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Culto
Un concierto histórico

Un concierto histórico

Es complejo volver sobre un concierto que ocurrió hace quince años sin aplicar la sombra de todo lo que vino después. Para bien o para mal, hay algunos a los que volvemos insistentemente: nunca terminan, siempre nos están diciendo algo distinto, dependiendo, a veces, del contexto en el que los recordemos.

Ahí están, por ejemplo, las más importantes presentaciones registradas por artistas chilenos: Alturas de Machu Picchu en vivo, de Los Jaivas, que significó una cima de la época más llamativa en una banda aparecida en los años 70; o el Unplugged, de Los Tres, en una situación similar ya avanzados los 90. Tal vez la ausencia de un eslabón, algún evento que haya iluminado la oscura década de los 80 chilenos, podría explicar la masividad y la importancia de las dos presentaciones que Los Prisioneros dieron en el Estadio Nacional el 30 de noviembre y el 1 de diciembre del año 2001.

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“Nos vemos en diez años más”, gritó Jorge González al despedir el primer concierto de regreso de Los Prisioneros, luego de doce años de separación. “Gran regreso de Los Prisioneros”, tituló la portada de La Tercera al día siguiente. “La voz de los ‘80 rugió en el Nacional”, contó La Cuarta. En lo que ambos diarios coincidieron fue en lo convincente y emocionante de la presentación: casi tres horas de música y más de 135 mil personas reunidas en dos días de repertorio “nostálgico aunque sólido” y de “un sonido crudo y lleno de fuerza”.

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Entre octubre y noviembre del 2000, Los Prisioneros estaban separados cuando ampliaron su discografía con dos nuevos trabajos. Mientras el sello EMI preparaba un álbum en vivo de la banda, con canciones grabadas en casetes de cuatro pistas, Carlos Fonseca, mánager histórico, producía un disco de versiones que sería publicado por Warner, la compañía rival.

“Sucedió entonces algo insólito”, escribe Claudio Narea en su libro Los Prisioneros, biografía de una amistad (Thabang Ediciones, 2014): “Jorge nos llamó a Miguel y a mí para proponernos realizar un concierto y grabar un disco en vivo”.

Aunque esa llamada iba a ser el germen de lo que vendría después, ante la primera negativa de Narea y Tapia, el trabajo en vivo saldría publicado por EMI, bajo el título de El caset pirata (EMI, 2000), y llevaría como single promocional a “No necesitamos banderas”, cuya grabación fue hecha en un concierto de la gira de Corazones (EMI, 1990). Un mes después, el Tributo a Los Prisioneros (Warner, 2000) aparecía firmado por 18 grupos chilenos, entre otros, La Ley, Lucybell, Makiza y Canal Magdalena:

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Ese 30 de noviembre del año 2001, a las cuatro de la tarde, la cancha del Nacional era un karaoke masivo. A las nueve de la noche, cuando empezaron con “La voz de los 80”, una luna llena emergente desde la tribuna Andes iluminó un repaso generoso por el catálogo del trío sanmiguelino, que incluyó rarezas entre sus presentaciones como “Generación de mierda” y “Mal de Parkinson”, dos canciones aparecidas en el compilado Ni por la razón, ni por la fuerza (EMI, 1996).

“La espera valió la pena”, tituló su reseña el periodista Cristóbal Peña. Ese día, La Tercera anunciaba la muerte del guitarrista de The Beatles, George Harrison; el suicidio frente a La Moneda de un desempleado víctima de asbestosis, Eduardo Miño, quien inspiró la canción de Los Bunkers que lleva su apellido; y un titular que podría ser el origen de “Pacífico” de los Ases Falsos: “Joven pareja se lanzó al mar en un mortal pacto de amor”.

“Mamá chocha” fue uno de los subtítulos que ocupó La Cuarta, que entrevistó a Ida Ríos: “Ver a los muchachos nuevamente juntos, a mi hijo completamente sano, recuperado y a la gente demostrándole a los tres tanto cariño, me emociona”, dijo la madre de Jorge González.

