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Culto
Escritores al ring: las disputas por el Premio Nacional

Escritores al ring: las disputas por el Premio Nacional

El próximo martes se conocerá el nuevo ganador del premio más importante que entrega el Estado a los escritores. La historia del galardón creado en 1942 está cruzada de querellas, polémicas y omisiones.

Se  juraron que lo lograrían. Pablo de Rokha llevaba años postulando al Premio Nacional de Literatura, y era desplazado una y otra vez. La larga y estéril pelea con Pablo Neruda le jugaba en contra: el poeta de Canto general hacía sentir su influencia para evitar a De Rokha y favorecer a sus amigos. Así había sido en las entregas anteriores. Pero ese año, 1965, los rokhianos tenían un plan. Una estrategia de guerra.

El periodista y escritor Luis Sánchez Latorre, Filebo, se reunió con dos jurados, y comprometió su voto. Le faltaba un tercero. Raúl Silva Castro y Tomás Lago jamás apoyarían a De Rokha. Debía ser el de Daniel Belmar, pero este -favorable al poeta de Los gemidos- se sentía presionado por el entorno de Neruda. Entonces el clan de Rokha apostó al todo o nada.

“Dos días antes de la reunión del jurado, Pepe de Rokha -el hijo mayor del poeta- lo encerró en su casa y lo tuvo de huésped, de rehén, para que no cambiara de opinión. Y en esos días le hizo un lavado de cerebro para que votara por De Rokha”, contó Luis Sánchez Latorre.

Los rokhianos lo consiguieron, y el poeta celebró en su casa con un cordero de 27 kilos, 30 garrafas de vino y 40 kilos de prietas. “Este premio significa la caída de la mafia rosada de la literatura chilena, la caída definitiva de la tropilla de granujas que hasta hoy ha querido mandar, de esos rabanitos, rojos por fuera y blancos por dentro, pero rabanitos podridos”, declaró, fiel a su estilo beligerante.

El poeta de Licantén había sido finalista en los últimos tres años. Pero el premio suele cocinarse entre pasillos, llamados o comidas de camaradería, como ocurrió en 1962.

Todo Chile vibraba con el rock del Mundial y los triunfos de la Selección de Leonel Sánchez cuando Pablo Neruda llegó a la casa de Luis Oyarzún para almorzar. Allí lo esperaban el dueño de casa, Guillermo Atías, Nicomedes Guzmán y Gonzalo Rojas, estos últimos miembros del jurado del premio ese año. Neruda no llegó solo: lo acompañaba un joven Germán Marín.

“El sentido del almuerzo era ése. Neruda decía que por ningún motivo había que darle el premio a Pablo de Rokha. En cambio proponía a Juan Guzmán Cruchaga. Lo que me sorprendió es que Rojas y Atías escucharon al vate sin decir nada”, recuerda Marín.

No dijeron nada, pero Rojas y Nicomedes Guzmán se comprometieron a votar por De Rokha. Y lo defendieron a brazo partido en la votación, si bien no convencieron al resto del jurado: en esa entrega el ganador fue  Juan Guzmán Cruchaga, padre del juez Juan Guzmán y el favorito de Neruda.

El próximo martes, el Premio Nacional de Literatura enfrentará una nueva elección. En ella compiten 17 candidatos, de diferentes géneros y generaciones (ver recuadro).

La última polémica que rodeó al galardón fue en 2014, cuando  Antonio Skármeta se impuso por sobre  Pedro Lemebel, el candidato de lectores y escritores. La historia del premio está cruzada de controversias, reyertas y omisiones desde sus inicios, hace más de 80 años.

El caso Huidobro

Creado en 1942, como una coronación a la trayectoria de los escritores, desde un comienzo fue visto como un trofeo: una conquista, el logro de una cacería, donde se despliegan maniobras sutiles, la diplomacia de las influencias y estrategias de combate. Ya en 1946 el crítico Alone denunciaba “la corriente de ambición” en  torno al premio y elaboraba un decálogo para obtenerlo. “No puede hacerse nada sin clan, sin grupo, sin escuela o un círculo de simpatizantes”, decía.

Los primeros ganadores fueron Augusto D’Halmar y Joaquín Edwards Bello, quien reclamó el premio “con insultos y amenazas” y lo obtuvo “gracias al terror”, según el mismo Alone.

Las rivalidades literarias encontraron un ring natural en la disputa por el premio. Así podría explicarse la exclusión de Vicente Huidobro: el poeta creacionista era favorito para la entrega de 1944, pero fue desplazado por el criollista Mariano Latorre. “¡Neruda le dio el premio a On Panta para que no me lo dieran a mí!”, se quejaba Huidobro.

“Neruda se movió ese año con el jurado y propuso que le dieran el premio a Latorre. Así evitó que premiaran a Huidobro y dejó su candidatura lista para el 45”, contó el Premio Nacional Alfonso Calderón.

Tal cual: en 1945 Neruda se convierte en el premiado más joven -y acaso el más influyente- de la historia, con 41 años.

