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Culto
Bryan Cranston, actor: “Trump es vulgar, grosero, vacío y un narcisista supremo”

Bryan Cranston, actor: “Trump es vulgar, grosero, vacío y un narcisista supremo”

El ganador del Emmy, el Tony y nominado al Oscar llega a la pantalla chica con Hasta el fin, donde encarna a Lyndon B. Johnson.

“Soy un tipo de clase trabajadora, mis padres eran niños durante la Depresión. Era ‘ten un trabajo, mantén un trabajo, trabaja duro’. Así elijo vivir”, dice Bryan Cranston, 60 años, pelo rojizo y surcos en la cara. Es quizás uno de los actores dramáticos más cotizados hoy, luego de haber ganado fama mundial- y cuatro premios Emmy- con Breaking Bad, donde interpretó al Dr. Jekyll y Mr. Hyde del mundo del narcotráfico accidental, en el papel de Walter White. Desde el fin de la serie se ha mantenido ocupado: estuvo recientemente nominado al Oscar por su rol en Trumbo, sobre el guionista del mismo nombre. Y ganó el Tony por All the Way, la obra de Broadway donde interpretó al Presidente Lyndon B. Johnson, LBJ, el año después de que muere Kennedy. Ahora, se estrena en Chile la versión televisiva del montaje, con el título de Hasta el fin, mañana, a las 22.00 horas por HBO. Es una película televisiva con que la señal de cable llegará esperanzado a las premiaciones del año. “En cuanto a las nominaciones y cosas así, es encantador”, dice Cranston, en las oficinas de HBO en Los Angeles. “Pero no es ni por lejos la razón por la que hago mi trabajo, no lo hago por dinero ni por premios. No le presto atención. Como broma dije, cuando me nominaron para el Oscar: ‘La próxima vez necesito tener un oso enojado en mi película para ganar. ¡Tráiganme un oso!’”.

El grupo de periodistas que rodea a Cranston ríe con la alusión al animal que le dio el trofeo más grande de Hollywood a DiCaprio. Bryan Cranston es un hombre amable, que ganó su fama tardíamente, y sabe el privilegio de estar hoy en el Olimpo de Hollywood; antes de Breaking Bad ya había estado nominado tres veces al Emmy por su rol secundario de Malcolm in the middle, pero es sin duda una estrella madura. Las reflexiones sobre su carrera las plasamará en un libro de memorias que lanzará este año. “Se llama Life in parts, son historias cortas sobre mi vida, disfruté mucho escribirlo. La soledad del proceso fue muy interesante. Imaginen mi vida ahora, es muy pública y conozco a mucha gente a diario. Disfruté estar solo. Y en el libro revelo cosas de mi pasado, de las dificultades, de superar obstáculos, de lo que me asustaba. Cosas divertidas también”, cuenta.

Y aunque ha participado en grandes producciones desde que ganó su nueva fama -como Godzilla- generalmente opta por trabajos dramáticos potentes, como Hasta el fin, The infiltrator, basada en uno de los policías que persiguieron a Pablo Escobar; o In dubious battle, basada en la novela de John Steinbeck. Además, tiene agendado volver a la TV, con la serie de antología de ciencia ficción Electric Dreams, sobre los trabajos de Phillip K. Dick, donde además será productor ejecutivo. “Me gusta contar historias”, dice el actor, explicando cómo elige hoy sus proyectos. “Te apuesto que entre tus primeras memorias está arrastrar un libro a la falda de tus padres, y  mirar las imágenes, mientras escuchabas las palabras. Eso no cambia nunca: hasta el día en que morimos queremos escuchar historias. Es lo más dulce del ser humano.  Después me interesa ver cuán bueno es el guión. Y en tercer lugar está  recién mi personaje, si aporta. Luego viene el director. Tengo todo un sistema para elegir”.

El presidente de emergencia

Hasta el fin comienza con imágenes de la locura que vino tras la bala que mató a Kennedy, cuando Lyndon B. Johnson, un demócrata del sur, conversador, fuerte, rudo y campechano, juró como presidente en el avión presidencial, cuando Jackie aún no se quería sacar el vestido rosado ensangrentado. La película sigue el primer año de mandato, donde Johnson no sólo se jugaba la reelección, y vivir en la sombra del mito Kennedy, sino que se puso encima la tarea de firmar la primera Ley por los derechos civiles, en 1964. Aunque es un presidente recordado por la guerra de Vietnam, fue a través de la firma de ese documento que se acabó la segregación racial en colegio y lugares públicos. En una coordinación incómoda con Martin Luther King (Anthony Mackie en la película), Johnson se enfrentó con los políticos de su sector; después de eso, el tradicional sur democratá pasó, hasta hoy, a ser republicano.

