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Culto
Yendo del trabajo al living

Yendo del trabajo al living

Considerando el desprecio que se ha ganado la elite entre la mayoría, debería hacerlos pensar que conocer a los otros es inevitable.

En las horas con mayor colapso del tránsito, es fácil observar autos inmensos en las que va una sola persona. Suelen ser hombres o mujeres bien vestidos. Vienen de sus trabajos. Van con los vidrios arriba y el aire acondicionado prendido mientras hablan por teléfono. Los que miramos desde la vereda los vemos afligidos, dando órdenes, pidiendo explicaciones. No quieren perder ni un segundo en el trayecto y no tienen ni tiempo ni ánimo para tomarse un café o extraviarse en una conversación sin agenda. Menos para toparse con amigos o hacerse parte de la agitación de la ciudad. Van apurados y cruzando un territorio que no dominan. Solo se sienten tranquilos en la comodidad de la oficina o en el living de la casa. En el fondo, les gusta la protección porque tienen miedo. Y la enmascaran. Dicen estar muy ocupados, pero lo cierto es que tienen problemas para estar con los demás. No aceptan interferencias sobre el mundo aséptico y prolijo que se diseñaron.

Créanme que no envidio esas vidas dirigidas, metódicas y predecibles. Las encuentro poco sexy, entre otras cosas, porque están cerradas al roce con lo imprevisto, a las sorpresas de la ciudad. Al menos esta es la impresión que tengo viendo estos anchos ríos de autos conducidos por borregos de alto sueldo. La falta de deseo que irradian esos rostros -el cansancio y la represión terminan en muecas- dan cuenta de lo apagados que están frente a los estímulos que los rodean. Hasta podría decirse que están angustiados y que se tragan la presión porque la fe en el trabajo y en la familia les ayuda a sublimar sus pulsiones. Son los nuevos puritanos. Descreen del juego, de la seducción y de cuestiones que no tienen comprobación inmediata. Prefieren no arriesgarse a probar lo nuevo. Encuentran que no tiene sentido. Mejor es hacer las cosas como se debe, es decir, como las concibieron al despertar. Por eso siempre escuchan la misma música, desprecian las observaciones intuitivas y gozan de una fe en la razón que llega a dar vergüenza ajena. La razón para ellos excluye las emociones y discrimina a los que se inclinan por la pasión.

Emile Cioran describió a estos personajes en Retrato del hombre civilizado. “Cada vez que estoy a punto de absolver a los hombres civilizados -escribe-, cada vez que tengo dudas sobre la legitimidad de la aversión o del terror que me inspiran, me basta con pensar en las carreteras campestres de un día domingo para que la imagen de esa gusanera motorizada me reafirme en mi asco o en mis temores. En medio de esos paralíticos al volante, que han abolido el uso de las piernas, el caminante parece un excéntrico o un proscrito: pronto será visto como un monstruo. No más contacto con el suelo: todo lo que en él se hunde se nos ha vuelto extraño e incomprensible. Desarraigados, incapaces de congeniar con el polvo o con el lodo, hemos logrado la hazaña de romper, no sólo con la intimidad de las cosas, sino con su misma superficie. En este punto la civilización aparecería como un pacto con el diablo, si es que el hombre tuviera todavía un alma que vender”.

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Lo que importa, en todo caso, no son las características antropológicas ni las clasificaciones humanas. Lo gravitante es que estos personajes suelen tener cuotas de poder. Eso los justifica en su tendencia a aislarse, a huir al refugio cercado, a mantener las distancias, sobre todo si son subalternos. Distancia y categoría, por favor. Nada de compartir rutinas con los empleados, nada de involucrarse en sus problemas, nada de conocerlos en la intimidad. Menos aún acercarse a parientes ajenos y comprometerse con un saludo. Creen que la lejanía les da un aura especial y que los mantiene a salvo de la maledicencia de los resentidos.

Creo que están equivocados. Lo digo sin rencor. Considerando el desprecio que se ha ganado la elite entre la mayoría, debería hacerlos pensar que conocer a los otros es inevitable. Sospecho que aunque no lo dicen, los que desprecian la vereda, se arrogan verdades que solo pueden notar ellos que llegan a fin de mes dichosos. Creen que el dinero garantiza independencia y otra perspectiva, más amplia y menos ansiosa. La verdad, es que no estoy seguro. El poeta Delmore Schwartz pensaba distinto, entendía que las responsabilidades comienzan en los sueños.

Pocas cosas son más inocentes y estúpidas que la fe en el control, en el trayecto habitual, en las regularidades del paso continuo. Eso lleva a omitir el cuerpo, el entusiasmo, el placer y las zonas oscuras que nos gobiernan. Es una trampa creer que lo irracional es sucio y es negativo. Eso lleva a mutilarse y a enjaular a las personas en caricaturas. No conduce a otra cosa que a eludir la muerte y a renunciar a la complejidad de la experiencia.

Sobre el autor:

Matías Rivas |
Director de Publicaciones de la Universidad Diego Portales. Autor de los libros Tragedias oportunas e Interrupciones.