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Culto
Los súbditos de Leia

Los súbditos de Leia

Así era ver, en vivo, a Carrie Fisher arriba de un escenario: hipnótico.

Sin esfuerzo, sin pensarlo y, sobre todo, sin filtro. Así hablaba Carrie Fisher. Era julio de este año, en medio de un salón de convenciones en Londres, que más que eso parecía una arena de conciertos repleta. En días anteriores había estado en ese mismo escenario Mark Hamill (Luke Skywalker), Anthony Daniels (C-3PO), y todo el elenco de Rogue One. Pero ver y escuchar a la Princesa Leia en persona era más fascinante que cualquier otro evento. Acompañada de su perro, Gary Fisher (mejor nombre), hilaba ideas sin parar, saltando de una anécdota de Star Wars –y su vida- a otra: bromeaba sin tapujos con su fama de promiscua durante su juventud, de sus adicciones y de cómo siempre deseó que su personaje tuviera más humor.

La emoción de verla allí, sonriente, era especial. La Princesa Leia fue, probablemente, el primer personaje femenino importante que uno -hijo de los 90- vio en el cine. No sólo entretenida, sino importante. La primera Star Wars la vi en la pantalla grande en alguno de sus reestrenos durante los 90. Para un niño, las películas pueden ser la principal forma de entender cómo es el mundo. Y esta no era una princesa que terminaba siendo rescatada por un príncipe azul. Leia era distinta. Sí, era capturada por los malos, y tenía que ser rescatada por dos hombres. Pero una vez que la sacaban de su celda, agarraba una pistola láser y comenzaba a disparar a los Stormtroopers, ante la mirada embobada de sus “héroes” (“¿No eres un poco bajo para ser un Stormtrooper?, es su primera frase para Luke Skywalker). Uno quería tener el juguete de Leia, allí, al lado de Han Solo, Luke y Darth Vader.

Luego uno crece. Se entera que Leia, detrás de cámaras, tuvo muchos problemas. Adicciones. Que después de Leia, casi desapareció de la pantalla. Que ya no se veía como aparecía en la película. Que tuvo una vida difícil.

Pero Carrie Fisher, al igual que Leia, era más que los estereotipos. Se reía de sí misma, y se tomaba en serio cuando tenía que generar consciencia por los problemas mentales. Su falta de pudor la usó para hablar de cosas importantes, y también de banalidades, porque Carrie Fisher hacía lo que quería. Y casi siempre eso era bueno.

Allí, sentada, hablando de Star Wars, de su vida, de Leia, de lo que fuera, se veía como algo que quizás no se menciona mucho sobre la actriz: feliz. “Siempre he sido Leia, y siempre lo seré”, decía allí, sin ninguna gota de arrepentimiento. Tampoco emotividad, simplemente lo decía como un hecho. Y luego tiraba una broma. Carrie Fisher era su personaje. De armas a tomar, rehusándose a ser derrotada. Eso no sólo era entretenido. Era (y será) importante.

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