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Culto
El refugio clandestino de Neruda

El refugio clandestino de Neruda

En 1948, cuando Gabriel González Videla promulgó la Ley de Defensa de la Democracia, conocida como la "Ley Maldita", dirigentes y militantes comunistas fueron perseguidos y torturados. El poeta Pablo Neruda, que había representado a Chile como agente cultural, se convirtió en una amenaza y una voz que el presidente chileno quería callar.

Está en Valparaíso, encima del ruido de la ciudad, donde la estación superior del ascensor Lecheros conecta con el número 14 de la calle Cervantes. Es la desconocida casona donde Pablo Neruda vivió encerrado la mayor parte de 1948 y comienzos del 49, amparado por el Partido Comunista y una extensa red de amigos y simpatizantes, cuando era perseguido por la «Ley Maldita» de González Videla.

Tras sortear una empinada subida —que debe hacerse a pie, luego del incendio del ascensor—, es fácil reconocer la casona. «Aquí, durante 1948, Pablo Neruda escribió parte del Canto general», dice una de las placas dispuesta en la entrada, entre una serie de esquinas desteñidas donde el silencio se suspende en el aire.

Neruda, de 44 años, ya había ganado el Premio Nacional de Literatura cuando sorteó el laberinto de calles ciegas que circundan el cerro Lecheros, para golpear la entrada del que sería su principal escondite en medio de la persecución política.

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Si le preguntan a María Teresa Aguilera por evidencias del paso de Neruda por su casa, ella, un lunes a las cinco de la tarde en el cerro Lecheros, de blusa larga y pañuelo al cuello, ilumina un pequeño recibidor con algunos muebles y un armario empotrado y pintado de verde.

En seguida, abre una de las puertas y descubre una estrecha escalera que parece abrir otro mundo, uno subterráneo, donde el primer piso conecta con el escondite donde el poeta se ocultó hace casi setenta años.

Abajo, lo primero es la luz. El sótano es más bien atípico. Amplio, con la altura de los caserones de Valparaíso y ventilación perfecta. Además del espacio, que podría ser el interior de un bus, y luego de trepar por una escalera de tijera, una ventana en altura mira hacia el pasaje Quillota. «En ese tiempo daba a las pescaderías, casas de huifa y zapaterías», explica la dueña de casa, «y servía de distracción al poeta».

En ese refugio clandestino, con vista parcial al plan de la ciudad y a la bahía, el Neruda encontró la calma para escribir los pasajes del Canto general, tal vez la obra más importante de su producción artística:

Fui a la ventana: Valparaíso abría sus mil párpados
que temblaban, el aire
del mar nocturno entró en mi boca,
las luces de los cerros, el temblor de la luna marítima en el agua,
la oscuridad como una monarquía
aderezada de diamantes verdes,
todo el nuevo reposo que la vida
me entregaba.

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La mayor parte de 1948, mientras la policía le sigue los pasos, Neruda ya no es Neruda: se había dejado una barba espesa, vivía en silencioso anonimato y utilizaba un documento de identidad a nombre del ornitólogo Antonio Ruiz Legarreta.

Por esos días, el Congreso Mundial de Intelectuales toma lugar en Polonia, donde el pintor Pablo Picasso pronuncia el único discurso de su vida:

Tengo un amigo que debería estar aquí, un amigo que es uno de los mejores hombres que haya conocido. No es solamente el más grande poeta de los más grandes poetas del mundo: es Pablo Neruda (…) Como todos aquí, se ha dedicado a presentar el bien bajo la forma de lo bello. Ha tomado siempre el partido de los hombres desgraciados, de los que piden justicia y combaten por ella. Mi amigo Neruda está actualmente acorralado como un perro y nadie sabe ni siquiera dónde se encuentra.

En su biografía Neruda, el escritor Volodia Teitelboim piensa que los días como clandestino le hicieron entender al poeta «el cariño y la solidaridad del pueblo chileno».

