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Culto
Federico García Lorca: la incansable búsqueda de un poeta

Federico García Lorca: la incansable búsqueda de un poeta

El 19 de septiembre, a ocho décadas de su desaparición y fusilamiento, se excavará por tercera vez la fosa común en la Sierra de Alfacar, muy cerca de Granada, donde el cuerpo de Federico García Lorca se habría perdido entre otros 4 mil cadáveres. En 2017 sus obras saltarán al dominio público, y su biógrafo, Ian Gibson, interpela aquí a su familia y al Estado español para descifrar el enigma que silenció la voz del poeta que esparció sus versos al mundo.

La puerta sonó dos veces la tarde del 16 de agosto de 1936. Esperanza Camacho se asomó y vio a tres hombres en la entrada de su casa en la calle Angulo, en Granada. “Tengo orden de detener a Federico García Lorca, a quien tienen escondido aquí”, dijo Ramón Ruiz Alonso, un obrero tipógrafo y activista de derecha de la Segunda República Española. El poeta de 38 años bajó las escaleras como un niño asustado, pálido cual nube de invierno, repitiendo en voz baja: “Esto es un error… un abominable error”.

Un mes antes, el golpe de Estado en Granada marcó el inicio de la Guerra Civil, y los embajadores de Colombia y México previeron que la vida del poeta corría peligro. Conocían sus principios: católico, comunista, anarquista, tradicionalista y monárquico, mas nunca lo sedujo la militancia. Le ofrecieron el exilio, pero no aceptó: “Yo soy un español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos”, dijo en su última entrevista al periódico El Sol de Madrid.

A su retorno de Buenos Aires, en 1934, donde asistió al estreno de Bodas de sangre, García Lorca se dedicó a vivir y escribir contra el tiempo, como si hubiese sospechado que se aproximaba el fin. Recitará sus poemas, dará conferencias, rematará Yerma y La casa de Bernarda Alba, y revisará Suites y Poeta en Nueva York,  donde recogió su paso por la U. de Columbia, invitado por su amigo, profesor e ideólogo de izquierda Fernando de los Ríos. “Una de las experiencias más útiles de mi vida”, se lee en sus páginas.

El 14 de julio de 1936, vuelve a Granada a reunirse con su familia en la Huerta de San Vicente, donde cientos de hombres y mujeres eran fusilados al amanecer, entre ellos su cuñado y alcalde de la ciudad. El poeta olfatea el miedo. Desconfía. Un día después buscó refugio en casa de la familia de su amigo, el poeta Luis Rosales, donde le detendrán en cuestión de horas.

El automóvil se alejó por las calles rumbo al edificio del gobierno civil. García Lorca es torturado y obligado a confesar. “¿Confesar qué?, ¿confesar qué?”, decía a sus captores, quienes lo acusaban de “espía ruso, socialista, de ser amigo de Fernando de los Ríos, de masón y homosexual”, según un informe de la Policía de Granada del 9 de julio de 1965 y que se hizo público el 23 de abril del año pasado. “Fue el primero en corroborar su asesinato a manos de autoridades franquistas”, dice el dublinés Ian Gibson (1939), el biógrafo del poeta.

Esa noche, “pálido y desecho”, según anota Gibson en Vida, pasión y muerte de García Lorca (1998), el poeta recibió la visita de Julián Fernández Amigo, cercano suyo. “Lo vio muy nervioso y le dejó mantas y cigarrillos Camel, mientras Luis Rosales intentaba salvarlo. Hasta consiguió una orden de libertad firmada por el Coronel Antonio González Espinoza, pero ya era muy tarde: ya había sido trasladado a La Colonia”, dice Gibson, el lugar donde los prisioneros pasaban sus últimas horas antes.

Es posible que el fusilamiento de García Lorca se ordenada la noche del 18 de agosto. En la madrugada del 19, el poeta y otros tres hombres fueron subidos a un viejo Buick y llevados hacia Ainadamar, Fuente Grande, en las alturas de La Colonia. La macabra comitiva avanza entre la oscuridad y se detiene junto a un olivo que pasará a la historia. Se oyen disparos, y cuatro cuerpos ruedan por la tierra, ensangrentándola. El poeta había muerto.

