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Culto
Jorge González: “Ya no doy miedo, porque me he humanizado a ojos de la gente”

Jorge González: “Ya no doy miedo, porque me he humanizado a ojos de la gente”

En una de sus entrevistas más íntimas del último tiempo, el músico habla de su recuperación y de cómo sigue imaginando un futuro sobre los escenarios.

El pasado viernes, Jorge González (51) se levantó con el alba y, casi como cada mañana, escribió en su computador un par de líneas que guardan el explícito anhelo de crecer a futuro como una canción. “Empecé a componer un tema acerca de conseguir luz”, precisa el cantautor, justo cuando ese sol que anuncia la primavera ingresa por la ventana de su departamento en San Miguel -situado en el piso 12- y golpea el holgado sillón café donde a momentos se sienta para contemplar la capital.

“Siempre me levanto a trabajar bien temprano, a ver qué me ofrece el día. Todos necesitamos que nos alumbren el camino de alguna forma. El camino de la vida no es sencillo para nadie, hay que encontrar la manera de darle luz, y si se puede por dentro, mejor aún. Hay una luz que nunca se apaga, como dice esa canción tan linda de los Smiths. En realidad, toda la vida he requerido de luz, pero en los últimos años he estado particularmente necesitado de ello. O probablemente tenga más conciencia de necesitarlo”.

A partir de abril, el músico ha vuelto a residir en su comuna natal, para continuar con el proceso de rehabilitación que ya cuenta un año y medio, desde ese 8 de febrero de 2015 en que se le diagnosticó un infarto isquémico cerebeloso que mantiene distintas secuelas en su habla y en su motricidad. Hoy vive con su padre, el también cantante Jorge González Ramírez, y está supeditado a una rehabilitación que incluye visitas periódicas al centro Teletón y caminatas por las calles de San Miguel, la cuna donde todo comenzó.

“Eso ha sido bueno y malo al mismo tiempo. Ha sido bueno ver a la familia, pero ha sido muy incómodo ser Jorge González. Siempre fue extraño. Es mucho atado en la calle, no me dejan ser yo. Por eso me fui a vivir afuera por tanto tiempo. Creen que te conocen porque te vieron en la tele, yo les tengo que explicar que no soy de la tele, pero la mayoría no lo entiende. La gente lo que quiere es sacarse selfies y mostrarle a sus amigos que estuvieron con un famoso. Siempre salgo a pasear a una plaza  por aquí cerca, me gusta estar ahí. Pero a comer salgo poco, porque es el festival de la foto”.

Alguna vez dijo que la gente tenía miedo de acercarse a usted. ¿Han perdido ese miedo?

Lamentablemente, sí (se ríe).

¿Es mejor inspirar miedo?

Es mejor, hay más distancia. A la gente ya no le doy miedo. De alguna manera, enfermarse humaniza, me ha puesto mucho más humano a los ojos de la gente.

¿Pero eso también no significa un descanso, dejar de ser ese personaje explosivo y polémico?

Al final no veo que se acerquen de otra manera. Siempre me ven como un ídolo y siempre va a ser así. Ya perdieron la esperanza de verme derrotado, que es más o menos lo que se espera con los artistas en Chile: que terminen pobres. He visto los medios cuando hablan mal de los artistas que están viejos y en realidad no es tan así.

¿Qué le dice la gente?

Se acuerdan de las canciones, lo que me agrada mucho. Me gusta que recuerden Tren al sur, pero me da pena que lo hagan con El baile de los que sobran, porque es un tema muy triste para mí. Y es muy triste que se haya convertido en un tema tan popular, porque significa que no se ha avanzado en nada y que los que manejan Chile no han cambiado en nada. Ojalá salga otra canción alegre alguna vez para las demandas sociales.

¿Cómo es su rutina hoy?

