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Culto
El momento de esplendor de la arquitectura chilena

El momento de esplendor de la arquitectura chilena

El Pritzker de Alejandro Aravena es la confirmación más notable del gran presente de la arquitectura chilena, reconocida internacionalmente. Mathias Klotz, Smiljan Radic y Pezo von Ellrichshausen son algunos de los puntas de lanza de un éxito sin precedentes, que ahora urge capitalizar.

Alejandro Aravena no tiene pudor en reconocerlo. Cuando en el 2000 fue invitado como profesor a la Universidad de Harvard, poco sabía de viviendas sociales. En una conversación sobre el tema, el ingeniero Andrés Iacobelli le hizo una pregunta que lo dejó con la boca abierta, pero que se convirtió en el motor de uno de los proyectos más importantes de su carrera: “Si la arquitectura chilena es tan buena, ¿por qué la vivienda social es tan mala?”.

Aravena llegaba a EE.UU. como miembro de una generación que en los 90 ya estaba logrando visibilidad internacional. Nombres como Mathias Klotz o Sebastián Irarrázaval llamaban la atención por una serie de sofisticados proyectos de viviendas unifamiliares instalados en arrebatadores paisajes, como playas, acantilados y bosques sureños. Los precedían otros arquitectos como Cristián Undurraga quien en 1991 ganó el Premio internacional Andrea Palladio por su “Casa del Cerro” o Borja Huidobro y Enrique Brown, quienes figuraban con su elogiado edificio Consorcio.

Sin embargo, en el cambio de siglo, la arquitectura se volcaba hacia problemas sociales. Aravena recogió el guante y cuatro años después, junto a sus socios de Elemental, daba una respuesta con la Quinta Monroy, un conjunto de 93 viviendas ubicadas en Iquique, que con el subsidio del gobierno pudieron ser levantadas con 36 metros cuadrados construidos pero con un potencial para ser ampliadas por sus habitantes hasta en 72 metros cuadrados. La calidad y diseño de las viviendas era superior a todo lo que se había hecho hasta ese momento en el país. Aravena siguió levantando proyectos similares en Santiago, Valparaíso, Temuco, Valdivia y Antofagasta, capturando la atención local e internacional. En 2008, la Bienal de Venecia le otorgó el León de Plata por sus aportes. Fue el primer gran espaldarazo al arquitecto que esta semana recibió el mayor galardón de la disciplina: el Premio Pritzker, el Nobel de la Arquitectura.

La historia de Aravena es la más brillante de una generación dorada de arquitectos locales, a quienes llaman a trabajar desde EEUU, Finlandia y China, ganan premios y comisiones internacionales, como Smiljan Radic, quien diseñó el pabellón de verano de la Serpentine Gallery en 2014; Mauricio Pezo y Sofia von Ellrichshausen, quienes ganaron con la Casa Poli el Premio MCHAP para Arquitectura Emergente que da el Instituto Tecnológico de Illionis, o el mencionado Klotz, que hoy trabaja dos proyectos en Shanghai.

En el caso de Radic, algunas de sus obras fueron adquiridas por el MoMA de Nueva York, al igual que algunas de Frank Ghery y Mies van der Rohe. El curador de Arquitectura y Diseño del museo, Barry Bergdoll, lo expresa así: “La increíble creatividad de la arquitectura chilena tiene que ver con el renacimiento del país post dictadura, la economía, la fuerza del sistema educativo, tanto de las escuelas como del patrocinio para que los jóvenes estudien afuera. Ella se distingue por una rica paleta de materiales, a veces bastante inesperadas como el caso de Radic”.

“Los arquitectos chilenos realmente estudian las cosas a fondo. No dan nada por sentado”, afirma Beatriz Colomina, directora de Posgrados de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Princeton, quien destaca la notable escuela arquitectónica local y el rigor de los arquitectos. “Y el mundo termina fascinado por el trabajo reflexivo que produce”.

Para Pablo Allard, socio fundador de Elemental y decano de la Facultad de Arquitectura de la UDD, “los grandes aportes de esta generación son: entender que uno puede creerse el cuento, que se puede hacer una carrera desde Chile y con una visión global, no hay necesidad de vivir en EE.UU. o Europa, y eso se produce impulsado en los 90 por el buen momento económico que se vive. Segundo, que en la arquitectura hay lugar para lo público y lo social; pero sobre todo que sí puede existir una arquitectura chilena contundente, coherente e influyente”.

