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Culto
Matías Rivas, poeta y editor: “Los narradores chilenos quieren ser influyentes y salir en los diarios”

Matías Rivas, poeta y editor: “Los narradores chilenos quieren ser influyentes y salir en los diarios”

A meses de lanzar su tercer poemario, el editor de Ediciones UDP publica Interrupciones, un volumen de columnas.

De niño en su casa le dijeron una frase que nunca olvidó: “Toda la gente importante en el mundo ha escrito un libro, o han escrito un libro sobre ellos, sean quienes sean, deportistas, políticos o intelectuales… Eso me quedó grabado”, recuerda hoy Matías Rivas (1972).

Poeta, columnista y director de Ediciones UDP, Rivas creció entre libros y obras de arte. Su padre vendía grabados y en los 80 llegaban a su casa artistas como Eugenio Dittborn, Paz Errázuriz y Enrique Lihn. Cuando se empinaba en los 9 años, pasó por allí Enrique Lafourcade -famoso por su rol de jurado en ¿Cuánto vale el show?- y le chuteó un penal en el patio. “Le pegó súper fuerte: ¡casi me reventó!”, recuerda entre risas. A los 11, su padre comenzó a pasarle libros de su biblioteca. “Muchos no los entendía, pero otros me fascinaron”, dice. Así cayeron en sus manos Obra gruesa de Parra, Los versos del capitán de Neruda, La ciudad y los perros de Vargas Llosa. Y a los 15, quiso leer a Kant.

“No entendía nada, pero me acuerdo de muchas horas leyendo y estar flotando en el lenguaje. Y esa es una gran experiencia: nadas entre palabras que no entiendes y tratas de darles un significado. Ahí  ves cómo están construidas las frases; al final ves la escritura, y ahí  por primera vez tenís problemas con el lenguaje”, dice.

Hace dos meses publicó su tercer libro de poemas, Tragedias oportunas, un libro cruzado de voces y con ecos de los poetas latinos. La crítica lo aplaudió. Ahora desenfunda otra de sus armas: la columna. Interrupciones reúne casi un centenar de textos que ponen en ejercicio el ensayo, la opinión y la autobiografía. Diario de lecturas es su subtítulo.

“Los libros siempre fueron un refugio, una salvación”, dice. Y esa idea permea las 300 páginas del libro, donde aparecen y vuelven a aparecer autores chilenos y extranjeros, Zurita, Gonzalo Millán, Germán Marín y Rafael Gumucio; Borges, Eliot y Beckett, entre otros.

Interrupciones se puede leer como una autobiografía literaria. En él recuerda sus primeras lecturas, sus días como escritor fantasma, cuando escribió “un cuento por 14 lucas”, y episodios más íntimos: “Mi abuela me enseñó a leer antes de dormir para soñar con otros mundos y otras épocas”. También puede ser duro, por ejemplo cuando habla del “arribismo literario”, de los lectores y escritores neoliberales, que ven la literatura como un producto. Rivas apuesta por otro tipo de literatura: la que se arriega, aún a costa de fracasar.

Como editor, ha publicado a los grandes poetas chilenos. ¿Qué impresión tiene de la poesía actual?

Creo que está en un muy buen momento. Nosotros nos medimos con tipos de muy alto nivel. Pero vivos hoy están Nicanor Parra, Zurita, Bertoni, Bruno Vidal, Germán Carrasco, Elvira Hernández, o sea, hay una pila de poetas de primer nivel internacional. Hay poesía narrativa, lírica, de todo. El campo es muy plural. La gente sigue acordándose de los grandes poetas, pero la poesía mantiene un alto nivel, no  decae, aún cuando la gente quiere que decaiga porque somos chilenos.

¿Qué piensa de un autor incómodo para algunos como Bruno Vidal?

El hace una revisión de la política de derechos humanos desde un lugar muy ingrato. A mí me parece un tipo que hay que valorar. Yo espero publicarlo. Cuando él escribe sobre la tortura, no significa que sea un torturador. Vidal no perdona que se lucre con los derechos humanos.

¿La narrativa chilena no está en el mismo nivel?

