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Culto
Una película de amor

Una película de amor

La nueva película del director Damien Chazelle corre con grandes expectativas —y varias preseas a cuestas— en plena temporada de premios.

Tras unos exitosos Golden Globes, La la land se convirtió en favorita reivindicando un alicaído género musical que no vivía días de gloria desde que Moulin Rouge se llevara dos Oscar y tres Golden Globes en 2001.

En días en que varios hemos vuelto a ver los videos de la madre de la Princesa Leia, Debbie Reynolds, junto a Kelly y O’Connor en Singin’ in the rain, hacer la comparación podrá ser odioso, pero ilustrativo. Enfriados los ánimos tras ver a Ryan Gosling hacer sus pasos taco y punta con sus impecables zapatos o a Emma Stone batir al viento sus delicados vestidos, resulta evidente que no estamos ante actores que te dejen boquiabiertos por su gracia y talento en el canto o la danza (excepcional sí es la interpretación de Gosling al piano).

Poco de eso hay acá. No hay bailes memorables. Ok, Gosling no es un bailarín, pero Travolta o Bacon tampoco hacían del baile su principal actividad y difícilmente alguien podría menospreciar sus actuaciones en Grease o Footloose, por nombrar musicales más contemporáneos. Tampoco sus canciones pasarán a la historia, menos si hay que compararlas con el “Do-re-mi” de Julie Andrews, el “You’re the one that I want” de Olivia Newton-John o incluso, estirando el chicle, con el cover -hoy más conocido que la original de Labelle- de “Lady Marmalade” en el soundtrack sobre el famoso cabaret francés. Verdaderos himnos del cine musical.

Chazelle, que el 2014 acaparó reconocimiento de la crítica y la taquilla con Whiplash, repite una de las fórmulas de aquel guión: las vicisitudes que sufre el amor de pareja cuando se ve enfrentado a la pasión por una disciplina. Por eso se habla de La la land como una gran historia de amor. Pero qué tipo de amor.

A primera vista, pareciera que el conflicto que tenía Andrew, el esforzado y ambicioso baterista de Whiplash, que ante la oportunidad de proyectarse amorosamente, finalmente la desprecia con una racionalidad que hiela la piel, podría asemejarse al conflicto que viven Mia y Seb sobre si privilegiar sus carreras o su idílico romance. Pero por alguna razón el amor, el verdadero amor no florece.

Porque los cielos pintados de Los Ángeles, los bailecitos y flotamientos en el Observatorio Griffith, al que por supuesto se cuelan, no dicen mucho del amor. Sí del frenesí de la atracción mutua, de la ansiedad por escapar de la soledad y la incomprensión por lo que uno ama, pero a poco andar se hace más evidente que Seb y Mia están más enamorados de la pasión del otro, que de la persona misma. A ella le brillan los ojos cuando lo escucha hablar de jazz. A él se le cae la baba cuando ella le cuenta de su pasión por la actuación. Antes que una vida de a dos, lo que nuestros protagonistas realmente buscan es alguien que creyera en ellos, que fuera la red de seguridad frente a las decepciones de sus incipientes carreras artísticas. Y en eso cumplen. Pero no quieren ir mucho más allá.

La historia de los protagonistas pareciera reafirmar la idea de que el amor tortuoso es un imperativo para lograr objetivos artísticos. Pero no. Mia parece haber podido complementar una exitosa carrera en el cine al mismo tiempo que se ve felizmente casada y transformada en madre, mientras que Seb, quizás más melancólico, al menos cumple su sueño de tener un club de jazz donde las reglas las pone él.

Sus individualidades, pródigas en voluntad individual, más que en una disposición a compartir, relucen durante toda la película. Incluso cuando cantan, la luz se apaga y el foco ilumina solo a quien interpreta. Las canciones no hablan del otro, ni siquiera se cantan entre ellos. Le hablan al nirvana en el que anhelan vivir, donde ya no atienden un café o tocan villancicos al piano: le cantan a su sueño de estrellato, cuyo escenario es justamente la City of stars.

Sí. Es una película de amor, pero no de ese amor que dos personas comparten. No el esquivo romance verdadero que dará término a las calurosas y solitarias tardes de verano, sino el amor por el arte, la música y el cine. Ese es el amor que nos hace tanto sentido en La la land. Uno que compartimos todos los que tenemos un poco de sangre en nuestras venas, aunque no queramos convertirnos en estrellas. Finalmente es ese amor el que reconocemos, nos llena el alma y nos hace pensar -al menos por un par de horas- en que nuestras vidas pueden ser como una película, como una canción.


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