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Culto
Mon Laferte: una película

Mon Laferte: una película

Los mismos que la despreciaban por venir de la peor televisión ahora querrán trabajar con ella. Un día la llamarán del Festival de Viña y ella aceptará. El clímax del film será el obvio: el mismo conductor del viejo programa que le robó el alma y la voz será quien anima el Festival.

A estas alturas de su carrera, bien podría filmarse una película sobre la vida de Mon Laferte. No sería raro; se trataría de una biografía perfecta que alternaría escenas de desgarro íntimo y con epifanías callejeras, imágenes de teatros llenos con las de carreteras perdidas. Mon Laferte lo merece, hay una fábula completa ahí en su historia y esa fábula quizás tiene un final feliz y una moraleja secreta. En la cinta, que podría o no tener que ver con su verdadera vida, veríamos a una adolescente que da vueltas por Viña mientras trata de sobrevivir mientras se aferra a su única posesión: su voz o la ilusión de lo que puede llegar a ser su voz, acaso el sueño de que la música que tiene en su cabeza es quizás la del mundo. De este modo, la seguiríamos mientras canta en bares atestados, iluminada por luces que solo brillan en verano mientras sueña con la Quinta Vergara como un palacio que contempla tan cerca y tal lejos a la vez.

En el film ella se mudaría un a Santiago donde vivirá al día, hasta que quede seleccionada en un programa de talentos. El programa (que bien puede ser Rojo o tener otro nombre en la ficción) se convertirá en su vida. Estará cinco años ahí y tendrá amigos y enemigos, grabará discos y competencias, el público conocerá su rostro y su voz. Pero ella no se sentirá cómoda ahí: la televisión no es su lugar, hay algo que falla, que no funciona. Quizás es la banalidad de todo, la jerarquía de poderes en el show o la sensación de habitar de un éxito que se siente ajeno o vacío. La música que ella busca, lo que anhela, no está en ese lugar; no está en las palabras cariñosas del animador ni en las felicitaciones, ni en la vorágine diaria de autógrafos y giras por el país. No está en los álbumes que grabará bajo el alero del programa pues nunca podrá reconocer esa voz como suya. Entonces renunciará, extirpará la tele de sí como si solo tan solo fuese un sueño alucinado.

Volverá a la intemperie, huirá a México. Ahí nadie la conocerá pero será ella misma. Su voz estará de vuelta. Las canciones retornarán a su cabeza mientras camina por calles coloniales y muda la piel. Las canciones serán su biografía, un diario de sus miedos, deseos y dolores. Será ahí cuando cambie su nombre: recuperará el apellido materno al modo de una genealogía familiar a la cual abrazar, una marca en la piel tan poderosa como los tatuajes que exhibe. Entonces, en la pantalla del cine, contemplaremos como las agujas del tatuador dibujarán sobre su cuerpo corazones, calaveras, rostros y flores; imágenes que estarán intercaladas con las de ella componiendo en habitaciones mínimas, agitando la guitarra en una estación de metro donde nadie la mira o cruzando la ciudad de noche y tratando de encontrar en las caras de los mexicanos su propio rostro. Entonces pasarán los años, algo que la película mostrará de modo acelerado mientras ella comienza a ser conocida, a llenar locales, a irse de gira en territorio territorio como el mexicano, infinito y peligroso.

Su voz ya solo será suya. Será una brisa que se vuelve una tormenta. Entonces volverá a Chile convertida en un mito. Vendrá otra clase de éxito, la industria local se rendirá a sus pies. Los mismos que la despreciaban por venir de la peor televisión ahora querrán trabajar con ella. Irá a recitales de rock, empezará a sonar por la radio. Un día la llamarán del Festival de Viña y ella aceptará. En la película la veremos recorrer los lugares de la infancia, tratar de entender como el pasado y el futuro se amarran con un solo lazo. El clímax del film será el obvio: el mismo conductor del viejo programa que le robó el alma y la voz será quien anima el Festival. Será él quien la presente mientras la cámara la siga de espaldas y ella atraviese los pasillos de la Quinta y salga al escenario y el monstruo la ovacione porque la ha esperado demasiados años sin saberlo y ella, por fin, volverá a casa como la dueña de ese palacio con el que soñó en la infancia.

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