La pregunta ahora es cómo capitalizar este momento. Emilio de la Cerda, director de la Escuela de Arquitectura de la UC lo tiene claro. “Sin duda hay que estar orgulloso, pero el desafío es no seguir golpeándonos las espalda y transformar este momento en un bien público. Los arquitectos no somos figuras del Olimpo sino que estamos llamados a influir en el destino del país y la calidad de vida de las personas”.

Un círculo virtuoso

Esta generación brillante no salió de la nada: hay maestros que marcaron un discurso crítico y riguroso. Entre los primeros destacan los académicos de la U. Católica, alma mater de varios de los puntas de lanza como Aravena, Radic, Klotz y Puga. Sus mentores fueron Fernando Pérez, Rodrigo Pérez de Arce y Teodoro Fernández, quienes en su época estudiaron en el extranjero y al volver lograron trasmitir a sus discípulos los debates y discursos globales, sin caer en las modas. Antes que ellos también hubo tradición, con Sergio Larraín García Moreno, Fernando Castillo Velasco, Alberto Cruz y Cristian De Groote. “Este momento de éxito no es al azar, es producto de una incubación y de proyectos académicos sostenidos”, dice de Emilio de la Cerda.

Beatriz Colomina, de Princeton, recuerda el Pabellón de Chile en Sevilla, de Germán del Sol y José Cruz, que ya alertaba sobre el cambio climático. “De muchas maneras, los arquitectos chilenos han estado delante de la curva de sentir el mundo en que vivimos”, agrega.

En los nuevos tiempos las diferencias entre la generación de Aravena y sus herederos no son pocas. “Además de que hoy existen más de 40 escuelas de arquitectura, Chile está viviendo transformaciones dramáticas y eso es absorbido por los futuros arquitectos. Los jóvenes están más conscientes de que pueden intervenir en las políticas públicas, no se quedan esperando a que alguien les encargue un trabajo sino que ellos mismos lo autogestionan y están dispuestos a trabajar colaborativamente”, cuenta Allard. A esto se suma un cambio en las políticas de gobiernos que para la mayoría de sus nuevas infraestructuras realiza concursos públicos, en los que cada vez más participan arquitectos emergentes.

La prueba está entre algunos de los nombres de la nueva camada: Max Núñez (38), quien ganó el primer lugar para el Museo Regional de Copiapó, Cristóbal Tirado (35) a cargo del Museo Regional de Aysén, o Christian Yutronic (36) que con su oficina Lateral remodeló el edificio del GAM.

También hay experiencias notables de autogestión, como el de Tomás Villalón (35), egresado de la U. de Chile, quien como profesor de la U. San Sebastián dirige un taller práctico donde los alumnos pueden hacer realidad sus proyectos postulando a fondos concursables. O las “experiencias detonantes” que desde 2014 realiza la U. del Desarrollo, donde alumnos de arquitectura realizan intervenciones públicas, en lugares como el Barrio Italia, San Diego y el barrio Franklin.

Quien recoge la tradición entre poética y social de la Ciudad Abierta de Ritoque, dependiente de la U. Católica de Valparaíso, es la Escuela de la U. de Talca dirigida por José Román, que este año representará el pabellón chileno en la Bienal de Arquitectura Venecia, que parte en mayo con dirección del mismo Alejandro Aravena. Sin ir más lejos, en 2014, el León de Plata de la Bienal la ganaron dos arquitectos chilenos, Hugo Palamarola y Pedro Alonso, comisionados por Cristóbal Molina del CNCA, quienes destacaron no por una obra construida sino por una investigación que releva la historia de modelos arquitectónicos soviéticos adoptados por Chile durante la UP.

“Falta mucho por hacer para que esta arquitectura de calidad se haga algo común en la ciudad y que ocurra excede el poder de los arquitectos. Se necesita un círculo virtuoso, donde las autoridades, intendentes, alcaldes integren la arquitectura a sus discursos, se necesita que hayan comunidades organizadas que exijan calidad de vida en sus barrios, y claro se necesita seguir fomentando entre los arquitectos la masa crítica y la vocación pública, para que estos éxitos no se queden como meras estatuillas adornando los despachos, sino que favorezcan a la sociedad en su totalidad”, resume de la Cerda.

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