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Culto
Julio Pinto, historiador: “Los libros de historia deben responder a criterios de calidad que no apuntan en la misma dirección”

Julio Pinto, historiador: “Los libros de historia deben responder a criterios de calidad que no apuntan en la misma dirección”

Figura clave de la historiografía social, el premio Nacional de Historia 2016 ofrece su visión de la disciplina. Igualmente, aborda la historia en el aula escolar y el boom de las historias secretas y de las novelas conspirativas.

Julio Pinto Vallejos (60) no tiene celular, pero la tarde del pasado lunes estuvo atento al llamado del Mineduc, desde donde finalmente le comunicaron que es el receptor del 22° Premio Nacional de Historia. Ello, por “su notable producción historiográfica en diversos campos de la disciplina, especialmente en historia social e historia de la República, su rigurosidad científica y excelencia académica”, así como por “su contribución a la formación de nuevas generaciones de historiadores”.

Entre otros quehaceres, Pinto dirige hace tres años el Doctorado en Historia de la Usach, es profesor en la misma casa de estudios desde 1997, director de la colección de historia del sello Lom y autor de una reciente biografía de Luis Emilio Recabarren, así como de ¿Chilenos todos?, un estudio de la exclusión política del mundo popular en el siglo XX (2009, en coautoría con Verónica Valdivia, colega y compañera sentimental por más de 20 años). No tiene la visibilidad pública ni el perfil “movimientista” de Gabriel Salazar, con quien escribió la varias veces reeditada Historia contemporánea de Chile, pero tiene claro “desde dónde” escribe la historia que ha escrito. Y ahonda en ello:

“La adscripción a una postura de izquierda en el mundo de hoy no remite necesariamente, ni siquiera prioritariamente, a una opción ideológica en particular, como lo fue en su momento el marxismo (y no tengo ninguna inhibición en decir que adscribí a esa ideología y que en muchos aspectos aún me identifico con ella). Remite, en cambio, a posicionamientos valóricos o axiológicos bien concretos, como aspirar a una convivencia social más igualitaria, más justa y con mayor sentido de la solidaridad, muy crítica respecto de cualquier forma de opresión o explotación”.

¿En qué medida su elección de los sujetos populares como objeto de estudio es un acto reparatorio? 

Hay ciertamente un acto reparatorio en el sentido que se busca relevar las vidas, los problemas y los protagonismos de quienes han estado fuera de los círculos en los que normalmente se toman las decisiones que rigen al cuerpo social.  Pero hay también la convicción de que esos actores son quienes la mayoría de las veces mueven el carro de la historia, y que la historia nunca se humanizará del todo mientras no se haga justicia a quienes deben desenvolverse en la dinámica de la subordinación, la indefensión y la carencia de opciones de desarrollo personal.

Instalar la idea de la exclusión en el siglo XIX, como se instala en ¿Chilenos todos?, ¿refuerza la idea de la ilegitimidad como un “pecado de origen” de la República?   

Si entendemos la legitimidad como el atributo de los ordenamientos políticos de contar con la anuencia o la aprobación explícita de quienes deben actuar dentro de sus parámetros, o más correctamente aún, como la participación activa y consciente de esos actores en la definición de tales parámetros, no hay duda: la exclusión de las grandes mayorías sociales de toda injerencia en los procesos de toma colectiva de decisiones constituye un “pecado de origen” en materia de legitimidad.

Su biografía de Recabarren nos recuerda que fue conocido como “El apóstol” y que propuso “transformar este mundo lleno de miserias y desgracias en un paraíso de felicidad y goce”. ¿Ve una dimensión mesiánica en la historia local de la militancia revolucionaria?

Toda propuesta de cambio revolucionario conlleva un factor mesiánico, en tanto se sustenta precisamente en la “redención” de los pecados sociales y en el anhelo de una vida más justa y mejor. La diferencia fundamental con las religiones que han hegemonizado la historia del mundo occidental, es que la redención y el “milenio” se pretenden construir en este mundo, no en el más allá.

