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Culto
Pablo Larraín: “Antes de la película, tenía una idea muy superficial de quién fue Jackie Kennedy”

Pablo Larraín: “Antes de la película, tenía una idea muy superficial de quién fue Jackie Kennedy”

Candidata a tres Oscar, la cinta del realizador chileno con Natalie Portman llega a salas locales el próximo jueves. “Intenté mostrar a una mujer extraordinariamente poderosa y sensible”, dice sobre su primer filme en inglés.

“En general, no guardo nada de lo que se publica sobre mí o sobre mis películas: ni fotos ni revistas”, dice al teléfono Pablo Larraín, de paso casi por Santiago antes de partir a acompañar en Berlín a la última película de Sebastián Lelio, Una mujer fantástica, que lo tiene entre sus productores. “Pero esa revista”, acentúa, “la voy a guardar”.

Se refiere al número de febrero de los legendarios Cahiers du Cinéma, que llevan en portada una foto de Natalie Portman encarnando a Jacqueline Kennedy junto a un breve título: “El vértigo Jackie”. Solo una vez en los 65 años de los “cuadernos del cine”, una película dirigida por un chileno había copado su portada: fue en 1983, cuando se dedicó un especial a la obra de Raúl Ruiz.

Larraín es consciente del hito. Pero no por ello va a ignorar los demás reconocimientos conseguidos por su primera cinta en habla inglesa, con Natalie Portman en el rol de la viuda de JFK, retratada en los días inmediatamente posteriores al asesinato de su marido, el 22 de noviembre de 1963. Por de pronto, están las tres nominaciones al Oscar, incluida la de Portman como Mejor actriz, el paso por los Globos de Oro, las nominaciones a los premios británicos BAFTA y a los Independent Spirit Awards, así como el aplauso de las sociedades de críticos a lo largo y ancho de EEUU.

Puesto aparte ese capítulo, hay una película rodada en París y montada en Santiago. Una cinta que llega a salas chilenas el próximo jueves y que se hace cargo de un personaje retratado, mitificado o evocado hasta el cansancio. Un ícono del siglo XX que pese a todo, dice Larraín, aún es un misterio. Y eso es lo que más le seduce.

El guión de Noah Oppenheimer iba a dar pie, en un principio, a una película de Steven Spielberg. Pero el momento pasó y los derechos fueron comprados por el director Darren Aronofsky (El cisne negro), quien terminó desistiendo de hacer la película y proponiéndosela a Larraín. No sin sorprenderse, el realizador de No y El club parió una obra en cuatro tiempos donde el espectador, sin perderse, encuentra modos inhabituales de acercarse a la historia y a la memoria. Todo ello, en medio de un cierto vértigo, parafraseando a los Cahiers.


—¿En qué medida busca Jackie la fidelidad histórica? ¿En qué medida imagina o conjetura?

—Por razones que me cuesta explicar, de las siete películas que he hecho, cinco son de época. Y ésta es la primera vez que me enfrento a un proceso en que el registro histórico es tan acucioso. En Post mortem, por ejemplo, nos costó mucho saber el detalle de las horas, de los detenidos. Imagino que la dictadura se encargó de borrar registros, pero tampoco teníamos un afán historiográfico tan desarrollado. En No, aun si hablamos con todo el mundo, fue muy difícil establecer ciertas horas y ciertas precisiones. Pero en el caso del asesinato de Kennedy, el registro es impresionantemente acucioso y preciso. Tuve acceso al minuto a minuto: quiénes estaban, dónde estaban, qué estaban haciendo, y por eso lo que viste en la película es exactamente cómo sucedieron los hechos documentados. Ahora, una vez puertas adentro, nadie sabe lo que pasó y podemos meternos e imaginarlo. Imaginar lo que se pensó, soñar lo que se soñó.


Un misterio

La protagonista de Jackie no es solo víctima de las circunstancias, sino también artífice de un relato y constructora de un destino que no es solamente el suyo. Y si JFK terminó encaramado en el Olimpo de los presidentes de EE.UU., se nos propone, es en buena parte gracias a la gestión y la persistencia de su viuda. A su manejo del poder y de los símbolos.

Larraín dice haberse sorprendido con el personaje: “Antes de hacer la película, tenía una idea muy superficial. Pensaba que era una mujer solo interesada en la moda, que era ‘la mujer de’. Pero cuando me metí a estudiarla, me sorprendí con alguien muy educada, culta, increíblemente sofisticada y con una capacidad y un olfato político que con suerte tiene un tercio de los políticos profesionales”.


