en que mi madre demostrara genialmente sus variados talentos artísticos—, comenzaba otra etapa de mi Nueva Canción Chilena.

No creo haber estado consciente de lo que estábamos haciendo. Esta forma de cantar, opinando y participando, se fue construyendo sobre la marcha. Eran días en que todo el mundo juvenil tocaba un poco la guitarra. Muchos jóvenes buscaban la fama rápida, ellos intentaban cantar rock and roll, traducido al castellano. Hoy en la TV sucede lo mismo. Con nosotros era más delicado, se trataba de canciones políticas y las ganancias eran mínimas. Los que seguían cantando la bella zamba argentina “La López Pereyra” en 1964, en medio de la campaña electoral, se eliminaban solitos. De la noche a la mañana todo el mundo descubrió al mismo tiempo la canción política.

Todo lo aprendido en París me resultó de una gran utilidad. En Chile había una generación hambrienta de escuchar estas nuevas sonoridades. Nosotros veníamos con materiales nuevos y atractivos. Cuatro, charango, quena y zampoñas. Ritmos coloridos, joropos, huaynos, chacareras, etc. Durante la campaña presidencial, la tercera de Salvador Allende, puse en práctica lo aprendido con Violeta y en la escuela nocturna y bohemia de París.

Pero para que ustedes se hagan una idea del estado de la canción chilena en aquellos días, les contaré algo que hoy me parece increíble. Aquello eran tan lamentable que el himno de la campaña presidencial se cantaba con la música de la película La marcha sobre el río Kwai, ¡incluyendo su parte silbada! En 1964 estábamos todavía a mil leguas de la Nueva Canción Chilena. Otros sugerían un slogan tan antiguo como “Pica el ajo, pica el ají, sale Allende, claro que sí” o el famosísimo “Y qué fue y qué fue, aquí estamos otra vez”. Víctor, Isabel, Rolando, Patricio Manns y yo luchando a brazo partido con la vieja dirigencia, partidaria de “La Internacional”, “La joven guardia” y “La Marsellesa socialista”. Un destacado y longevo dirigente del PC que recibió la banda magnética con todas las maravillas compuestas y enviadas por mi madre, y que yo entregué como su aporte a la campaña, las guardó en un cajón con llave. Demasiado revolucionarias. De pronto los cajones con llaves pasan a ser importantes cuando se quiere censurar sin que se note.

Recuerdo otro cajón, pero en París. Recién llegado después de mi experiencia carcelaria en la recién estrenada y sangrienta dictadura chilena de Pinochet, me acerqué de inmediato a las oficinas de DICAP para entregarles la cinta con la grabación clandestina que hiciéramos con Luis Alberto Corvalán. Se consideró inoportuna. Lo que vendía en ese momento era “Venceremos” y “El pueblo unido”. Fueron los compañeros anarquistas franceses del sello Expression Spontanée quienes dieron a conocer ese valioso material. Único testimonio de las actividades culturales de “los prisioneros de guerra”, como a ellos les gustaba llamarnos en el campo de Chacabuco. Escrupulosamente yo enviaba el dinero recolectado a la Vicaría de la Solidaridad.

Los derechos generados por este disco eran recibidos sistemáticamente por un formidable personaje, el cura André Jacques, quien los enviaba a Chile para los presos políticos. La campaña de finanzas para ayudar a los presos estaba que ardía y había que movilizarse. En este caso concreto sé que llegaron a buen destino. Estos envíos se hicieron en varias ocasiones y son mi orgullo personal. Hoy ese mismo disco está en manos de la Asociación de Ex Presos de Chacabuco, también La Pasión según San Juan y El oratorio de Navidad. Los documentos de las páginas anteriores del Comité de Defense des Prisonniers Politiques au Chili y de la Vicaría de la Solidaridad muestran que mi canto popular y las voces de mis camaradas presos fueron un pequeño aporte en tiempos difíciles.

En ese 1964, siendo joven, disponible y todavía miembro de la Jota, con energías renovadas, me entregué por completo a la campaña presidencial de Allende. Todo en un caos creativo y lleno de nuevos bríos. Jóvenes universitarios curiosos de mi quehacer se acercaban, querían formar conjuntos, hacer música; y yo, con ganas de seguir aprendiendo, voy entregando lo que sé. La casa se va llenando de música, en la calle Carmen 340, pero aún no existía la Peña de los Parra.