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El tiempo se estiró tanto antes del Estadio Nacional, desde que Los Prisioneros acordaron secretamente reunirse para un concierto, que en el lapso Claudio Narea se contagió de la bacteria asesina, Miguel Tapia organizó incontables fiestas en su casa de Pirque y Jorge González fue padre.

Carlos Fonseca, para no levantar sospechas, reservó el Estadio Nacional para el 1 de diciembre del año siguiente a nombre de Inti Illimani. No fue todo: el cantante y principal compositor de la banda debió internarse en Cuba para contener su adicción a las drogas. “Comencé cayéndome a los éxtasis y a los ácidos, que en esa época estaban dando vueltas por el mundo, con un resurgimiento hippie que hubo a comienzos de los 90, y pasé por distintas cosas: heroína, ketamina, varias otras terminadas en ina y finalmente, cuando me caí a los jales, me di cuenta”, contó en una entrevista por televisión con Pedro Carcuro.

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Si las imágenes de los discos en vivo más importantes de Los Jaivas y Los Tres fueron filmadas fuera de Chile —entre las ruinas de la civilización inca y en un plató de televisión en Miami—, Lo estamos pasando muy bien (Warner, 2002), el registro de Los Prisioneros filmado por Carmen Luz Parot, muestra un maremágnum de gente en el coliseo que más alegrías dio al país el último año y que más vergüenza y temor significó en el pasado.

El trío llenó dos veces el Estadio Nacional, tal y como lo harían años después Roger Waters y One Direction, pero a diferencia de ellos, Los Prisioneros lo lograron sin auspiciadores, como explica Julio Osses en Orgullos y pasiones: la historia de Los Prisioneros (Vía X Ediciones, 2016).

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Jorge González tenía 19 años cuando apareció el primer disco de Los Prisioneros, donde firmó todas las canciones —con excepción de “¿Quién mató a Marilyn?”, que lleva el nombre del baterista. A los 25, el cantante y bajista ya había publicado cuatro álbumes al frente de su banda, tal vez la más importante nacida en el Santiago de los años 80. González, que alguna vez fundó Los Prisioneros y los deshizo una y otra vez para convertirse en un héroe solitario en el panorama del pop chileno antes de fugarse hacia demasiadas partes (el extranjero, las drogas, la música electrónica), como escribió Álvaro Bisama, había vuelto a reunir a la banda que lo instaló en un lugar privilegiado de la música popular chilena.

En agosto de 2001, el concierto de regreso tomó fuerza como un secreto a voces apenas empezaron los ensayos con la formación original. Jorge, Claudio y Miguel tocaban discretamente en una casa que arrendaron en San Ignacio con Santa Isabel, en el centro de Santiago, a pasos del Parque Almagro.

Como primera estrategia de promoción, Los Prisioneros grabaron “Las sierras eléctricas”, un tema compuesto por González en la época de Corazones (EMI, 1990), que fue lanzado el 5 de septiembre de ese año, solo días antes del ataque a las Torres Gemelas.

Un mes después, el martes 9 de octubre, comenzaba la venta de entradas en un lugar extinto, la Feria del Disco del Paseo Ahumada, donde los primeros cien asistentes se fotografiaron con la banda y recibieron afiches y copias del single promocional entre el caos generalizado.
El 21 de octubre, con tanta expectativa de la prensa como flashes de fotógrafos, aparecieron en el programa De pé a pá y tocaron por primera vez en público desde su separación.

Entonces, no hizo falta hacer nada más: un mes antes de la convocatoria, el concierto de regreso de Los Prisioneros estaba completamente agotado. Pero la demanda no estaba satisfecha y la única alternativa fue fijar otra presentación en el mismo Estadio Nacional, aunque para el día anterior (gracias a un partido por el campeonato de la U. de Chile), junto con modificar la ubicación del escenario: si en los shows se instala en la cabecera sur del estadio, esta vez se fijó frente a la tribuna preferencial.