Me despierto temprano, cerca de las cinco y media de la mañana. Me acuesto tempranito también. No creo mucho en el artista noctámbulo, nunca me funcionó muy bien. Hay harta gente que trabaja en la noche, pero a mí no se me dio mucho. Seguramente usaba la noche para dormir. Por ejemplo, hoy me levanté, vi una película acerca de Frank Sinatra y luego empecé a escribir una canción.

¿Siente que esas composiciones alguna vez verán la luz?

Sí, yo creo que en  primavera. Me gustaría mucho volver a tocar en primavera y estaba pensando en hacer cosas al aire libre. Esa es la onda. Me gustaría tocar en plazas y cosas públicas, no muy “caretas”, más bien expansivas.

¿No siente a veces ganas irrefrenables de partir y hacer un show?

Me gustaría mucho, sobre todo en la calle. Pero más bien echo de menos tocar frente a harta gente.

Cuando duerme, ¿ha soñado alguna vez que vuelve a cantar?

No sueño con tocar, en verdad. No sé. Debería anotar los sueños, porque no me acuerdo.

De concretarse, ¿cómo imagina esos shows de regreso?

Me imagino feliz cantando de todo y que las canciones más conocidas las cante el público. Como Sexo, que ya no estoy muy ahí, pero a la gente le encanta. Igual hay que incluir temas así, por respeto a los que van, porque la cosa no es mía no más. Me revitaliza pensar eso, sobre todo por la época primaveral, el año pasado fue difícil para  todos, no sólo para mí. A harta gente le pasaron cosas tristes, la salud está difícil. Hay que tirar pa’ arriba y si me toca hasta dirigir una orquesta, lo hago feliz.

¿Cómo ve su relación con un público que toma fotos y sube todo a la web? En 2011, usted enfrentó en el Amanda a alguien que conversaba y le dijo “cállate c…”.

Nunca reviso lo que suben a YouTube. Encuentro pavo que no vean el show, como que se lo pierden, aunque respeto la costumbre, porque ya es eso, una costumbre. Y me molestó mucho haberle dicho eso a ese tipo, porque él no estaba a mi altura. Fue abusivo de mi parte, pero también de parte de él, pero él no era nadie, así que yo salí perdiendo.

Aparte del homenaje de noviembre, ¿le afecta que el recuerdo de sus últimos shows sea esa accidentada gira veraniega de 2015 donde ya tenía el accidente cerebrovascular?

La verdad, eso no fue lo más alegre del mundo. Era complicado para mí tocar, entonces sentía que no estaba dando todo lo que podía dar. Creo que con el tiempo lo daré, ahí veremos. En realidad, ya no me importa mucho, lo importante es que ya pasó.

Mirando hacia atrás, ¿cree que debería haber tomado en cuenta ciertas señales de su salud?  

No, no me pasó. No.

Para alguien tan activo, ¿cómo fue que los médicos le dijeran que debía dejar de tocar para rehabilitarse?

No, nadie me dijo nada, lo decidí solo, así que no fue difícil. Es nada más que parte de la vida y por ese lado es bueno. De a poco siento que le doblo la mano a la adversidad, pero que no la derroto. Más bien me hago amigo de ella, porque no es una competencia. Es amistad lo que necesito, amistad conmigo mismo, que es lo que tengo ahora. Lo veo como una oportunidad.

¿Se ha reconciliado con su personalidad?

De alguna forma, porque el nivel de exigencia me estaba haciendo difícil avanzar. Ahora pienso que estoy en una situación más real. No sé, con esto sentí que soy un ser humano no más.

¿Y eso porque alguna vez sintió que, después de haber pasado por tanto, jamás enfrentaría algo así?

Uno nunca se pregunta eso, porque siempre nos imaginamos sanos, pero no es tan así. En realidad, uno siempre se siente invencible y siente que va a salir adelante, incluso ahora. Fui muy trabajólico, pero ya se me curó.

¿Qué es lo que más ha cambiado en usted?