Neruda, aunque perseguido, no está solo.

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Antes de cruzar la cordillera a caballo para escapar hacia Argentina, fue Galo González, secretario general del PC, quien planeó la huída a Ecuador a través de Valparaíso. Disfrazado y de noche, el poeta llegaría hasta una casa de marineros mercantes para salir de Chile como polizón, pero el plan fracasó y su estadía debió extenderse por varios meses en el cerro Lecheros.

«Entre los sitios conmovedores que me albergaron, recuerdo una casa de dos habitaciones, perdida entre los cerros pobres de Valparaíso. Yo estaba circunscrito a un pedazo de habitación y a un rinconcito de ventana desde donde observaba la vida del puerto. Desde aquella ínfima atalaya mi mirada abarcaba un fragmento de la calle», recordó el poeta, varios años después, en sus memorias Confieso que he vivido, donde deja entrever que su paso por Valparaíso fue tal vez el más relevante:

Mi contacto con las luchas populares iba siendo cada vez más estrecho. Comprendí la necesidad de una nueva poesía épica, que no se ajustara al antiguo concepto formal (…) La relación histórica de cuanto me pasaba se acercó dramáticamente a los antiguos temas americanos. En aquel año de escondite y de peligros, terminé mi libro más importante.

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Neruda, que había sido partidario de Gabriel González Videla en las presidenciales de 1946, actuó como generalísimo de su campaña; pero la Guerra Fría, en general, y la relación de González Videla con los comunistas, en particular, profundizaron el inminente choque de fuerzas.

El nuevo presidente denunció un plan del PC «para perjudicar la economía nacional y afectar a las bases de la democracia», según detalla el Premio Nacional de Literatura de 2006, José Miguel Varas, en Neruda clandestino.

A modo de contexto, antes de ser elegido senador en 1945, y antes de ingresar formalmente al PC, «Neruda simpatizó con las causas de la izquierda a partir de su propia experiencia durante la Guerra Civil española», teoriza el biógrafo español, Mario Amorós, en El príncipe de los poetas.

En consecuencia, Neruda rebatió las acusaciones presidenciales en el Senado y recordó su contribución a la victoria electoral que llevó a González Videla a La Moneda.

Obstinado, el poeta siguió buscando al mandatario, hasta que lo encontró.

En uno de sus discursos en el hemiciclo, Neruda golpeó la mesa. «Yo acuso al Presidente de la República, desde esta tribuna, de ejercer la violencia para destruir las organizaciones sindicales (…) A mí no me desafuera nadie, sino el pueblo».

La respuesta del ejecutivo fue inmediata. Para septiembre de 1948, González Videla promulgó la Ley de Defensa de la Democracia, conocida como la «Ley Maldita». En adelante, dirigentes y militantes comunistas son detenidos y enviados a Pisagua.

Neruda, que había representado a Chile como agente cultural, se convirtió en una amenaza y una voz que el presidente quería callar.

Pero, incluso clandestino, el poeta se encargó de publicar algunos versos dedicados a la máxima autoridad del país: «Triste clown, miserable/ mezcla de mono y rata».

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Una, o alguna, o todas estas cosas pasaron: ante la posible repercusión internacional, en algunos medios de la época se dijo que el gobierno en realidad «no quería» detener a Neruda.

Lo mismo afirmó el propio González Videla, muchos años después, en sus memorias.

En Neruda clandestino, Varas derriba esa tesis y da cuenta de que, en realidad, los esfuerzos sí fueron intensos, pero chocaron con la falta de recursos.

Su argumento más contundente se sostiene en un oficio del director de Investigaciones de la época, Luis Brun D’Avoglio, donde detalla que «se mantuvo vigilancia sobre 16 automóviles, de propiedad de diversas personas, vehículos que habitualmente ocupaba el desaforado senador» y una lista de 63 «domicilios sospechosos», los que «fueron sometidos a registros y allanamientos en busca del fugitivo».