¿El fin de un enigma?

Ian Gibson, hoy radicado en Lavapiés, Madrid, tenía 18 años cuando leyó Romancero gitano (1928), y la que iba a ser su tesis doctoral sobre García Lorca, mutó en una ardua investigación de su muerte. “En 1971 publiqué en París La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca, prohibido en España, claro. Es curioso que siendo un poeta tan popular en su país, los vestigios del régimen entorpezcan la búsqueda de la verdad. España ha sido incapaz de afrontar el terrible problema de los miles de asesinados por el franquismo que aún yacen en fosas comunes, incluido él, el desaparecido más famoso del mundo. A García Lorca lo mataron porque no aguantaban su obra, y porque era no solo un ‘rojo’, sino un ‘rojo maricón’. Además su padre, un hombre liberal, tenía adversarios políticos en la ciudad y andaba en medio de mucha envidia: al padre por ser rico, al poeta por su fama”.

En 2009, bajo el mandato de Rodríguez Zapatero, se excavó por primera vez la fosa donde descansarían sus restos junto a otros 4 mil cuerpos de los más de 100 mil desaparecidos durante la dictadura española. Nada suyo encontraron. “Después supimos que cuando se vallaba el recinto para su inauguración, en 1986, se hallaron restos humanos cerca del famoso olivo que habían sido trasladados ilegalmente a otro rincón ¡solo porque estorbaban los trabajos! Esto no se ha investigado y es vergonzoso. Si me pregunta la jueza argentina -María Servini, quien este año tomó el caso- voy a aportar con todo lo que sé a la investigación”, dice el biógrafo.

En 2014, otra búsqueda en el mismo sector, al pie de la Sierra de Alfacar, chocó con la negativa de la familia García Lorca, encabezada por Laura, sobrina-nieta, albacea y presidenta de la fundación que lleva el nombre del poeta. La misma, meses atrás, protagonizó la polémica por el destino de los más de 19 mil documentos de su legado, que en 2017 saltarán al dominio público, y que hasta ahora permanecen en España. “Los suyos han disfrutado 80 años de los derechos de autor, y ahora Lorca será libre, irónicamente, de su familia, que se ha negado a hacerse exámenes de ADN para apresurar su hallazgo”, añade Gibson, quien a 80 años del asesinato del autor, reeditará, por Ediciones B, Lorca y el mundo gay; Ramón Ruiz Alonso. El hombre que delató a García Lorca, y Lorca y Dalí. El amor que no pudo ser.

El irlandés colabora con la nueva búsqueda de los restos en una excavación que se llevará a cabo el próximo 19 de septiembre,  financiada por el historiador Miguel Caballero y el arqueólogo Javier Navarro. “No creo que haya algún hallazgo -dice-, pues se hará a 20 metros de la anterior. Súmale la poca disposición de su familia. No sé si ocultan algo, ¡hay tantas teorías! ¡Sabrán dónde está? ¿Sacaron los restos? Me gustaría que dijeran delante de un notario: no sabemos nada de eso”.

Ni un poeta le es comparable, opina el biógrafo. “Lorca escribió: Viva moneda que nunca se volverá a repetir. Es eso, García Lorca fue, sigue siendo y será irrebatible”. Más allá del poeta, del eco de sus letras, del enigma que rodea su muerte y dondequiera que haya ido a parar su cuerpo, ese hombre talentoso, Federico, previó su triste y horroroso fin en el poema Fábula y rueda de tres amigos, que no vio la luz hasta 1940, con la publicación de Poeta en Nueva York: “Cuando se hundieron las formas puras / bajo el cri cri de las margaritas, / comprendí que me habían asesinado. / Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias, / abrieron los toneles y los armarios, / destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro. / Ya no me encontraron”.

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