Pienso que ahora estoy más ameno y amable, por algo estoy dando una entrevista. Antes era distinto, pero tendría que verlo de afuera y me cuesta mirarlo así. Siento que todo esto es como hacerse de nuevo, es recrearse día a día, componerse a sí mismo. Es una buena posibilidad de crecer. Sobre todo para prepararse para la vejez, porque los viejitos lo pasan mal.

¿Cómo imagina su vejez?

No me imagino mucho, pero sí contento, tranquilo y ojalá estar mejor en lo físico, más recuperado.

Usted se recupera en la Teletón. ¿Qué visión tiene hoy de ella?

Ha sido todo muy bien. Estoy asistiendo a clases de andar (caminar), para parecer más normal. Hay días buenos y otros muy exigentes. Pero he llegado a la conclusión de que no es cierto ser normal, uno siempre tiene particularidades. Y hasta donde recuerdo, hablé bien de ellos, dije que era una buena idea. Sólo encuentro un poco fresco todo lo que hay alrededor. Me contaron que después Don Francisco salió diciendo que yo tenía razón, él es un caballero muy inteligente igual. Pero hoy lo que más me sirve es hacer música en las mañanas y juntarme con mis amigos músicos, como Gonza (Yáñez). Soy muy optimista.

¿De qué escribe hoy?

Hice un libro de cuentos de gatos y también mi biografía. Me senté en el computador y me puse a escribir no más, en orden cronológico, desde la infancia hasta hoy.

¿Qué fue lo más difícil al revisar su vida?

Hubo una época que no tengo muy clara, la de la drogadicción. No tengo muchos recuerdos. Sólo creo que cada uno tiene que pasar por su propio infierno en algún momento. Por suerte lo superé, ya no tengo vicios ni nada, nunca más las necesité. Sería mucho más complicado todo ahora si más encima hubiera droga. Creo que mi padre y yo hemos combatido nuestros demonios y adicciones. Para él, el alcohol; para mí, la droga. Lo vivimos y lo pasamos. Ese era el infierno que traíamos. Yo ya dejé hace mucho las drogas. Hay gente que también las dejó, pero no se acuerda dónde (se ríe).

¿Por qué las necesitaba?

Porque eran un reemplazo de ciertas cosas. Por ejemplo, la explosión sexual la reemplazaba con drogas. Mucho tiempo. Pero me disminuían más que me agrandaban. Igual eso era bueno para mí: disminuirme. Estaba pagando el precio de tanta cosa buena.

¿Por qué lo siente así?

No sé, así lo vi en ese momento, de puro pelotudo. Era una manera de justificarse a mí mismo. Las drogas se justifican a sí mismas, es igual que el alcohol. Yo creo que me drogaba sólo porque estaban ahí.

¿Y cuál fue el momento más feliz de su biografía?

Cuando nacieron mis niños, Antonino y el “Goyito” (Leonardo, su segundo hijo). Lo primero que le dije a “Goyito” fue “nunca vas a estar solo” y al otro le dije “nunca tengas miedo”. Fue el momento más feliz de mi vida.

¿Cómo es su relación actual con ellos? Antonino (24), el mayor, cuidó todo el año pasado de usted.

Salieron muy estudiosos mis niños. Antonino estudió biología y el más chico va a estudiar cibernética. O sea, los dos ya saben lo que quieren, lo que encuentro groso. A mí me pasó lo mismo, entendí desde joven que la música era lo mío. Por suerte no quieren ser músicos. Eso es bueno, no encuentro que sea tan buena idea ser músico… .

Usted también ha vuelto a ser hijo: después de décadas, hoy vive con su padre.

Me siento bien y estoy contento que todos me tengan más cerca. No siento que alguna vez haya cortado el lazo con ellos. Además, yo era  re obediente en mi casa, nunca me peleaba, porque mi familia me dio todas las “pasadas” para ser artista, lo que agradezco mucho.