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En Canción telepática (Lom Ediciones, 1999), Tito Escárate describe a los de San Miguel como una banda que tomó la palabra cuando muchos empezaron a gritar. Escribe ahí: “Sus letras eran tan simples y directas, que nadie entendió nada. Muchos creían que era un canto de guerra —contra Pinochet, se entiende—, no pocos pensaron que representaban a la vanguardia misma, algunos las vieron como un negocio, los ortodoxos —del rock y la política— las miraban con sospecha, y la mayoría, simplemente, las coreaba”.

Parados sobre zapatillas North Star, Los Prisioneros, como explica Marisol García en Canción valiente (Ediciones B, 2013), “encauzaron la queja de una generación pisoteada por los militares, pero también la rebeldía personal de quienes no se iban a conformar con un simple cambio de administración política, pues adivinaban la traición agazapada también en quienes entonces se decían aliados”.

“La vigencia de los versos de Jorge González se advierte hoy con la incomodidad hacia una democracia llena de deudas sociales, en la que los resabios de un orden explotados, colonialista y codicioso marcan la convivencia tanto o más que bajo dictadura”, añade la periodista musical de revista Qué Pasa.

Freddy Stock tiene otra lectura, desde la publicación de Corazones rojos (Aguilar, 1999): “El fervor provocado por estos tres muchachos de cara ácida fue un fenómeno jamás visto en el espectáculo nacional”, asegura el periodista.

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Entre mates y vinilos —como el All the best! de McCartney—, el trío ensaya en largas jornadas, en donde Jorge se cuelga su Yamaha Motion y Claudio la Telecaster negra. Junto a Miguel pulen sus propias versiones de “La voz de los 80” y “Sexo”, diecisiete años después de ser escritas, convirtiendo las habitaciones de la casona en un gimnasio de la década del 80, en un estadio regional de la gira de despedida de 1991, en la explanada del Nacional a principios de la década pasada.

González, Narea y Tapia se preparan para cobrar los réditos de una década como la de los ochenta. Son el relato de tres hombres sin tiempo, de un trío que se vuelve a meter en la piel de un montón de canciones propias escritas cuando eran escolares ingeniosos y escépticos.

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En Los Prisioneros, biografía de una amistad, Claudio Narea habla de lo que vino después del Estadio Nacional:

El primer signo de lo problemática que llegaría a ser la relación al interior del grupo ocurrió en septiembre de 2002, cuando Jorge me entregó un disco con diez temas que acababa de componer (…) los oí una y otra vez intentando sentir lo mismo que los demás, pero fue imposible…

El padre del líder de Los Tres, Fidel Henríquez, habló alguna vez sobre la separación de los integrantes de la banda que formó su hijo, que a la vez ocupó el puesto de Claudio Narea, en 2003, cuando fue despedido de Los Prisioneros:

Cuando era joven yo era remero olímpico —contó Fidel Henríquez—. Éramos una tripulación de cuatro remeros y cada uno de nosotros tenía su tarea. Llegamos a ganar carreras importantes y podríamos haber seguido compitiendo. Pero es muy difícil mantener juntos a los integrantes de un grupo de trabajo. Había quien llegaba tarde a los entrenamientos o se negaba a entrenar, había quien se consideraba más importantes que otro y había quien consideraba injusta o desigual la forma en que se repartía el trabajo. Eso le sucede a un grupo de remeros y también a un grupo de músicos. Finalmente nos separamos.

En Maldito sudaca (RIL Editores, 2005), Emiliano Aguayo conversa con Jorge González a propósito de la separación del trío original:

—¿Cuando vuelven en el 2001, vuelven por plata?
—No.

—¿Porque vuelven a ser amigos?
—Volvemos porque parece una buena idea, no porque volviéramos a ser amigos, porque Miguel y yo nunca dejamos de serlo.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto.