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Culto
La la land y el amor por los musicales

La la land y el amor por los musicales

El género del musical trata de regresa a la popularidad cada cierto tiempo, ¿por qué la audiencia no lo deja si es lo mejor?

Cada cierta cantidad de años, Hollywood vuelve a los musicales, se hacen artículos sobre el regreso del género rey de los años 40 y 50, pero pasa la película del momento y la gente parece recordar que no, no le gustan realmente las historias donde los protagonistas, en cualquier momento, se lanzan a cantar sus sentimientos. Todos aman Grease, o se han tomado una piscola viendo The Wall, y quizás algunos saben apreciar que Cantando bajo la lluvia es una de las mejores películas de la historia del cine -sobre todo porque es sobre la ilusión de hacer cine-, y, claro, ahora gozarán con La La Land, la película con Ryan Gosling y Emma Stone que se está robando todos los premios de la temporada.

Está bien, porque La La Land es un muy buen musical. Es un homenaje a todos los musicales de antes, con un poco de Cantando bajo la lluvia por aquí, un poco de Funny face por acá, recuerdos de Astaire y Rogers. Tiene también una obsesión por el viejo Hollywood, con referencias a Casablanca y a Rebelde sin causa. Emma Stone es la joven actriz tratando de lograrlo y pasando de una audición sin destino a otra. Y Ryan Gosling es el pianista de jazz que se niega a dejar ir el sueño de un lugar para tocar su música, sin tener que venderse. Se conocen, se gustan y cantan. La secuencia de coqueteo estilo nos-vamos-a-amar-pero-aún-nos-hacemos-los-difíciles, acompañada de la canción “A lovely night”, debería estar entre las escenas más encantadores del cine reciente. Y la película funciona porque esta cosa meta, del cine dentro del cine, es exagerada con escenarios de telón y pintura, secuencias de ensueño donde se baila en las estrellas y fantasías en technicolor; La La Land no tiene vergüenza de amar lo antiguo y por lo mismo lo convierte en algo fresco. Que la historia no sea toda color de rosa -el amor, chicos, cuándo lo es-, mejora aún más el resultado final.

Lo que capta bien La La Land es que los musicales, bien hechos, siempre tienen algo de autoconciencia, de que audiencia y espectadores hacen un pacto tácito de credibilidad e ingenuidad y se entregan, derechamente, a ver cine. No a ver un drama, no a ver una historia, a ver una película, una falsedad encantadora que por una hora y media te hace creer que el cielo es más azul (porque está pintado con témpera) o que el amor es más romántico (porque se canta). Por eso quizás musicales contemporáneos como Chicago o Dreamgirls no han podido tener un impacto duradero, porque son adaptaciones bastante literales a shows de Broadway, y se aprecian solo en Estados Unidos donde la cultura de musical está instaurada; La La Land en cambio propone directamente hacer una historia moderna en el formato de canto y baile.

Lo mismo lleva haciendo por unas temporadas esa genialidad en comedia que es Crazy Ex Girlfriend (en Chile en Netflix), que donde Rachel Bloom escribe y protagoniza como una soltera que deja Nueva York y un buen trabajo, por una ciudad de suburbios como cualquiera en California donde vive su ex. Las canciones de Crazy Ex Girlfriend son pequeñas maravillas de coreografía y canto, con temáticas que van del amor de hoy -Sexo con un extraño, sobre Tinder, o Te di una infección urinaria, sobre el exceso de sexo al comienzo de una relación-, a otras estupideces como “soy mina porque hago yoga” o los retos de una madre judía a su hija. Settle for me, o “confórmate conmigo”, es la declaración de amor, más sencilla, poco ambiciosa y romántica que se haya visto en pantalla chica estos días, y acompañado de un baile tipo Fred y Ginger, se convierte en un pequeño momento de gloria de la televisión.

Si La La Land gana el Oscar, quizás logre la hazaña: que todos nos relajemos un poco y nos entreguemos a la fantasía musical un rato. Si la vida es mejor con cine y música, ¿por qué no juntarlos?


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