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Culto
El día en que Camilo Marks conoció a los Sex Pistols

El día en que Camilo Marks conoció a los Sex Pistols

En sus memorias publicadas en 2015, el escritor y crítico literario narra su encuentro con la banda punk en una iglesia abandonada en Londres, semanas después del debut de Sid Vicious: “En los primeros minutos, no entendí nada de nada, absolutamente nada”, escribe Marks.

“La palabra punk quiere decir en inglés basura, inservible, algo sin ningún valor y, hasta el advenimiento de esta nueva forma de rock, generalmente era usado como término de absoluto desprecio”, explica Camilos Marks en Indemne todos estos años (Lumen, 2015), el volumen de sus memorias que recorre desde la encendida década universitaria del sesenta hasta su posterior exilio en Londres.

Fue en esa ciudad donde el crítico literario pudo ver a los autores de “God save the Queen” en una iglesia abandonada.

“La fecha exacta no la recuerdo —escribe Marks—, pero sí sé que tuvo lugar en el mes de marzo o abril de 1977. La función se realizaría pasada la medianoche, en una iglesia desacralizada de Mornington Crescent, por lo que era necesario llegar temprano para pescar algún sitio desde donde ver a los famosos Sex Pistols”.

Recuerda el autor que los músicos “se hicieron su poco de rogar y ya había un aullido generalizado en las bóvedas cuando hicieron su ingreso triunfal, produciendo alaridos, gritos y escupitajos que largaban casi todos los asistentes. Julio, muy previsor, había llevado varios diarios para cubrirnos la cabeza y el cuello, de modo que no nos llegaran los gargajos de la delirante audiencia”.



“En los primeros minutos, no entendí nada de nada, absolutamente nada. Rotten chillaba incoherencias, todas, según me lo explicó Julio, consistentes en ataques contra lo que fuera. Era flaco, nervioso, virulento e insultaba sin parar, empleando las palabras más soeces del vocabulario inglés, hasta que, no contento con esto, comenzó a masturbarse mediante frotaciones encima de la bragueta, lo que llevó al público al paroxismo o a la imitación, ya que muchos jóvenes, en verdad niños de catorce a quince años, comenzaron a sacarse sus miembros para sacudírselos en público o bien numerosas chiquillas se dedicaron, con gran soltura de cuerpo, a practicar felaciones a diestra y siniestra”, anota el autor de Biografía del crimen y La crítica: el género de los géneros.

Dice Marks: “Pensé que iba a llegar la policía, alertada por los vecinos que seguramente no podían dormir a causa del ruido, pero lejos de ocurrir eso y meternos en problemas —nuestras visas nos obligaban, durante los cuatro primeros años de estadía, a reportarnos en la comisaría vecinal al menos una vez al semestre—, parecía que las gruesas paredes del templo absorbían totalmente el estrépito”.

Ubicado en primera fila, en el piso más bajo de la planta, “había, a lo menos, tres más, sin contar con los púlpitos y el coro, desde donde se colgaban los más fanáticos seguidores de este peculiar conjunto de rock. En un momento dado, quienes estaban arriba empezaron a mear sobre los que tenían la mala suerte de haber escogido las mejores localidades y, de nuevo, tuvimos la buena fortuna de que los chorros de orina no nos alcanzaran, porque los ingenuos exhibicionistas se cuidaban mucho de no ensuciar el escenario”, recuerda el autor.

Escribe Marks: “Cuando yo ya estaba seguro de que todo iba a degenerar en un desastre, Rotten comenzó a entonar ‘God save the Queen’, acompañado por Jones en la guitarra, Cook en batería y Vicious en el bajo. Verdaderamente creí que todos se iban a volver locos, incluido yo mismo, porque el éxtasis que generaban —bueno, había por doquier cantidades industriales de marihuana, polvitos blancos indeterminados y hasta jeringas desechables— parecía que iba a llegar a su clímax, aunque todavía eso estaba lejos de suceder. Todo fue subiendo en temperatura y nadie parecía cansarse; por el contrario, fuese como resultado de la ingesta de alcaloides, fuese por el férvido entusiasmo de los fanáticos, el concierto duró hasta que los Sex Pistols se cansaron y huyeron por el pasillo de la nave central, dejando sus instrumentos musicales en el altar, los que fueron inmediatamente despedazados por la multitud”.

“Salí tan desconcertado como llegué”, recuerda el autor, “si bien pude darme cuenta de algo que hoy me parece lo más normal del mundo, pero en esa época era incapaz de calibrar: a partir de los punks, todo el que quisiera podía comprarse una guitarra, acústica o eléctrica, que entonces eran muy baratas, juntar a un par de amigos premunidos de batería —en verdad era apenas un pequeño tambor— y un bajo y salir a tocar donde les diera la gana. En otras palabras, nunca la música había sido tan democrática como hasta esas fechas y nunca más volvió a serlo de esa forma”.

Sobre el final del relato, Camilo Marks enarbola una tesis: “Los punks jamás se convirtieron en multimillonarios, U2 es uno de los conjuntos musicales con mayor patrimonio del planeta, los punks subsisten en las sombras, Madonna o Lady Gaga requieren candilejas permanentes, los punks terminaron aplastados en su fervor anárquico, la gran industria de la música pop depende, cada vez más, de corporaciones transnacionales e incluso del apoyo, tácito o explícito, de determinados gobiernos. Las letras de los punks son descalabradas, absurdas, terminan de repente, mientras, dígase lo que se diga acerca del supuesto progresismo de los divos y divas del rock actual, sus canciones resultan edulcoradas, sedantes, hasta edificantes”.


Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Periodista de La Tercera y editor de paniko.cl