De cierta forma, los hijos representan para González una excepción incluso en su naturaleza más cotidiana. “Nunca fui mucho de ver tele, no tengo tele, pero con ellos veía el Cartoon Network y me encantaba Coraje el perro cobarde. Es mi favorito, ¡porque era tan gallina!”, recuerda.  Eso sí, no tener televisión no lo resta de hitos colectivos. “Fui donde mi mamá a ver el partido de Chile y Bolivia, y me quedé dormido. No vi mucho las últimas finales (de ambas copas América). No soy fan de los empates, la verdad. Parece que estos jugadores son mejores que Caszely o Figueroa, pero es difícil”.

En contraparte, el ex Prisionero tiene en su living un piano y un tocadiscos, donde ahora suena el vinilo de Songs from a room (1969), de Leonard Cohen. “Si pienso en un artista que llegó bien a la vejez, me gustaría el camino de Cohen. Se ha dignificado más con la vejez, ha logrado cierta paz y madurez. Yo sólo espero que la madurez no me lleve a la podredumbre”, dice luego de almorzar un charquicán bañado en huevo frito, mientras el disco gira en el clásico Bird on the wire, ese tema que en sus primeras líneas dice: “Como un pájaro en un cable/Como un borracho en un coro de medianoche/He intentado a mi manera ser libre”.

Se dice que asistimos al final de la gran era del rock, con la muerte de Bowie, Prince, o incluso con situaciones como la suya.

La generación que está muriendo es sólo la que disfrutó mucho de las ventas. En rigor, ya no hay industria alrededor de ellos. Pero no creo que se estén acabando las personalidades de la música.

¿Cómo sintió la muerte de Bowie?

Pienso que en algún momento hay que morirse. Uno tiene la mala costumbre de vivir. El caballero fue muy talentoso, estoy contento que descanse, porque veo a la muerte como algo positivo. Es un buen estado de descanso. El fue gigante, porque era loco que un tipo vestido de mujer fuera importante para la gente. Para un niño como yo fue algo muy fuerte y terminó siendo un ejemplo.

Uno de sus contemporáneos, Gustavo Cerati, también falleció.

Me dio mucha pena por la familia de él, pero no más que eso. Tengo mucho respeto por su trabajo y por él como persona, siempre fue muy atento conmigo, igual que su familia y su hijo, a quien le tiro toda la buena onda. Pobrecito, merecía un mejor final, pero nosotros no somos quiénes lo decidimos. Es el destino parece.

¿Qué sentido cobran hoy canciones de Trenes, el disco que  grabó antes del accidente, como Nada es para siempre o Hay que creer, donde canta “papi, llévame a vivir allí”?

Muchas canciones son como dictadas desde afuera. Hay que creer  salió entera así y es como la imagen de una hija mía que iba a nacer, pero que todavía no tengo. Espero alguna vez tener una hija. Siento que hay una niña que quiere nacer dentro mío, a lo mejor es mi parte femenina. Pienso que el lado izquierdo que se me paralizó es mi lado femenino.

También el amor es la médula de sus últimos álbumes.

La relación con las mujeres, claro. El amor de verdad, no sé. Espero que sí. Por eso me gustaba lo de Juan Gabriel, que decía que los artistas no tienen sexo.

¿Le ha costado encontrar el amor de verdad?

Con los hijos se encuentra rápido. Después transformarlo en una relación de pareja es muy fuerte. Pienso que algún día lo voy a conseguir. Lo más duro es aceptar que el otro es otra persona, no una extensión de uno. En el disco Libro estaba buscando mucho el amor. Estaba solo en Alemania y había terminado una relación de 10 años. En Trenes ya había encontrado el amor otra vez. Ahora no sé qué va a pasar. Es una hoja en blanco.

Cuando el año pasado enfrentó el escenario de la muerte, ¿cómo lo asumió?

No sentí miedo. Me pareció bien. Lo que venga, que venga, se encargará la muerte de sí misma. No hay nada que hacerle. Pero, si tuviera que morir mañana, pienso que está bien ya. No me quedaría con ninguna deuda con esta vida.

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Subeditor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.