Hoy me doy cuenta de que la situación era relativamente urgente. No había cantores solistas y menos de canción comprometida. Un cantor con una guitarra, fácil de transportar, y como dijo un político por ahí: “Una canción vale más que cien discursos”. Ese fue Fidel Castro en el festival de la canción política realizado en 1967 en Varadero. Otro gran momento para mí. Me junté en dos ocasiones en la pieza del hotel con Carlos Puebla, narrador de la revolución con su trío Los Tradicionales. Mi opinión es que Carlos es un grande de la canción política popular. Él terminaba de componer su homenaje al Che, asesinado en Bolivia, llamado “Hasta siempre, comandante”. Le pedí autorización para grabarlo llegando a Chile. Aceptó de inmediato, cosa que hizo que yo fuera el primer cantor latinoamericano en darla a conocer fuera de Cuba. Tal vez lo que dijo Fidel es un poco exagerado, pero lo comparto. La canción dura tres o cuatro minutos, entretiene, deja un mensaje, establece contactos. Quienes nos invitaban a estos encuentros con los comités de la Unidad Popular eran generosos como toda la gente sencilla, preparaban empanadas y un vaso de vino. Eran conversas intensas. La única manera de comprender las dificultades de ese pueblo era estar con ellos en el lugar mismo. Ausencia de teoría. Además, todas, absolutamente todas las canciones del inmenso Carlos Puebla se podían bailar, cantar el estribillo, letras sencillas y música “oreja”. El primer año del Gobierno popular nos volvimos a ver en Chile, Carlos y sus tradicionales estaban radiantes.

Respecto a los conjuntos musicales criollos de tres o cuatro músicos y una cantante, conformaban lo que podemos llamar en la época “música típica chilena” de derecha. Disfrazados de huasos en elegante tenida patronal. En general, buenos músicos y cantores. Excelentes guitarristas. Sus canciones hablan de la belleza del campo chileno y de lo pícara que puede ser la huasa. Llamada también “chinita”, vaya a saber uno por qué. Versión femenina de una campesina, a miles de kilómetros de la verdad. Canciones escritas por personas que desde la ciudad querían dar un mensaje idílico sobre la vida campesina. La realidad de la mujer campesina chilena es otra. Mujeres encorvadas, sin dientes y fatigadas por el duro trabajo del campo a los cuarenta años.

Queda claro que la irrupción de mi madre con sus cantos auténticos de nuestro folklore fue para ellos un terremoto. Cabarets nocturnos, restaurantes, comilonas eran los espacios donde estos grupos se presentaban, al son de las palmas de la clientela ya “emparafinada” (manera vulgar de decir “bebidos”). Ellos se decían solo un “poquito alegres”.

Otros tiempos, otras costumbres. En efecto, Violeta Parra saca la cortina de la ventana que no nos dejaba ver ni oír la auténtica música chilena. Luego haría las bellas arpilleras con las mismas cortinas.

Entonces y lo rememoro con alegría, al regreso de Europa, con veintiún años, fui aportando mi grano de arena al servicio de nuestras ideas.

Como dije, mi aterrizaje en Chile se produjo en mayo de 1964. También dije que antes de salir de Francia mi madre me entregó una serie de canciones que hoy siguen siendo la base de la Nueva Canción. Porque las llevé al disco y las di a conocer, las considero mías. Es una frescura, ya lo sé, pero así lo siento. Las mismas que le entregué al despistado dirigente del PC y que decidió guardarlas para un futuro más acorde con sus ideas. Es verdad que éramos reformistas, pero este se pasó de la raya. Los temas eran: “Que vivan los estudiantes”, “Arauco tiene una pena”, “La carta”, “Qué dirá el santo padre” y “Arriba quemando el sol”. Estas quedaron registradas en el disco Ángel Parra y su guitarra (1964). Las emblemáticas venían en esa cinta magnética grabada en París.