Deber de la historia

¿Con qué ojos ve el pequeño boom editorial de historias “secretas” y novelas conspirativas? 

Lo secreto y lo conspirativo suelen provocar una cierta “excitación” nerviosa que los hace atractivos, lo que se aprecia en fenómenos como las historias de misterio o de terror.  En ese sentido, asociar una obra historiográfica a esas sensaciones efectivamente puede tener efectos positivos en materia de captar la atención o incrementar las ventas.

¿Pueden ser un puente hacia un conocimiento y un pensamiento histórico o, como plantearon algunos de sus colegas, se trata de mistificaciones que más bien desorientan?

No me parece que la mistificación o la desorientación sean consecuencias automáticas de la búsqueda de ese efecto. Una vez que se ha captado la atención del lector o del espectador (pensando en una película, por ejemplo), la dirección que pueda dársele posteriormente a ese efecto depende de las intenciones y de los propósitos del autor. También, de las disposiciones y decisiones del propio lector, que tampoco es un ente pasivo que pueda ser manipulado o engatusado a voluntad por quienes apelan a sus reacciones más “epidérmicas”.

Hay editores que critican la “pluma” de los historiadores, o la ausencia de ella, e incluso miembros del gremio que denuncian la falta de formación universitaria en este ámbito. ¿Ve ahí una carencia?

Es interesante que se le haga esa crítica a un libro de historia y no, por ejemplo, a un libro de física, o incluso de sociología.  Es una suerte de reconocimiento tácito de que la historia tiene el deber de apuntar a un público que va más allá de los especialistas. Habría, por tanto, que reconocer que el libro de historia debe responder a dos criterios de calidad que no apuntan en la misma dirección: la calidad “científica”, que le otorga rigurosidad, credibilidad y verificabilidad; y la calidad “literaria” o comunicacional, que le permite instalarse ampliamente en un debate que no es sólo entre especialistas.  Cuadrar esa ecuación no es fácil y tal vez la solución resida en separar el momento de la producción de conocimiento del momento de su divulgación más amplia.

 ¿En qué pie ve la enseñanza escolar de la historia? 

Es otra forma de apropiación colectiva, en las sociedades actuales mucho más masiva, del conocimiento producido por los historiadores. Es el momento en que el conjunto de la sociedad entra en contacto con ese conocimiento, con los valores y disposiciones que conlleva.  Por eso mismo, resulta fundamental para cautelar que la historia cumpla con su misión de instrumento de reflexión, posicionamiento e inducción de una acción social más informada y responsable, que naturalmente no puede abordarse en clave de especialistas, sino en clave ciudadana. La escuela no es el lugar para formar historiadores, sino para formar actores sociales y ciudadanos.  Y si estamos convencidos de que la historia contiene elementos fundamentales para dicha formación, no puede estar ausente del currículo, siempre que se cautele esa orientación más “empoderadora” que erudita.  Lo mismo vale para la filosofía.

¿Ha sido partidario de reformar el mecanismo de designación del Premio Nacional de Historia? 

Más allá de haber sido el favorecido en esta oportunidad, estimo que la composición del jurado (no quienes lo compusieron, sino las instancias allí representadas) se presta para suspicacias o acusaciones de sesgo institucional.  Como se trata de un premio otorgado por el Estado, es comprensible que la presidencia recaiga en el Mineduc, pero podría discutirse el criterio de que el rector de la U. de Chile esté presente por derecho propio, algo discutible no en virtud del peso histórico de la institución, sino de la inclinación que muy comprensiblemente podría darse en beneficio de los académicos de su plantel (lo que en mi caso no se dio).

También me parece complejo el lugar concedido a la Academia Chilena de la Historia que, por razones que sería largo enumerar, no constituye hoy una entidad representativa del amplio espectro de la historiografía chilena. Y, por último, me parece complejo que un premio eminentemente disciplinar sea decidido por un cuerpo que en su mayoría no ejerce la disciplina.

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