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Culto
Disney y la muerte

Disney y la muerte

Por más que sean infantiles, las películas de Disney abordan un concepto tan complejo como la muerte con tristeza, sin miedo y con la idea de que la vida, de una u otra forma, nunca se desvanece.

* A continuación, spoilers de Moana y otras películas de Disney.


En 1938, luego del éxito de Blancanieves, Walt Disney les compró una casa a sus padres en North Hollywood, donde acababa de adquirir el terreno que se transformaría en el centro de su imperio cinematográfico. Lo que podría haber sido un tierno gesto de agradecimiento de un hijo a sus progenitores terminó en tragedia: la residencia venía con una fuga de gas que nunca fue correctamente arreglada, lo que terminó provocando la muerte de su madre.

La leyenda cuenta que el hecho traumó tanto a Disney que su luto se vivió a través de sus películas, lo que explicaría que a pesar de ser cintas infantiles, las historias de su estudio siempre están marcadas por protagonistas huérfanos o de entornos familiares complejos.

Sí, es probable que Disney haya expresado su pesar a través de la pantalla –es imposible ignorar que Bambi y Dumbo, dos cintas trágicas en el aspecto maternal, salieron poco después del incidente-, pero considerando que el cineasta falleció en 1965, eso no explica que la particular relación de las películas de Disney y la muerte haya continuado en las décadas siguientes (a menos que su creador haya dejado un testamento muy específico y tétrico en ese sentido).


En las películas de Disney hay bastante muerte. Uno recuerda con cierta cuota de humor el trauma que generaba en la infancia ver la muerte de la mamá de Bambi o la de Mufasa –esa aún duele-. Pero, fuera de bromas, surge la interrogante de por qué estas historias para niños –por más transversales que sean las cintas de Disney- introducirían a un concepto tan complejo.

Y es que la muerte en las películas del estudio, si bien son dolorosas, no se quedan en la tragedia ni en la morbosidad. La muerte funciona para enfrentar al personaje principal, y de paso a la audiencia, a otro concepto, que resulta fundamental para las historias (y la vida): legado.

En Moana, la más reciente cinta animada de Disney, la protagonista homónima es una joven polinésica de 16 años que se siente fuera de lugar en su aldea. El único miembro de su familia que la entiende es su abuela, considerada la loca del pueblo. Es ella quien la impulsa a emprender la aventura de la historia. Pero se enferma y fallece.

Lo interesante es cómo está tratado el momento: sí; hay una despedida entre lágrimas de ambos personajes, pero cuando Moana se está alejando de la isla en un bote, y ve una luz en forma de mantarraya aparecer en el océano –señal de que su familiar dejó de existir-, sonríe. Porque no es un final: de alguna forma, su abuela sigue con ella. Tiene una misión que cumplir para hacerla orgullosa. Es algo que va más allá de una religión específica; la idea de que alguien no desaparece por dejar de respirar.

No es necesariamente la idea de un más allá; personajes como Moana y Simba sí tienen la suerte de contactar a los espíritus de sus seres queridos, pero Nemo nunca conoce a su madre, Bambi debe crecer huérfano, Lilo de Lilo & Stitch debe lidiar con el luto de sus padres fallecidos, y Carl se enfrenta en los primeros minutos de Up a la muerte de su esposa Ellie –esa sí que duele-. Pero todas esas pérdidas siguen siendo presencias importantes en las historias, y para bien. Marlin honra a su esposa haciendo lo imposible para cuidar de Nemo, Carl aprende a vivir la vida incluso en la tercera edad gracias a los deseos de su mujer, y Lilo continúa el mensaje de que Ohana significa familia incluso en los momentos más difíciles.

Por más que sean infantiles, las películas de Disney abordan la muerte con tristeza, pero sin miedo y con la idea de que la vida, de una u otra forma, nunca se desvanece. Para un niño, ese puede ser un enorme consuelo a un aspecto que tendrá que enfrentar sí o sí. Y -para qué estamos con cosas- para un adulto también.

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