Dos años después Huidobro sería desplazado por otro poeta, desconocido hoy y desconocido entonces: Samuel Lillo. El artífice de la premiación, según diría Miguel Arteche, fue el autor de los Veinte poemas, quien lo propuso al jurado como reconocimiento a un autor histórico.

Huidobro murió un año después, sin premio.

Gabriela Mistral postergada

El mismo año en que Pablo Neruda recibía el Premio Nacional, la Academia Sueca decidía otorgarle el Nobel a la poeta chilena Gabriela Mistral. Para muchos era una vergüenza que la autora de Tala fuera distinguida con el galardón más importante de la literatura universal y no fuera reconocida en su país.

“Tal vez lo más grave del asunto -escribió Joaquín Edwards Bello  a fines de 1945- consiste en que ya no se la podría otorgar a ella”.

Durante años la lógica fue esa: el premio, tan chileno, tan de aquí, es muy poca cosa para la Mistral. Y la poeta era omitida olímpicamente. Hasta que en 1951 un grupo de escritoras se propuso reparar la injusticia. Lideradas por Matilde Ladrón de Guevara, movieron cielo y tierra: se reunieron con la Sociedad de Escritores (Sech), con el rector de la Universidad de Chile y con el ministro de Educación, Bernardo Leighton, quien les prestó  apoyo. Seis años después del Nobel, Lucila Godoy Alcaya -su verdadero nombre- recibía el Nacional de Literatura.

Tiros por la culata

En ocasiones, las movidas con el jurado se convierten en tiros por la culata. Le pasó a Carlos Droguett en 1969. El escritor de Patas de perro   le propuso a la Sech que nombraran jurado al sacerdote Alfonso Escudero, crítico y amigo suyo. Pero la Sech lo encontró muy mayor y en su lugar designó a Ignacio Valente, crítico de El Mercurio y gran difusor de Nicanor Parra, a quien Droguett consideraba “la decadencia de la poesía”.

No era el único antiparriano: Gonzalo Rojas también había dedicado versos injuriosos al antipoeta: “Antiparreando, remolineando/ que Kafka sí, que Kafka no/ buena cosa, roba-robando/ se va Cervantes y entro yo”. Con todo, Nicanor fue el premiado de esa versión.

“A este premio hay que cambiarle el nombre. Habría que llamarlo Propina Nacional de Literatura”, dijo el ganador, en medio de la fiesta de celebración en La Reina, rodeado de “melenudos y lolitas”.

En los 70 el premio resentirá las tensiones políticas del país. Así, en 1972 debaten tres jurados DC y dos comunistas. Los DC, relataría José Miguel Varas, presente aquella vez, querían evitar que se reconociera a un autor de izquierda, como Alberto Romero y Daniel Belmar. En su lugar levantaron la candidatura de un autor mayor, católico y bonachón: Edgardo Garrido Merino. Ya jubilado de la literatura pero muy agradecido, Garrido Merino pensó que le debía el premio al gobierno de Allende y salió con un discurso en favor de la UP.

Le “pega” a la literatura

Después del 11 de septiembre de 1973, la política se volvió un factor aún más gravitante. Así fue como en 1974 se premio a Sady Zañartu, autor del Himno del Regimiento Buin, quien “necesita ser traducido al castellano”, según escribió Ignacio Valente; Arturo Aldunate Phillips en 1976, quien tuvo la elegancia de regalarle sus libros a Augusto Pinochet días antes de la elección, y en 1978 al lingüista Rodolfo Oroz. “El próximo seguramente será entregado a Martín Vargas. Porque el doctor Oroz, como Vargas, ‘le pega’ a la literatura”, dijo Arteche.

La gran desplazada resultó María Luisa Bombal. Pese al apoyo de críticos y escritores, incluso Borges envió una carta en su favor, la escritora murió en 1980, sin premio. Enrique Campos Menéndez, asesor cultural de la Junta, diría que “ya pasó la hora de darle el premio”.

Seis años después, designado embajador en España, Campos Menéndez lograría el galardón, desplazando a José Donoso, el favorito de los escritores. “El clima general de la literatura chilena es de izquierda. ¿A quién iba a elegir el gobierno?”, se justificaría Campos Menéndez años después. “Creo tener el mérito de haber escrito muchos libros y todos son muy positivos. Soy un buen tipo”, agregó.

El cambio de estrategia la comprendió bien Braulio Arenas: el poeta surrealista pasó de partidario de Allende a defensor de la dictadura. Y celebró el golpe que puso fin al “reinado de la Jap/ con largas colas por doquier,/ banderas rojas por doquier”. Logró su premio en 1984.

Con el regreso de la democracia, las polémicas continuaron: las premiaciones de Volodia Teitelboim, Raúl Zurita e Isabel Allende provocaron incendios verbales. Tanto, que la autora de Paula llegó a decir que “ni loca” postulaba de nuevo al Premio Nacional.

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