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Culto
Armando Uribe, poeta chileno: “He sido lo suficientemente soberbio como para irme al infierno”

Armando Uribe, poeta chileno: “He sido lo suficientemente soberbio como para irme al infierno”

Desde su departamento frente al Parque Forestal, el abogado y Premio Nacional de Literatura 2004 presenta su más reciente libro, La vanidad de la soberbia.

En 2009 lo mataron, pero Armando Uribe no murió. Eran los últimos días de diciembre de ese año, y su cuerpo alargado recorrió varias arterias del centro de Santiago a bordo de una carroza fúnebre, rumbo al Cementerio General. El cortejo se detuvo frente a La Moneda, y el poeta chileno y Premio Nacional de Literatura 2004 dio su último adiós. El registro de aquella mañana, capturado por la cámara del periodista y artista Rodrigo Gonçalves, se trató nada más que de un falso documental que ficcionaba el deceso del también abogado y ex diplomático para una muestra que por esos días se anunciaba estrepitosamente en el frontis del Museo de Arte Contemporáneo. “Es lo más cerca que he estado de la muerte”, recuerda Uribe al teléfono. “Debo confesar que fingirla me provocó cierto placer, una oscura dicha de la que ni yo mismo tenía sospecha”.

Varios años pasaron, y hoy, aún enclaustrado en su departamento frente al Parque Forestal, de donde casi ni se asoma a la calle desde 1997 y por voluntad propia, el escritor de 83 años vuelve a librerías con su más reciente “estorbo”, La vanidad de la soberbia. El volumen, editado por Catalonia, reúne una serie de poemas inéditos que permanecían ahogados entre un par de tapas de cuaderno negras, junto a otros tomos que aún no ven la luz. “Dos tercios de los fragmentos de este libro fueron escritos en el orden con que se presentan aquí, cada texto fechado entre el martes 19 de setiembre y el domingo 7 de octubre del mismo año 2007”, se lee en la presentación. Y sigue: “Se divide en partes por comodidad, sin más motivo. La tercera parte o tercio es anterior, y escrita en más tiempo, entre el martes 29 de junio, 2006, y el 1° de julio, 2007”.

“Yo he escrito todo a mano siempre, nunca en computador, y en máquina estuve obligado mientras trabajé como abogado, redactando informes jurídicos. Debo tener unos 40 cuadernos sobre el estante junto a mi cama a los que no les he echado un ojo desde que los llené, y francamente no me interesa”, se le oye desde el otro lado del auricular, algo agitado y exhausto. Los textos, publicados como una reproducción de sus manuscritos, evidencian las anotaciones, borrones y correcciones que Uribe hace de sus propios textos, en los que toma distancia de la política -años antes increpó a Augusto Pinochet, Salvador Allende, Patricio Aylwin y Agustín Edwards, entre varios otros- para mirarse a sí mismo: un hombre religioso hasta la médula, viudo y solitario que espera impacientemente su propia muerte.


Autorretrato interminable

El teléfono suena ocupado -o descolgado, quién sabe- buena parte del día, como si un portazo suyo ahuyentara a quienes intentan comunicarse con él. Hace un par de años que el autor de Odio lo que Odio, Rabio como Rabio (1998) ya no concede entrevistas cara a cara. No quiere. Prefiere, confiesa, las charlas desenfadadas y con voces anónimas con las que pueda desquitarse cuando se le antoje. “Me da una lata tremenda tomar en consideración al entrevistador, y por una razón muy sencilla”, dice. “En las entrevistas en vivo se produce una complicidad entre ambos interlocutores, y yo no quiero tener esa complicidad con nadie. Prefiero enojarme por teléfono y no sentir la necesidad de colgar sino de seguir enfureciéndome, que tener a alguien aquí en frente y pedirle que se largue”.

Autoconvencido de no volver a salir de su departamento -donde vive junto a una de sus hijas y nietos-, salvo cuando debe ir al médico (“aunque no por enfermedad, pues no las tengo; solo achaques”), Uribe se refugió en la sombra para seguir llenando cuantas páginas pudiera al día, además de leer. Cada mañana, después de levantarse pasadas las ocho, toma una ducha rápida y se echa encima el mismo traje negro de los días anteriores. “Lo usaba para ir a misa, pero desde que tengo esta otra cosa, claudicación intermitente le llaman los médicos a mi inmovilidad muscular, dejé de ir. En lugar de ello, me fui aguachando en esta trampa de la escritura, pero lo que más hago es leer”.

Actualmente tiene a la mano un tomo de crónica de Joaquín Edwards Bello de 1934 y 1935; otro de Cómo rezar el Rosario, de Efrén Lobo, y una antigua edición de su ensayo Léautaud y el otro (1968). De autores y poetas chilenos ni hablar: “La poesía chilena me cansó. Me la salto. No me dedico a leerla porque creo que las capacidades aquí son bien limitadas. En narrativa, Alejandro Zambra estuvo aquí una vez y leí un par de libros suyos y reconozco eso que llaman ‘talento’ en él, mas no seguí leyéndolo. ¿Quién más, Álvaro Bisama? No me pareció mucha cosa al leerlo, pero sí conversé con él. ¿Y luego… Gumucio, Rafael? Es un chiste. Yo era amigo de su madre, pero no es un autor serio ni de palabras racionales. Es una pobre ave, muy inferior a su abuelo. Todos los escritores que me ha nombrado no son autoridades de nada. ¡Que aparezcan en la prensa no significa nada!”, alega.

Uno de sus poemas en La vanidad de la soberbia, agrega, fechado el 19 de septiembre de 2007, aclara su parecer con las letras locales: “Había muchas voces pero pocas gargantas./ Voces falsificadas o falsetes,/ voces grandilocuentes de gigantes./ No me pregunten,/ eso fue mucho antes de los poetas que se meten a dar consejos a gigantas”.



La vejez de un poeta

La última vez que Armando Uribe se echó un pucho a la boca fue hace tres años, confiesa, y a escondidas. En 2008 le diagnosticaron una insuficiencia respiratoria por fumar poco más de 40 cigarrillos al día desde que tenía 34 años, e incluso hasta hoy tiene siempre junto a él un tubo de oxígeno. Por si acaso. Los reemplazó, dice, por una cantidad industrial de galletas de soda al día, pero además recurrió a la siempre manoseada fuerza de voluntad.

“Se menciona, pero nunca se respeta, mucho menos practica (la fuerza de voluntad). Yo dejé de fumar porque me aburrí de la operación de tener los cigarrillos, sacarlos de su cajetilla y encender un fósforo. Fue un vicio que constituyó un accidente del trabajo, porque estando en Nueva York -en 1967, cuando fue ministro consejero del Ministerio de Relaciones Exteriores y parte de la delegación de la Asamblea extraordinaria de Naciones Unidas-, se me pidió redactar un informe que implicaba no dormir en dos o tres noches. El café no estaba para mantenerse despierto, y yo nunca consumí drogas, así que no me quedó más que fumarme un cigarrillo para no desplomarme. Si lo hacía, me quemaba los dedos. Realmente fue un accidente del trabajo, pero pasaron ya ni sé cuántos años y me aburrí”, cuenta.

En 2001, tras la muerte de su mujer, Cecilia Echeverría, lo mismo le ocurrió con algunos de sus amigos más cercanos, a excepción de los que ya murieron. “¡Me aburrieron, me aburrieron todos esos sinvergüenzas! Lo último a lo que le temo es la soledad”, lanza. Echeverría es otro de los pilares de ésta, su más reciente entrega: “Vaya uno a saber si será la última”, dice.

“El viudo de la inspiración/ recuerda a cada rato a la difunta/ pero no resucita a la pregunta/ ‘¿Y dónde está?’ (-Está en el cajón.)/ Por eso no recita la canción/ que ella cantaba -ni se juntan”, le escribe a su mujer.


—En varios de estos textos invoca también a la muerte, uno de los temas más recurrentes en su obra. ¿Por qué sigue esperándola con tantas ansias?

—La muerte es un don acompañado de un revés. Resistírsele no es sino una rotería, porque si hemos sido creados por Dios como pequeñas e infelices criaturas, el hecho de que se nos dé la vida es para que lleguemos a la muerte. Rehuir de ella sería vanidoso, en vano y soberbio. Espero comprenda mi calma al hablar sobre esto.

—¿Y como abogado, qué piensa de la discusión en torno al aborto que se instaló en Chile?

—A los 7 años me declaré defensor de nonatos, y a mis 83 no he cambiado tanto de parecer. Los nonatos, por ser un ser, merecen nacer y vivir. Eso lo entendí desde muy pequeño, y nunca nadie me lo dijo. Impedirle seguir siendo a ese ser, no solo es muy feo sino pecaminoso y criminal. El aborto es matar a un ser y eso no va solo contra los diez mandamientos, de los cuales uno es ‘No matarás’, sino contra todos los sentimientos que un ser humano vivo tiene, salvo que tenga o provoque alguna afección en su madre. Son los bemoles del caso.


Al tanto de la contingencia, ávido lector de periódicos y crítico de la televisión, Uribe, quien no vota desde su retorno a Chile, en 1990 -aunque en 2013 expresó su apoyo a la candidatura de Marcel Claude-, opina que la política en Chile es “un caso perdido. ¡Cómo vamos a elegir buenos representantes si aquí nadie lee! Allende no lo hizo y nunca entendió la geopolítica de Pinochet, mucho menos los que le siguieron. ¡El país Chile está compuesto nada más que por gente tonta y floja!”.

De la elección de Trump en Estados Unidos, en tanto, país donde vivió y trabajó en la embajada chilena entre 1968 y 1970, afirma: “Es consecuencia de la infamia y estupidez norteamericana. Por eso tienen al presidente que merecen. Yo he sido lo suficientemente soberbio como para irme al infierno, pero nunca anduve con rodeos, ni con presidentes, escritores ni Nadie”, apunta, recalcando la última mayúscula. Se le viene, entonces, un recuerdo a la cabeza: “En 1951 asistí a una charla que dio el entonces padre Alberto Hurtado frente al colegio San Ignacio, y a la que al parecer llegó medio molesto, pues dijo: ‘Lo que hay que traer es una inmigración de escandinavos a Chile’. Me pareció una falta de respeto tan profunda y grave para el pueblo chileno, que una vez terminado el asunto me acerqué a él y le dije que cómo era posible que un cura como él se expresara así aun cuando otros de la supuesta clase alta chilena de esos años lo creyeran. El anduvo tirándose al suelo y me dijo que en realidad se había equivocado”, cuenta.

Años después, en 2005, a pocos meses de que San Alberto Hurtado fuera canonizado, Uribe le confidenció esta misma anécdota a un concuñado suyo: “’Podrías entorpecerlo todo si abres la boca’, me dijo, pero preferí el silencio. Si hay algo que aprendí, es que todos los que nos decimos soberbios no tenemos más que la pura parada de serlo. Somos un intento en vano. Yo estoy más del lado de la vanidad que otra cosa”.

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