Creo que por esos días mi hermana Isabel y yo habíamos aprendido la lección más importante de nuestra experiencia parisina. La canción latinoamericana era la base, la raíz de lo que queríamos cantar en el futuro. Cuatro, charango, zampoñas y quenas, percusiones, cajas y bombos, legüeros, cultrunes, guitarrón chileno de veinticinco cuerdas, tiple y maracas. Estos instrumentos eran totalmente desconocidos en Chile. Isabel y yo tuvimos el honor de darlos a conocer a nuestro regreso de Europa. Entre la juventud la noticia corrió de sur a norte “como reguero de pólvora”, diría un escritor. Quienes no poseían estos instrumentos los fabricaban, los inventaban. Siempre digo medio en broma y medio en serio que nosotros cumplimos el sueño de Simón Bolívar. Por lo menos en lo musical. Todos unidos a través de la música. Todos haciendo una melodía nuestra, con cada solo instrumental me identifico, cada ritmo me hace bailar. Una sola América, musicalmente hablando.

Es decir, todo lo contrario que ofrecían los cantores criollos de la capital. Música de entretención salida de sus cabecitas, sin raíz ni origen.

La creación de la Peña de los Parra, que abrió sus puertas en el mes de abril de 1965, fue un momento de intuiciones certeras. Sabíamos que por ahí iba la cosa, que teníamos que seguir adelante. Momento histórico doloroso fue el que vivimos después de perder las elecciones en septiembre de 1964. Pero prácticamente no hubo tiempo para depresiones, habíamos cargado las pilas por largo tiempo.

Nuestra madre, Violeta Parra, Víctor Jara, Isabel Parra, Rolando Alarcón, Patricio Manns y yo nos dimos cuenta de que nos habíamos ganado un espacio en el corazón del pueblo. Cada cual hizo su aporte de acuerdo con su propio estilo. Conjuntos o grupos de cantores con una guitarra y un bombo copiaban claramente a Los Cuatro Cuartos. Se distinguían por llamarse “Los de aquí, los de más allá”, en general el nombre de algún pueblo o montaña. No hablaré ni de su música ni de sus personalidades; todo el mundo ya conoce hasta los más mínimos detalles. Lo que sí diré es que todos los miembros de la Nueva Canción Chilena bebimos de la vertiente materna. Otros artistas más jóvenes compartieron con nosotros ese maravilloso espacio, como Osvaldo Rodríguez, Payo Grondona, Homero Caro. Las posiciones políticas fueron aclarando el panorama, dos bandos: uno de izquierda y otro de derecha. Los de izquierda tenían tendencia a utilizar nombres de origen mapuche o quechua particularmente los jóvenes universitarios, por ejemplo Inti-Illimani o Quilapayún. Cada uno con su repertorio que permitía identificarlos.

Los primeros encuentros internacionales con Daniel Viglietti, Soledad Bravo, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Pablo Milanés, Paco Ibáñez, Sara González fueron en la Peña de los Parra, desde 1965 hasta el martes 11 de septiembre del 73.

Pero ¿cómo lo hacían para mantener el contacto?, preguntará el actual periodista curioso. Bueno, como se hacía antes. Cartas y, si había apuro, telegramas.

No vi pasar el tiempo al regresar de París. La madre de mis hijos, Marta Olga Matte, veía los problemas de intendencia de Carmen 340 durante el día, y de noche desplegaba todo su encanto para recibir a nuestro público. Isabel recibía a los recién llegados en una pequeña tienda de discos. Al frente de la misma, Marta creó una cooperativa de artesanos. Sin el dúo de Isabel y Ángel Parra no hubiera existido todo lo que vino después en esta bendita peña, ni en la Nueva Canción.

El público renovado eran jóvenes trabajadores, extranjeros de paso y estudiantes. Entre ellos aparecieron Carlos Necochea y su hermano Mario, jóvenes liceanos aún, del Liceo Lastarria. Hasta hoy nos une una férrea amistad. Ellos fueron la base y el alma del grupo que formé y dirigí posteriormente, llamado Los Curacas.

Los cantores de la Peña todos tenían sus actividades profesionales durante la semana. A partir del día jueves en la noche nos veíamos intensamente. ¿Ensayábamos? Ni siquiera, tocábamos juntos por el placer de hacer música. Hacíamos nuestra Nueva Canción experimentando y sin saberlo. Luego iríamos a grabar junto al ingeniero de sonido, Luis Torrejón, en calle Matías Cousiño, donde se encontraba el estudio de grabación de RCA Víctor. El sello del perrito.


Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Periodista de La Tercera y editor de paniko.cl