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Culto
Roser Bru: contra el exilio y el olvido

Roser Bru: contra el exilio y el olvido

Cinco días después de ganar el Premio Nacional de Arte, en 2015, la artista de 93 años sufrió un infarto cerebro-vascular que la dejó sin poder mover su lado derecho. Hoy recupera de a poco su facultad de pintar, mientras su nieta recoge sus memorias para un proyecto teatral.

El 24 de agosto de 2015, la actriz Amalá Saint-Pierre (34) corría por las calles de Santiago terminando de recoger los últimos antecedentes para enviar al Fondart su proyecto sobre la vida de su abuela artista, una catalana que llegó a Chile en 1939 a bordo del Winnipeg. Al mismo tiempo, en su casa de Providencia, Roser Bru recibía una inesperada llamada telefónica desde el Ministerio de Educación: había ganado el Premio Nacional de Artes Plásticas.

“Había muchos esperando este premio, una larga cola, y bueno, yo pensé que otro lo ganaría”, señaló la pintora ese día, luego de recibir personalmente las felicitaciones de la ministra Adriana Delpiano. Los días que siguieron fueron ajetreados: el teléfono en casa de Bru no dejó de sonar. Al otro lado, los periodistas y las amistades querían verla, saludarla y entrevistarla. La presión la colapsó.

“Tengo la sensación de que el premio la mató un poco también, porque fue una locura. A las personas mayores no hay que atarearlas de esa manera”, reflexiona hoy su nieta. A la semana de ganar el máximo galardón del Estado, Bru tuvo un infarto cerebrovascular que la dejó con el lado derecho del cuerpo inmovilizado. Perdió la habilidad de pintar y también de caminar.

Más de un año después, la artista de 93 años se recupera de a poco. Gracias a sus sesiones de kinesiología, al apoyo de su cuidadora, Rosita, y a sus propias ganas, volvió a tomar el pincel.

Hace sólo unos días, la mañana de un martes, sentada en su living y rodeada de sus objetos, obras de arte y libros más preciados, volvió a echar atrás la memoria para contar cómo fue que llegó hace 78 años a Chile. Lo hizo conversando con su nieta Amalá, quien suele completar sus anécdotas: “Todo esto me lo contó la Mara (’madre’, en catalán, que es como le dice a su abuela). Yo sólo recopilo la información”, dice. Si bien ella no ganó el Fondart en 2015, volvió a insistir y hace un mes recibió $ 11 millones para desarrollar Bru o el exilio de la memoria, una investigación sobre los hechos que marcaron la vida de su abuela, que luego transformará en un texto dramático, publicado como libro, y quizá, más adelante, en un montaje. “Ella no recuerda el momento del accidente ni tampoco haber estado en la clínica, pero como buena catalana su inmensa fortaleza la ha hecho salir adelante”, cuenta la actriz y productora.

“Pinto todos los días y hago lo que se me ocurre. Uno ve un cuadro y la segunda vez, ya le ves todos los defectos, lo que le falta y lo que le sobra, así que pinto muchos cuadros al mismo tiempo”, comenta Bru.

Un pasillo de su casa se ha convertido en su sala de trabajo, ahora que ya no va al Taller 99, el grupo de grabado que fundó junto a Nemesio Antúnez a mediados de los 50. Repartidos por la casa hay decenas de cuadros, todos de 2016, y aunque su trazo ya no es el mismo, mejora cada día. Pinta tazones, sandías, mesas de manteles blancos con marraquetas encima. Son las cosas que le llamaron la atención cuando arribó a Chile, un país donde a la hora de la cena se toma once y en el verano abundan las frutas frescas y jugosas. Algunos de estos cuadros se exhibirán a mediados de año en la galería Artespacio, y en abril estarán en la muestra Cuatro Premios Nacionales en el Museo de Bellas Artes, con la curatoria de Inés Ortega-Márquez y con obras de José Balmes, Gracia Barrios y Guillermo Núñez.


Memoria frágil

“Oye. Mara, ¿nunca pensaste en irte de Chile luego del Golpe de Estado?”, le lanza la nieta a su abuela en medio de la conversación. “Lo que pasa es que aquí conocimos a mucha gente, gente de izquierda, de derecha, nos sentíamos muy acogidos por todos. Volver era complicado, era empezar de cero y en esa patria de allá habían pasado muchas cosas. Yo acá era conocida, ya tenía mi mundo propio”, responde Bru. Sin embargo, su amigo cercano, el fallecido pintor José Balmes, cinco años menor que ella y quien llegó también en el Winnipeg, debió exiliarse en Francia. “Es que Balmes era comunista y yo nunca milité en ningún partido. Yo era de izquierda, pero independiente”, explica la artista que, sin embargo, cultivó una pintura muy política, siempre haciendo referencias a la guerra, al exilio y a sus referentes intelectuales: García Lorca, Rimbaud, Velázquez y Kafka.

La tendencia política de su padre la marcó desde pequeña. Cuando tenía cuatro años, Lluis Bru, que era un jovencito de 20, cayó preso por un artículo que escribió en contra el dictador Miguel Primo de Rivera, quien había prohibido el idioma catalán en España. Roser, su hermana Montserrat y su madre visitaban al padre en el buque cárcel Uruguay, y lo acompañaron al exilio en Francia una vez que fue liberado. Allí estuvieron un par de años, para luego volver a Barcelona y participar de la primera República de Cataluña, donde Lluis Bru fue diputado. Todo quedó en nada con el golpe de Franco y el inicio de la Guerra Civil Española.

Roser se embarcó en el Winnipeg a los 16 años. No terminó el colegio, pero tenía talento para el dibujo y cuando llegó a Chile tomó clases libres en la Academia de Bellas Artes, donde se formó al alero de Israel Roa y Pablo Burchard. De su padre no tiene tantos recuerdos, ya que murió poco años después de llegar, de tuberculosis.

“El pobre se enfermó, lo íbamos a ver al Cajón del Maipo, donde lo llevamos para que se recuperara. El trabajaba de guardia cuidando el restaurant de unos catalanes. Yo en esa época pintaba todo tipo de cosas: botones, tazas. Había que ganar dinero”, recuerda la artista.

A los 19 años se casó con su compatriota Cristian Aguadé, quien llegó a Chile en un barco después del de ella. Tuvieron dos hijas y tres nietos, una familia pequeña anclada en los recuerdos de Cataluña y aferrada al idioma. El murió en 2015, y aunque llevaban años separados, nunca dejaron de ser amigos. “Hasta el último día se siguieron apoyando y jugando dominó. Se conocieron en el colegio, vivieron la guerra y el exilio juntos. Esas personas permanecen unidas hasta el final”, dice Saint Pierre.

En 2013 la actriz estrenó junto al realizador chileno Diego Meza el documental Exilios, que reunía las vivencias de dos familias exiliadas de Cataluña: los Bofill-Abelló y los Aguadé-Bru. Fue el principio del proyecto con su abuela. “Ahora quiero hacer algo más personal. Estoy trabajando junto a Italo Gallardo y a mi compañero Francisco Paco López, del colectivo Mákina Dos”, cuenta. “Quiero seguir la historia de Roser, pero desde mi propia experiencia como nieta de exiliados. Lo duro que fue para ellos, pero también lo positivo. No busco la precisión histórica sino sus propios recuerdos, teñidos de sentimientos y cada vez más frágiles”, concluye Amalá.

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