El nivel promedio es inferior al de la poesía. Muy inferior. Los narradores aspiran a cierta respetabilidad, a ser influyentes y aparecer en los diarios, cosa que no aspiran tanto los poetas ni los filósofos. Pretenden un rol demasiado ambicioso, entonces se repiten a sí mismos para no perder el lugar en el que están. A mí me interesan los que corren riesgos: Gumucio, Fuguet, Marín, Mellado, Claudia Donoso. Bolaño no dejó de experimentar: no es lo mismo Amuleto que los cuentos y 2666. Los narradores chilenos deberían leer  más poesía: la poesía chilena es arriesgada.

¿La narrativa no?

Basta mirar la Nueva Narrativa de los 90: gente muy conservadora, desde el punto de vista formal, narrativo. Mientras que las generaciones anteriores y posteriores han venido a transgredir ciertas normas en lo formal como en los mundos a los cuales se acercan. Lo que  me indigna es que haya escritores chilenos que  no lean a los chilenos. Yo he escuchado de consagrados  que dicen que no han leído a Bolaño o sólo en parte.

¿Quiénes?

Desde Jorge Edwards a Diamela Eltit. Carlos Fuentes lo dijo también.

En el libro escribe sobre Bolaño críticamente también…

No le critico nada a su obra. Y hay que partir de la base que murió muy pronto. Pero nunca supimos bien qué pensaba políticamente. Era de izquierda, pero en qué lado de la izquierda estaba. Nunca habló públicamente de la transición. No alcanzó. Pero falta una parte de su obra -diarios, cartas- que no conocemos y que seguro van a cambiar lo que sabemos de él.

¿Comparte sus juicios literarios?

Se equivocó hartas veces, cuando habló de Donoso por ejemplo. Pero él estaba más preocupado de los poetas chilenos que de los narradores. Me parece mejor crítico Lihn, que descubrió a Bolaño, a Juan Luis Martínez, a Merino.

Lihn es una figura central para Ud. 

Con Parra y Lihn hay una literatura sin vuelta atrás. Me cuesta mucho entender a algunos personajes que andan haciendo sonetos después del artefacto de Nicanor Parra: “Sabe qué compadre? Yo la poesía me la meto x la raja”. O sea,  yo estoy por la gente como Parra y Lihn, no por los Oscar Hahn, ¡poesía de salón, no! Espero que Pedro Lastra no gane el Premio Nacional.

Ud. escribió muy duro sobre el último premiado, Antonio Skármeta.

El es un gran político. Escribió algunas cosas en su juventud que no sé si se aguantan, pero ha administrado su carrera como un genio. Yo creo que el gobierno lo tiene subutilizado: con su sonrisa podría  batir al movimiento estudiantil.

¿Y su obra?

No he leído la última y me da la sensación de que no las escribe él. O sea, es un tipo que venía con una idea de la literatura de joven que ahora…  ahora es como un bestseller, pero no como Le Carré. Es  un bestseller tiernucho, mermelada de damasco, no sé. Y él va a ser jurado. Pero él tiene compromisos: él dijo que Silva Acevedo le gustaba mucho, son amigos. Entonces me parece complicado… Adriana Valdés, que es muy amiga de Lastra, y él que es amigo de Silva Acevedo deberían hacerlo presente. Si queremos transparencia, esto debería hacerse público.

¿Deberían invalidarse?

No sé, pero sí ponerlo sobre la mesa y decir que son amigos de los cadidatos. A mí me gusta Bertoni, representa una poesía más fresca, menos pacata, más en sintonía con la gente; de él han escrito Carla Cordua, Bolaño, tiene todos los pergaminos. Y hay mujeres con muchos merecimientos, pero también me parece injusto que esto se paree. No podemos creer que la literatura funciona con cuoteos como las instituciones públicas. La literatura no funciona como las instituciones públicas.

¿El premio debería modificarse?

Sería un gran acto de educación cívica y un cambio cultural que la ministra, que nadie sabe si es experta, delegue su voto en un personaje idóneo, como lo hacían antiguamente los ministros, pero se han perdido costumbres sanas y decentes. Y en Chile deberían haber más premios. No se pueden estar peleando todos por un premio. Hay un arribismo en hacer premios internacionales. El premio Manuel Rojas se lo han dado a puros extranjeros y ultrapremiados. Zurita se ganó el Nacional a los 50, hay varios que tiene 50 y nadie piensa en ellos. Hay poco reconocimiento. Como dice Eugenio Dittborn: un bistec para 40 perros. Y eso empobrece el debate cultural.

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