—¿Vale para la película lo que se lee en el afiche de Neruda: “Olvida lo que sabes”?

—Con todo lo que se ha escrito sobre ella, se sabe muy poco quién fue. Y eso no es solo porque cuidaba su privacidad, sino también por su misterio. Y creo que Natalie [Portman] logra eso: transmitir un misterio muy poderoso que está en los ojos. En esa mirada no resuelta, en esa mirada en duda está todo el terror existencial que puede tener alguien, y por eso es tan difícil de interpretar.

—¿Se acopla eso a una visión suya del cine: no terminar de saber cómo son las cosas y las personas?

—No creo que sea posible capturar la vida de alguien en una película. Lo que puedes hacer es aproximarte a un cuerpo que está en riesgo y ver cómo aparecen cosas que son atractivas y seductoras. Al final, el misterio es lo más seductor que puede tener el cine, porque es lo que hace que la audiencia complete la película a partir de su propia biografía. Eso me fascinó y fue lo que me permitió entrar a la película sin ser estadounidense, pues no tenía de dónde agarrarme. Cuando [Darren] Aronofsky me llamó, yo dije, por qué me está llamando un director que no solo podría haber hecho la película, sino que podría haber encontrado directores en principio mucho más idóneos. Y estadounidenses, por de pronto.

—Pero ésa fue la idea, ¿no? Alguien que mirara desde fuera.

—Claro. Me dijo que tal vez había que buscar una mirada más libre y sin miedos. Quizá el haber filmado en París y haber hecho casi toda la película fuera de EE.UU. ayudó mucho en ese sentido.

—Esta es su primera película con protagonista femenino y también una cinta donde deja ver mayor empatía con el personaje…

—La empatía es una palabra muy delicada en el cine y que quizá en Chile tendemos a necesitar más de la cuenta. En Chile se piensa a veces que mis películas carecen de empatía por los personajes, cuando lo que estoy tratando de hacer es sencillamente mostrar una humanidad, y esa humanidad produce una empatía que no es necesariamente la que te gusta. No creo mucho en ese cine que quiere organizar un relato donde todos los personajes son queribles y son una suerte de ejemplos de humanidad a los que todos tenemos que acercarnos. Lo que intenté hacer en Jackie fue mostrar a una mujer extremadamente poderosa, una mujer particularmente inteligente y sensible. Una vez que se establece quién es esa mujer y en qué está, mostramos el horror. Y no me refiero solo al asesinato. La paradoja de Jackie, que al transformar a su marido en un mito se transforma en un ícono sin darse cuenta, me parece más interesante que un intento obsesivo de buscar la empatía. Creo que la verdadera y profunda empatía ocurre cuando ves a una persona tratando de subsistir.

—Natalie Portman dijo que la había intimidado el prospecto de figurar en cada una de las escenas. ¿No era el concepto original?

—Fue lo que le ofrecí. El guión tenía cerca de un cuarto de las escenas sin ella y, tras leerlo, propuse sacar todas las escenas donde no estuviera. Lo otro que fue intimidatorio es la proximidad de la cámara. En general, los actores están acostumbrados a que la cámara esté a cierta distancia y Stéphane [Fontaine, el director de fotografía] y yo decidimos estar muy cerca. Y luego, con [el montajista] Sebastián Sepúlveda, optamos por los planos más cerrados porque, al revés de lo que uno podría pensar, parece que si estás más cerca de la persona, mientras más ves sus ojos, menos comprendes qué le está pasando.

—Más allá de lo personal, ¿cómo sitúa el reconocimiento a su trabajo en el contexto del cine chileno?

—Yo creo que el cine chileno está más saludable que nunca. Me parece que en Chile se da poca importancia a lo que hacen los documentalistas: están haciendo un cine muy potente y están instalando sus trabajos fuera de Chile de una manera más silenciosa que la gente que hace ficción, pero no por eso menos valiosa. También creo que hay una generación de directores que estamos haciendo películas muy diversas y que, en el tiempo, eso ha tenido consecuencias positivas. Sin pretender un análisis absoluto, no hay duda de que la marca “cine chileno” tiene hoy un peso más relevante. Hoy, cualquier chileno que ya haya hecho una o dos películas, manda un trabajo a un festival importante y esa película va a entrar en la caja de las películas por ver. Eso es algo que nos hemos ganado trabajando. Y si hay algo que me gusta es que veo poca autocomplacencia: veo gente que está callada, filmando. Y eso ayuda.


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