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Culto
Lo que el lector escribe

Lo que el lector escribe

Nunca he visto en persona a Paul Auster, pero gracias a un hecho bastante curioso tengo firmados dos de sus libros.

Nunca he visto en persona a Paul Auster, pero gracias a un hecho bastante curioso tengo firmados dos de sus libros. La situación fue más o menos así: en 2001, un amigo novelista antofagastino obtuvo un premio en España y en la ceremonia de entrega iba a estar Paul Auster. Pero él no lo había leído y para no desentonar me pidió algunos de sus libros. Le presté los dos que consideraba entonces los más significativos: la novela La ciudad de cristal, para que conociera el tipo de mundo del que contaba y el tipo de personajes que le interesaban, y también el libro de memorias A salto de mata, para que conociera al autor detrás de esa novela y cómo era el camino que había recorrido hasta entonces.

Mi amigo se llevó ambos para el viaje. En las actividades de la premiación hizo buenas migas con Auster y le habló de los dos libros que había leído. De hecho le dijo con toda honestidad que un amigo se los había prestado y por qué no se los firmaba para darle una sorpresa. Auster aceptó, comenzó a hojearlos y de inmediato se dio cuenta de que estaban subrayados, en especial A salto de mata.

“Este cabro siempre raya los libros”, le dijo mi amigo.

Intrigado, Auster pidió a su intérprete que leyera un párrafo adornado con asteriscos:

“Creía en mis capacidades, y sin embargo no tenía confianza en mí mismo. Era atrevido y tímido, ágil y torpe, resuelto e impulsivo: un monumento viviente al espíritu de la contradicción. Mi vida acababa de empezar y ya me movía en dos direcciones a la vez. Aún no lo sabía, pero para llegar a algún sitio tendría que esforzarme el doble que los demás”.

Después le pidió que leyera algunas de las cosas yo había anotado en los bordes.

Cuando mi amigo regresó, nos juntamos en un café y me contó sus aventuras en España. De paso me devolvió los libros, pero no me dijo nada de todo esto sino hasta el final. Entonces los abrí y vi las firmas y las dedicatorias.

No me mareo con estas cosas, pero podría decir, sin embargo, que aquella fue una situación muy Paul Auster:

Un autor escribe un libro, un lector lo lee y mientras avanza las páginas, lo raya y escribe comentarios sin imaginar que algún día el autor sabrá lo que escribió ese lector. Y todo eso cruzado por la traducción: lo escrito por el autor va del inglés al español y los comentarios del lector regresan desde el español al inglés.

Leí A salto de mata luego del asombro que me produjo La ciudad de cristal. Aquello fue lo más parecido a asistir a un taller o a un seminario como a los que entonces yo no tenía acceso cuando vivía en Antofagasta: primero lees una novela y luego conoces lo que su autor piensa y qué ideas tiene sobre el oficio. Más aún si todo aquello ocurre cuando tú mismo estás tratando de terminar tu primera novela: en A salto de mata Auster habla de las cosas que no le resultaron en sus inicios como escritor y de las decisiones que tomó al respecto; de cómo, finalmente, es la vida cuando estás partiendo.

Paul Auster ha cumplido 70 años y esto coincide con la publicación de un nuevo libro, la novela 4321, que supera las 800 páginas y está anunciada para septiembre en su edición en español vía Seix Barral. Cuando celebró los 60, Anagrama, la editorial que entonces tenía los derechos de su obra, publicó Homenaje a Paul Auster, una edición no venal que celebraba su premio Príncipe de Asturias y la aparición de Viajes por el Scriptorium (esa novela sobre la memoria que comienza con un hombre sentado al borde de una cama que mira al suelo). El tributo de su antigua editorial contenía una serie de textos, entre ellos el discurso del novelista al recibir el famoso galardón en el teatro Campoamor de Oviedo.

Auster comenzó relatando sobre aquella “extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe”, aunque poco después ya no era un autor el que hablaba, sino un lector capaz de repasar en un solo párrafo todo aquello que llamamos experiencia: “Nos hacemos mayores, pero no cambiamos. Nos volvemos más refinados, pero en el fondo seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten otra historia, y la siguiente y otra más”.

Puede que no te guste Paul Auster. Puede que hayas leído sus primeros libros con interés y luego perdido su pista. Pero sin duda que su mérito está más allá de la escritura, que su vocación por la literatura supera su propio oficio, sus propios libros. Qué mejor prueba de esto que los relatos reunidos en Creía que mi padre era Dios, esa colección de pequeñas obras maestras que Auster, entonces a cargo de un programa de radio, descubrió al abrir el micrófono e invitar a escribir a los que hasta entonces sólo se habían acostumbrado a escuchar. La única condición era que fuesen verdaderas. Llegaron cuatro mil colaboraciones y seleccionó 180. Creía que mi padre era Dios no es un libro de Auster, desde luego. Es un libro armado por Auster. Pero armar (cortar, pegar, mover, ordenar) es también una forma escribir. Acaso la más generosa.

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