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Culto
El incendiario arte de Lemebel y las Yeguas del Apocalipsis

El incendiario arte de Lemebel y las Yeguas del Apocalipsis

En 1987, junto a Francisco Casas, el escritor formó el colectivo de arte político más provocador de la escena local.

El gesto fue simple, pero efectivo: en plena calle Macul, Pedro Lemebel y Francisco Casas se sacaron la ropa, se montaron sobre la yegua que traían desde Peñalolén y atravesaron la entrada del campus Juan Gómez Millas, en lo que se conoce como la Refundación de la U. de Chile. Fue más que eso. La atrevida performance de 1988 marcó el inicio de un nuevo colectivo de arte que sacudió la escena local. Bautizados como Las Yeguas del Apocalipsis, Lemebel y Casas comenzaron a interrumpir lanzamientos de libros y diversos espacios con sus atrevidas acciones que defendían los Derechos Humanos y que hablaban abiertamente de la homosexualidad de sus dos miembros.

En 1989, por ejemplo, fueron a la Comisión de Derechos Humanos y bailaron cueca sobre el mapa de América Latina para denunciar las dictaduras del Cono Sur; luego ese mismo año reprodujeron La útima cena de Da Vinci, vestidos de mujer en un prostíbulo de la calle San Camilo, para hablar del comercio sexual, y un año después intervinieron una exposición de Lotty Rosenfeld y Diamela Eltit, amarrados a unas sillas de ruedas con alambres de púas y pajaritos disecados, para aludir al VIH.

Las Yeguas del Apocalipsis funcionaron oficialmente hasta 1997. Se habló de rencillas internas, pero según Pedro Montes, el coleccionista y galerista de D21, que hoy está a cargo de recuperar el archivo del grupo, “Pancho y Pedro discutían a muerte un día y al otro día estaban abrazados”. Lo cierto es que cada uno siguió por carriles separados. En el caso de Lemebel, profundizó en su faceta de escritor y cronista, pero nunca dejó la performance.

El año pasado, cuando el cáncer hacía estragos en su cuerpo, el autor de Tengo miedo torero reunió las fuerzas para ejecutar dos nuevas acciones: en Desnudo bajando la escalera, se plantó en las escaleras del Museo de Arte Contemporáneo y tapado con un saco de lino rodó por el suelo ardiendo en llamas. Luego vino Abecedario, donde el escritor escribió cada letra con neoprén y les prendió fuego en la pasarela del Cementerio Metropolitano, donde está enterrada su madre y donde hoy irían a parar también sus restos.

Fueron los últimos cartuchos que quemó Lemebel, en una especie de despedida de su carrera artística, que en los años recientes vivió una inusitada revalorización internacional. Con el apoyo del curador cubano Gerardo Mosquera, las obras de Las Yeguas del Apocalipsis se exhibieron en 2011 en el Palacio de Bellas Artes de México, en 2012 el Museo Reina Sofía de España, en 2013 en el MALI de Perú y el año pasado viajaron a la Bienal de Sao Paulo. “Siempre tuvieron un valor artístico, lo que faltó fue el reconocimiento, porque no eran conocidos. Son obras fuertes, creativas y muy necesarias en su momento”, dice Mosquera.

Recién el pasado 8 de enero se cerró en galería D21 la muestra Arder, donde Lemebel reunió el registro en fotos y videos de sus performances, desde fines de los 80 hasta hoy. Se trata de un rescate mayor de la historia de Las Yeguas del Apocalipsis que encabeza el galerista Pedro Montes y los investigadores Fernanda Carvajal y Alejandro de la Fuente.

La fotógrafa y amiga del artista, Paz Errázuriz, fue una de las pocas que siguió su trayectoria y quien hasta ahora último lo retrató. “Hay muchos registros de las Yeguas que sólo las hice yo, porque no había nadie más. Teníamos un amistad profunda y una complicidad para trabajar. A él le encantaba armar escenas inventadas, ser un personaje frente a la cámara. También hice muchas portadas de sus libros”, dice Errázuriz.

Si en los 80, las performances de Las Yeguas… fueron poco conocidas e incluso marginadas por los integrantes de la Escena de Avanzada, que las veían con recelo, las últimas acciones de Lemebel mantenían ese espíritu íntimo. “Siempre fueron muy privadas, muy para él, porque para Pedro la performance era una forma de estar en el mundo, no eran para hacerse famoso, ni validarse como artista”.

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