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Culto
¿Qué hace esa gente en los árboles?

¿Qué hace esa gente en los árboles?

La gracia de todo lo que rodea al Festival de Viña es aquella mitología idiota que puede engendrar y que acá estuvo ausente: la gala se olvidó de eso, jamás capitalizó la histeria pop que Viña implica y que es su principal atractivo.

Una mujer confesó que llegó el viernes a las 6 de la mañana a las afueras del Casino de Viña del Mar para mirar la Gala del Festival. Otra, que se instaló a las 9. Una tercera, que arrendó un departamento al frente el día lunes para seguir a los invitados por una alfombra roja que, se encargan de repetir hasta el hartazgo en el canal, tiene 170 metros de largo. Horas antes, en la transmisión previa (aburridísima, puro relleno) César Campos observó al público de la calle y dijo: “¿Qué hace esa gente en los árboles?”.

Ojalá a todos ellos les haya gustado el show. Es lo que marca el fin del verano, el momento en que la tele chilena aparece en todo su esplendor bizarro. La gala ya es una clave cultural, como dice un amigo. Ahí caben el gesto sentido de un Andrés Caniulef que besa a su novio en público pero también la idea que el evento tuviese un costado solidario, el vestido computacional que no iluminó a Vanessa Borghi, la aparición de un Di Mondo más bien sobrio, una obertura de los Power Peralta que tuvo a Francisca García Huidobro haciendo de Jackie Kennedy y a Karol Dance tocando batería, los comentarios de un Rubén Campos que parece que decía al azar lo que se le viniese a la cabeza y la obsesión impresentable de Julio César Rodríguez por mirar el escote de cualquier mujer que se le cruzase (debe estar estipulado en su contrato: el año pasado hizo lo mismo).

Porque todo lo que pueda llegar a pasar en la Quinta Vergara la semana que viene carece de cualquier relevancia ante la ilusión de un glamour chilensis que el viernes se felicitaba a sí mismo una y otra vez. Sin morbo, mordacidad o contexto, nadie pareció matar una mosca con una seriedad y compostura que lucieron falsas si se piensa que la semana pasada -en uno de los capítulos más psicotrónicos jamás vistos de Primer Plano– Kenita Larraín dijo que los extraterrestres ya habían invadido la Tierra y Alexander Nuñez, ex miembro de Yingo, sostuvo que dejó de ser homosexual luego de que descubriese a Cristo e ingresara en una iglesia evangélica.

Nada de eso alcanzó a rozar la gala, que resultó predecible mientras respetaba las formalidades de una puesta en escena que nunca se rompió ni derivó hacia lo excéntrico, como si nadie (el canal, los animadores o las decenas de figuras que se pasearon por la alfombra) quisiese quebrar la ilusión consensuada de que estaba participando de algo irrepetible y esplendoroso al modo de una mentira aceptada como verdad colectiva.

Pero desde fuera se veía distinto. Para el espectador, por supuesto, todo resultaba muy extraño; se veía quizás lánguido y mecánico, sin humor, demasiado cuidado de bochornos y escándalos, sin ninguna heroína inesperada como fue Nicole Moreno el año pasado. Aquello resultó a la vez frustrante y predecible pues ante esa ausencia de drama poco importaron todas las palabras de buena crianza enviadas durante la transmisión.

Porque la gracia de todo lo que rodea al Festival de Viña es aquella mitología idiota que puede engendrar y que acá estuvo ausente. Pero la gala se olvidó de eso, jamás capitalizó la histeria pop que Viña implica y que es su principal atractivo. A lo mejor es una apuesta hacia un futuro donde dará lo mismo lo que pase en la Quinta Vergara. Ante la pompa inflada de la gala, poco importarán la competencia, el show internacional y el monstruo. Lo que quedará, el futuro del Festival, quizás será esa alfombra roja interminable construida a espaldas del evento del que alguna vez fue satélite al modo de un universo paralelo de bolsillo, un pantano de vanidades tan lánguido como imposible.

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