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Culto
Luz de Luna: de un duro barrio de Miami al Oscar de California

Luz de Luna: de un duro barrio de Miami al Oscar de California

La modesta cinta que este domingo noqueó a La La Land y se quedó con el Oscar a Mejor película se filmó en Liberty City, un sector con 94 por ciento de población negra. Se estrena este jueves en Chile.

El director Barry Jenkins (1979) quería la luz de Miami. No aceptaba imitaciones. Deseaba darle aquel tono oscuro azulado a la noches de su película y recortar las figuras de sus protagonistas contras las calles de la ciudad. Podría haber recreado la trama en cualquier parte de Estados Unidos con palmeras y sol, pero el sentido plástico de Luz de Luna sólo lo lograría yendo a Liberty City, el sector de Miami donde él y el guionista de la película crecieron. Sólo ahí se respiraba con autoridad la atmósfera física y emocional que el joven Chiron enfrenta en esta fábula de crecimiento.

El detallismo y la manía de Barry Jenkins para abordar la cinta que este domingo se llevó el Oscar a Mejor película no sólo comprobó la incorruptible voluntad de un director que no transa, sino que le otorgó riesgos insospechados al proyecto: filmar en Liberty City, una zona con altos índices de criminalidad y con un 94 por ciento de población negra, significaba estar expuesto a una eventual balacera o un asalto a mano armada en medio del rodaje. Finalmente, los productores se echaron el peligro al hombro y dieron luz verde a la historia de Chiron. Después de todo, Jenkins y el guionista Tarell Alvin McCraney habían sido criados en el barrio y ese terminó siendo un salvoconducto para trabajar con tranquilidad. Los vecinos de Liberty City no agreden a sus hijos ilustres.

El triunfo de Luz de Luna, que se estrena este jueves, tropezó con la accidentada entrega de los Oscar y hasta ahora eso le hizo sombra a los auténticos méritos de la producción de sólo cinco millones de dólares. La noche anterior se había llevado los principales premios de los Independent Spirit Awards, pero ahí jugaba de local, midiéndose con otros largometrajes de la comunidad del bajo presupuesto. Los Oscar, por el contrario, eran otra cosa. Eran la gran misa de autocelebración de la industria y, en ese sentido, La La Land era el lógico ganador. Nada de eso pasó y la cinta rodada en un territorio olvidado de Miami se llevó el mayor galardón, junto a los de Mejor actor secundario y Mejor guión adaptado.

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La razón de su triunfo se puede explicar, en principio, por una motivación ligada a la agenda política y social estadounidense: en un inicio de año marcado por cada una de las medidas de Donald Trump, la Academia de Hollywood decidió virar en sus supuestas preferencias e igualar los premios con las tomas de posiciones. Por eso el Oscar a Mejor película extranjera no fue para Toni Edmann, la favorita inicial, sino para la iraní The salesman. Por lo mismo, el Oscar a Mejor película (el más preciado) no pudo llegar al destino de la contagiosa, pero escapista La La Land. En esa lógica, Luz de Luna era el voto correcto: es un filme sobre afroamericanos y, en particular, sobre un muchacho negro que lucha contra su propia homosexualidad y la aceptación de los demás.

Con ciertos toques autobiográficos inspirados en la vida del guionista y dramaturgo Tarell Alvin McCraney, Luz de Luna cuenta en tres segmentos la vida de Chiron (Alex R. Hibbert), un chico hijo de una madre drogadicta en Miami. Abandonado a la suerte del vagabundo, encuentra en el vendedor de drogas Juan (Mahershala Ali) una figura paterna y protectora a la que aferrarse. En la segunda parte, Chiron (Ashton Sanders) es un estudiante secundario víctima del matonaje escolar y a punto de descubrir su sexualidad junto a un compañero. En la tercera, ya es un adulto (Trevante Rhodes) y vive en Atlanta, ciudad en la que estuvo preso y donde aprendió las artes del narcotráfico. Como bien dice su amigo Kevin, Chiron “nunca es capaz de articular tres palabras seguidas” y su drama doméstico es peor en la medida que ni siquiera se entiende a sí mismo. Tímido y proclive a los brotes de violencia, Chiron sólo encuentra paz en dos oportunidades: bajo la tutela de Juan y cuando su amigo Kevin le allana el camino para liberar sus emociones.

Un indie de la calle

Antes de que el equipo de producción de Luz de Luna se internara en las calles de Liberty City, el director Barry Jenkins buscó financimiento entre los productores con ejemplos del cine que quería hacer. El menú incluyó Happy together (1997) de Wong Kar-Wai y Ginger and Rosa (2012) de Sally Potter, dos películas de temática gay donde la fotografía es capital. Sin embargo, cuando a Jenkins le preguntan por la influencia más directa de Luz de Luna, no duda en repetir que es Three times (2005), la evocadora película del gran realizador taiwanés Hou Hsiao-Hsien.

El formato de los tres capítulos en épocas diferentes fue rescatado de aquella cinta, aunque Hou contaba la historia de amor de una pareja heterosexual. Ligado al movimiento independiente alguna vez llamado “mumblecore” (algo así como historias intimistas con pocos diálogos), Barry Jenkins es evidentemente un cinéfilo con algo de obsesión. Sólo alguien así hace una película en Liberty City donde cada toma es un ejemplo de composición del cuadro, donde la narración lenta se impone a cualquier discurso frenético, donde hay huellas de los citados Wong Kar-Wai y Hou Hsiao Hsien. Que finalmente una obra de estas características haya logrado infiltrar los gustos de la Academia habla de que tal vez hay una renovación en los vetustos paladares de sus miembros.

Con apenas dos películas en el cuerpo (la anterior fue Medicine for melancholy, del 2008), a Jenkins le cuesta encontrar productores. Ha tenido que luchar duro para imponer sus propuestas y en eso se parece a Damien Chazelle, el director de 31 años que ganó Mejor director por La La Land y que también es un ratón de cines. No hay que olvidar que Chazelle es un admirador del francés Jacques Demy (Los paraguas de Cherburgo) y esa fue la primera influencia en La La Land. Pero Jenkins, que a diferencia del guionista Tarell Alvin McCraney no es gay, también mira más allá del cine. Mira a su calle y a su infancia. El lo decía el año pasado a Indiewire: “Soy un tipo de un barrio pobre que se unió con un dramaturgo de un barrio pobre para hacer una película sobre un muchacho negro y gay de los barrios pobres. La razón de todo esto es llegar a la gente que pudiera haber crecido en circunsrancias similares”.

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