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Culto
Please like me: la balada de los millenial con corazón

Please like me: la balada de los millenial con corazón

La serie australiana -con tres temporadas en Netflix- es una mezcla de comedia, cinismo y vulnerabilidad y quizás sea la con más corazón (y maldad) hoy en la pantalla chica.

Los gringos, siempre muy talentosos para las composiciones lingüisticas (como Brangelina o Bennifer), las apodaron Dramedys: ese híbrido de comedia con tanto drama que es imposible encasillar en el código binario de los géneros televisivos. Bueno, Please like me es en principio una comedia millenial, sobre amigos que viven en Melbourne y tienen citas, padres complejos y amistades intensas, y donde todo gira alrededor de Josh, quien en el primer capítulo descubre que es gay (“salir del clóset se siente tan de los 90”, dice). Se podría decir que es como Girls, pero australiana y con gays y heterosexuales, pero sería quitarle su valor propio, más allá del discurso generacional. Aunque en sus primeros capítulos puede parecer un poco superficial, Please like me va mostrando una vulnerabilidad tan grande que de clichés nace una humanidad encantandora.

Please like me habla acerca de vivir con amigos, no tener plata (porque no quieren trabajar mucho), salir en citas, terminar con pololos, pero también habla de depresión, suicidio, aceptación y tiene un magnífico capítulo sobre el aborto. Josh (Josh Thomas) es un veinteañero que vive con su amigo Thom, y se junta mucho con su ex novia Claire. Sus padres también son protagonistas: están divorciados, su madre está deprimida y eventualmente tendrá que ser internada por intentos varios de suicidio, mientras que su papá está emparejado con Mae, una mujer tailandesa más joven. Con ese núcleo primario (más pololos y pololas que van y vienen de los personajes), Please like me explora la vida moderna, la amistad y el amor, pero también el rechazo, el miedo y el dolor, nunca volviéndose ni llorona, ni grandilocuente. Es perna, en el fondo, debajo de los pitillos y las camisas de flores abrochadas desde el primer botón; esta gente canta Adele cuando tiene que hacer una ceremonia solemene de despedida a un gallo (sí, un ave).

Hay tres momentos, a lo largo de las tres primeras temporadas que podemos ver acá en Chile, que son pequeñas maravillas televisivas, esos que valen la pena todo el resto de la temporada (trataré de no spoilear lo importante). Está el de Josh y su madre, haciendo un paseo en carpa por un parque, luego de que esta sufre una nueva pérdida. No pasa nada mucho: conversan, duermen -apestosamente, porque francamente compartir carpa con tu mamá…-, se matan de la risa, se sinceran. Es simple y sencillo y muestra una conexión que no necesita de revelaciones demasiado importantes entre madre e hijo, ni música envolvente que lleva al llanto. Es bonito, sin necesidad de ser llorón, y eso es algo que desde que Shonda Rhimes conquistó la TV (la amamos, pero es cierto), no sucede mucho. Está también el capítulo del aborto, que por ser Chile, nunca deja de sentirse como un vistazo fascinante a vidas paralelas donde no es ni ilegal ni peligroso. Uno de los personajes necesita uno y va una clínica; no sólo muestra el proceso, bastante sencillo, sino que también, siendo liberal y entregando mensajes como “no tienes nada de qué sentirte culpable”, expone lo difícil que es para cualquier mujer la decisión, más allá de que esté convencida de que es la correcta (si les interesa ver otra película que toma el punto muy bien, busquen Obvious Child en Netflix). “Pensé que mis políticas me protegerían de mis sentimientos”, dice la afectada; algo que uno no suele escuchar en otras historias audiovisuales con aborto. Por último, hay una línea argumental que persigue el no serle atractivo sexualmente a alguien, aunque le gustes; y la exploración a ese rechazo es sincera y sin ganas de hacerse el cool. Porque duele, y en Please like me, las cosas a veces duelen y ya fue.

Si estos son los millenial, pues bien, nada está perdido.


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