Usted ha descrito que interpretar a Johnson es como interpretar a Ricardo III. 

Tiene cualidades shakesperianas. Es un guerrero por derecho  propio, tiene inseguridades y grandezas, ambición. Flaquezas. Cuenta bien las historias, es un líder. Tiene esa enormidad y la fragilidad que la acompaña y que todos los grandes personajes dramáticos parecen tener. Bill Moyers (el secretario de prensa de la Casa Blanca de la época) dijo que las once personas más interesantes que conoció, eran Lyndon Johnson. No le puedes poner un solo adjetivo para decir quién es.

Un personaje fascinante para un actor como Cranston, conocido por manejar el humor y el drama en perfecto equilibrio. En la película, como en las tablas, imita su voz, su manera de hablar sureña, y su modo poco refinado de comportarse. “El usaba eso para su ventaja, ese ‘oye soy un chico sureño’, era abordable de esa manera. Pero también lo volvía muy inseguro. El llegó a ser vicepresidente de un hombre que fue a Harvard. LBJ fue a una pequeña universidad para profesores en Texas, y siempre se sintió inferior. Sentía que los Kennedy era enormes, él era el campesino, el que tenía caca de vaca en los zapatos y creía que se reían de él”, explica el actor.

Lo interesante es que es justamente ese hombre que parece tan poco sensible -famosas eran sus reuniones mientras iba al baño con la puerta abierta, que son recogidas en Hasta el fin-, fuera el que se  preocupó de que los negros no siguieran siendo considerados como ciudadanos de segunda categoría. “Tuvo un momento de epifanía, por suerte para el país”, explica Cranston. “Cuando había salido de la universidad, estaba quebrado y consiguió un trabajo enseñando en Texas a niños extremadamente pobres. El enclave blanco de la ciudad los trataba como humanos de segunda categoría, como que no eran más que tierra. Pero el los conocía como estos niños de ojos iluminados, obedientes, atentos, dulces, que toda su vida lidiarían con el prejuicio por el color de su piel. Ese impacto, a los 23 años, fue profundo en él. Y se dio cuenta de que si algo tenía que cambiar, él debía hacerlo. A los 27 fue miembro de la cámara de representantes, y comenzó desde ahí”.

¿Qué opinaría Lyndon Johnson de la actual campaña presidencial norteamericana?

Estaría muy shockeado por la manera en que se está llevando. El podía ser vulgar, pero también era muy respetuoso del cargo. Estoy seguro de que miraría a Trump y diría: ‘Oh mi Dios, ¡qué ha pasado desde que me fui!’ Si esto no fuera serio, nos podíamos reír. Aquí hay un animador de competencias televisivas, que está arriba de uno de los dos grandes partidos. Creo que el sentido común prevalecerá. Esa es mi esperanza, porque de verdad creo que Trump es como el emperador desnudo. No tiene ideas, flota con el viento. Que haya millones de personas dispuestas a votar por él, dice algo sobre el desencanto por la política, la gente que se siente que no se les escucha. Y esa es una acusación quizás a los partidos políticos de hoy que necesitan cambios y ajustes. Para los que, como yo, estamos asombrados con este hombre, esto ha sido una cachetada en la cara. Pero no puedo, ni quiero creer, que será presidente. Me gusta pensar en positivo, y no quiero unirme a la victoria que Trump representa; es vulgar, grosero y vacío y es un narcisista supremo.

¿A quién apoya en esta elección?

Creo que será Hillary Clinton la próxima presidente y la voy a apoyar completamente. Representa la cordura y el pensamiento, cosas que aprecio del presidente actual.

Usted compartió recientemente con Barack Obama, para una entrevista conjunta que les hizo el New York Times. ¿Cómo fue estar en el verdadero Salón Oval?

Se veía familiar (risas). Teníamos la réplica exacta en Hasta el fin y pase 40 días ahí. Me puse cómodo detrás del escritorio, y es entretenido interpretar a un presidente, pero ciertamente no me gustaría ser uno. Yo estaba emocionado de conocerlo; él era el hombre más popular de la habitación, no yo .

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