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Culto
Lola Larra: “El mundo desde el punto de vista del colono es un horror”

Lola Larra: “El mundo desde el punto de vista del colono es un horror”

La escritora y editora de libros infantiles vuelve a la novela con Sprinters. Los niños de Colonia Dignidad. Recomendada en el New York Times como una novela “sin ficción”, aborda dos casos emblemáticos de la Colonia fundada por Paul Schäfer.

“Una novela que se lee como no ficción o un reportaje que se lee como la mejor novela”. Es lo que algunos lectores le han consultado a su autora: el género del libro a ratos les resulta lo uno y lo otro. Las librerías ubican Sprinters. Los niños de Colonia Dignidad (Hueders) en la sección de investigación periodística, y sin embargo, Lola Larra insiste en que es una novela. Una novela que, en todo caso, está basada en una extensa investigación.

Lola Larra en realidad es el seudónimo de Claudia Larraguibel. Nacida en Chile, pasó su infancia y juventud en Venezuela y posteriormente en España. Volvió a Chile a mediados de la década anterior, después de interesarse por la historia de Colonia Dignidad, remecida por los casos de abuso, por la relación de los jerarcas con la dictadura militar y por los horrorosos relatos que entregaban quienes, con destreza, lograban escapar.

“Los libros sirven para descubrir, en mi caso tiempo después, que esta historia era finalmente una manera de recuperar un tiempo y lugar que me había sido despojado. Es una conexión con un país que a fin de cuentas no es del todo mío”, sostiene la autora, en la actualidad editora del sello de literatura infantil Ekaré Sur.

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Los exiliados que partían a Venezuela llegaban a su casa. Obediente ante la solicitud de sus padres, debía facilitar su habitación para que los recién llegados pudieran dormir cómodos, después de lo que les acontecía antes de su partida desde Chile.

La historia de un guión, de un reportaje y una buena historia. Esos son los ejes de esta nueva publicación que, desde la ficción, explora dos historias tristemente célebres que tuvieron a Colonia Dignidad en el ojo del huracán durante los 90: la historia de Tobías Müller y de Salo Luna por un lado, y la historia de Hartmut Münch, un niño a quien le perforan la cabeza durante una jornada de caza, por otro. El responsable fue un militar que en la novela no tiene nombre. Sin embargo, en la realidad se llamaba Manuel “Mamo” Contreras.

“En España no se sabía mucho sobre Colonia Dignidad”, recuerda Claudia Larraguibel, aún cuando era ya la década de los 90. “Comencé entonces a investigar y transformé este trabajo en una excusa para volver al país”. Entrevistó a distintas personas y visitó finalmente Colonia Dignidad. “Con el tiempo podré masticar la idea de por qué vengo a Chile para rastrear la historia de este monstruo”, reflexiona.


—¿Qué pasó luego de comenzar a investigar la historia de Colonia Dignidad?

—Me encontré con la historia de Tobías Müller y de Salo Luna, con la historia (arquetípica) de dos jóvenes que pretendían enfrentar a sus mayores, de rebelarse. Me parecía extraño que un colono no tuviera cumpleaños ni vacaciones, tampoco carné de identidad. Lo que me llamaba la atención era el hermetismo que caracterizaba a Colonia Dignidad. Reconocí en esta historia el libro Los niños terribles de Cocteau.

—¿Sabía de qué modo iba a escribir este libro?

—Cuando terminé la investigación no tenía idea de cómo escribir este libro, y en algún momento apareció en mi cabeza el personaje de Lutgarda, por lo que empecé a desarrollar el personaje de esta mujer que se obsesiona con la tumba del pequeño Hartmut, y se transformó lentamente en el personaje principal. No quería que fuera, eso sí, sobre los “casos reales” de Colonia Dignidad, que es algo ya realizado. Lo que quería era abordar, desde el caso de Hartmut, algo así como una psicología o carácter del colono y la protagonista era perfecta para este objetivo. En ella se puede englobar lo que caracterizó durante décadas a Colonia Dignidad: el daño realizado a la condición humana de esas personas.

—Esta novela ¿se debe leer como no ficción o como novela?

—Espero que se lea como una novela que utiliza algunos rasgos y elementos preferidos por los escritores de reportajes y crónicas. Es una novela que también puede leerse como un anti-thriller, por todo lo que ocurre al final del libro. Es allí donde se nota con mayor fuerza mi obsesión por escritores como Patricia Highsmith y Emmanuel Carrère.

—¿Este libro opera también como rescate de una memoria olvidada?

—Hay un cuestionamiento moral que hace la narradora todo el tiempo. “Hasta donde estoy dispuesta a dar parte de mi tiempo, de mi vida, de mi preocupación, de mi dinero. Cuanto estoy dispuesta a dar por gente que sabes por el horror que pasó y que, sin embargo, ¿cómo puedes ayudar a los demás?” Es una pregunta de una profunda dimensión moral en un caso extremo, como lo es Colonia Dignidad, compuesta por personas que están tan lejos de ti.

—¿Existe una responsabilidad del Estado o de los chilenos entonces?

—La sociedad chilena tiene un deber moral con estas personas. Como escritora lo importante y difícil era ser capaz de ponerse en el lugar del otro. El mundo, desde el punto de vista del colono, es un completo horror. Durante décadas pensaron que fuera de la Colonia estaban los comunistas preparados para aniquilarlos. La literatura te permite situarse en esta posición, y sólo así es posible establecer una opinión fundada. El asunto de los migrantes me tiene sorprendida. Las opiniones al respecto son de una ignorancia superlativa. Pareciera que a los chilenos sólo les han gustado los migrantes rubios, escondidos cerca de Parral. Eran inofensivos. Por eso soportaron, pareciera, Colonia Dignidad.


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