En la biografía escrita por Teltelbiom, el poeta recuerda que hasta avisos en el diario se publicaron. «Se busca a Neruda por todo el país», tituló El Imparcial, destacando que «será premiado el personal de Investigaciones que dé con su paradero».

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Incluso en el encierro clandestino Neruda se daba sus gustos. «Escogía el nombre de un poeta, el apellido de varios prosistas de épocas diversas, y una profesión que le hubiera gustado tener, que en verdad ejercía, porque él era especialista en las aves de Chile y no tardaría en escribir un libro llamado Arte de Pájaros», escribe Teitelboim, uno de los pocos amigos con el que coincidió en sus escondites.

«Atrapado en mi rincón, mi curiosidad era infinita», anota Neruda en sus memorias:

A veces no lograba resolver los problemas. Por ejemplo, por qué la gente que pasaba, tanto los indiferentes como los apremiados, se detenían siempre en un mismo sitio? Familias enteras se paraban ahí largamente con sus niños en los hombros. Yo no alcanzaba a ver las caras de arrobamiento que sin duda ponían al mirar la mágica vitrina, pero me las suponía. Seis meses después supe que aquél era el escaparate de una sencilla tienda de calzado. El zapato es lo que más interesa al hombre, deduje. Me juré estudiar ese asunto.

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En Neruda Clandestino, el escritor José Miguel Varas argumenta por qué Neruda deja de ser el poeta del amor a partir de Canto general:

A partir de aquel año 1948, tan denso de experiencias humanas reveladoras, tan rico en acontecimientos y debates políticos, Neruda dejó de ser exclusivamente el poeta del amor y de la interrogación metafísica y adquirió la condición de vate o Poeta Nacional, a la manera de los notables poetas, que en el siglo XIX se convirtieron en portavoces y abanderados de sus pueblos, en el proceso de forja de sus identidades y estados nacionales.

Un joven Mario Vargas Llosa —que todavía no es el Premio Nobel de Literatura de 2010—, coincide con Varas desde el registro televisivo del disco Alturas de Machu Picchu:

Hay poetas que además de grandes creadores parecen abrazar todo su tiempo y personificar a su época, porque su poesía no solo admira, conmueve, sorprende a lectores individuales, sino educa a toda una generación y la modela espiritualmente, orientando sus gustos, su sensibilidad, su manera de entender el arte y la vida.

En la filmación, inspirada por el Canto general de Neruda, y grabada por Los Jaivas en 1981, el escritor y ensayista peruano compara al poeta chileno con los casos de Víctor Hugo en Francia, Walt Whitman en Estados Unidos y Pushkin en Rusia:

Ese ha sido el caso en Hispanoamérica de Pablo Neruda, un poeta que pareció la encarnación del medio y el momento en que vivió.

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Hoy, a lo lejos, muy a lo lejos, la ventana del cerro Lecheros muestra los materiales que inspiraron a Neruda para escribir su poema “El fugitivo”. Cuando abre el ventanal que muestra la bahía de Valparaíso, María Teresa Aguilera explica que lo importante de la estadía de Neruda en su casa es que, a pesar de las condiciones adversas, nunca dejó de escribir: «Enfrentaba el día a día a día creando».

«Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión», recordó Neruda de esa época, cuando escribía poemas incendiarios, en su “Discurso de Estocolmo” de 1971, cuando le entregaron el Premio Nobel de Literatura.

Aunque la evidencia más importante de su estadía en Lecheros, ocurrió en 1970, cuando el propio autor de Canto general llamó a la puerta de la casona. «Buenas tardes, soy Pablo Neruda, ¿puedo pasar?», cuenta Aguilera: «mi mamá, imagínate, impresionadísima, feliz, le dice que sí, que adelante».

Neruda entró acompañado del escritor Raúl Zurita y un equipo para registrar un documental.

Tres años antes de su muerte, entre los cerros abandonados del puerto, el poeta había reconocido su escondite.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Periodista de La Tercera y editor de paniko.cl