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Culto
El autoexilio teatral de Alfredo Castro a un mes del cierre de La Memoria

El autoexilio teatral de Alfredo Castro a un mes del cierre de La Memoria

El 18 de diciembre, el actor y director pondrá fin a su sala y escuela en Bellavista tras 11 años, hoy convertida en sede del Duoc. “El Estado se olvidó de nuestros teatros”, dice.

Desapareció todo rastro suyo de allí. Los afiches y fotografías de las obras de Juan Radrigán, Sarah Kane, Diamela Eltit y Henrik Ibsen que montó en los 90, las escenografías, vestuarios, todo. De la sala y escuela que Alfredo Castro fundó hace 11 años en el 0503 de la calle Bellavista, a unos cuantos metros del bullicio universitario, no queda más que una diminuta placa que consigna la “restauración y habilitación del Centro de Investigación Teatral Teatro La Memoria, financiada por el Fondart, en 2007”. Visto desde la entrada, hoy el espacio luce amnésico: sobre la puerta de madera que alguna vez fue verde, un luminoso letrero advierte al público que esa ya no es la misma sala, sino la del nuevo Teatro DuocUC.

“Desde abril que no entro ahí. Me cuesta muchísimo volver a ese lugar”, dice en un café en Providencia. Este fue un año de dulce y agraz para el actor de 60 años. Terminó de filmar la serie Narcos en Colombia; estuvo en Uruguay grabando Severina, la cinta del brasilero Felipe Hirsch inspirada en la novela homónima del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa que llegará a salas el próximo año, y donde compartirá la pantalla junto a la argentina Carla Quevedo (El secreto de sus ojos); también estará en Cordillera, de Felipe Mitre, la película protagonizada por Ricardo Darín y Paulina García, y, más recientemente, acaba de zanjar el rodaje de Los perros, de Marcela Said.

“Por un lado todo flota, mientras que por el otro, se hunde. El cine y las series (también apareció en Bala loca y el próximo año lo hará en Pega Martín Pega) me volvieron a dar el impulso, y por eso no echo de menos el teatro. Sí me gusta dirigir, pero la verdad es que le he tomado un poco de fobia a salir al escenario. Me siento fuera, autoexiliado de ese mundo, más después de todo lo que ocurrió”, reconoce.

En julio pasado, en estas mismas páginas, Alfredo Castro anunció el fin de un proyecto que partió en 1989, cuando la compañía La Memoria hizo su debut en la escena local. En 2005, el grupo halló su sede en esa antigua casona, en parte subsidiado con $53 millones del Fondart. Luego, en 2008, recibió otros $109 millones de fondos públicos, pero una profunda crisis que afectó a los teatros independientes en 2013 y que amenazó, entre otros, al Teatro del Puente, lo obligó a arrendar el espacio a la Universidad Andrés Bello hasta el año pasado. Todo iba bien hasta ahí, decía, pero en abril de este año su contador, Nelson Márquez, lo estafó por más de $ 20 millones y se hizo humo.

“Me tumbó mental y físicamente. Hoy la demanda está en Fiscalía y aún no hay muchas novedades al respecto, pero ya llegará su tiempo”, advierte. Al margen de esa zancadilla, el actor cree que el Fondart no fue más que un parche en su caso. “Lo agradezco, pero no pueden dejarme botado ahora, echando agua por otros costales. Con eso pagaba solo gastos básicos y aún así no lograba mantener la sala: esa es la cara más fea del monstruo que crearon. La solución, sigo pensando, es que el Estado ayude a subsidiar, como debería hacer con la salud y educación, la cultura para todos sus habitantes como un derecho y no una mercancía. Y aunque no me cambiaría de bando político, no puedo callar lo decepcionado que estoy. Así como a algunos nos dejaron de llamar hace años para la Muestra de Dramaturgia, también se olvidaron nuestros teatros”.

El 18 de diciembre próximo, después de que termine la temporada de Mujer de preñez húngara, la obra de Nicolás Lange dirigida por Pasquinel Martínez, Castro pondrá fin a La Memoria. “Mi proyecto murió por una canallada, además de mi cansancio, y no habrá vuelta atrás, porque esta no fue una estafa a una institución sino a una forma de vida, a un amigo, además. A fin de año rendiré mi Fondart como corresponde y dejaré el espacio por completo al Duoc, que lo arrendó por tres años. Estuve a punto de vender la casa, pero justo surgió esta otra posibilidad. Sí lamento que mis seminarios tengan que mudarse a otro lugar, quizá a alguna sala que arriende dos o tres veces por semana, pero no más ahí”, dice.

Después de varios años, el actor volvió a hacer clases fuera de su escuela, esta vez en la UC, donde hoy presenta un egreso construido a partir de testimonios. “Quise volver a eso, pues la docencia es muy importante para mí, pero varias veces fue duro pararse frente a esos 11 alumnos y tener que ponerles buena cara sabiendo que muchos no tendrán trabajo”, opina. “Además, el medio teatral está sumamente dividido. La Red de Salas, por ejemplo, que fue una iniciativa que se forjó en varias reuniones en mi teatro, nunca mostró ni una sensibilidad por lo que estaba pasando con La Memoria, ni siquiera una puta palabra de apoyo, salvo de Freddy Araya, del Teatro del Puente, quien me escribió, pero nadie más. Entonces, desde su valor más simbólico, la red no es tal para algunos, porque si mañana el GAM se cayera por un terremoto, yo estaría ahí recogiendo escombros”, alega.

El próximo año protagonizará Tengo miedo torero, la adaptación al cine de la novela de Pedro Lemebel, dirigida por Rodrigo Sepúlveda. “Ese proyecto no obtuvo ningún fondo y es otra señal de cómo está el panorama cultural en este país, donde no hay respeto por la trayectoria. Ni Sepúlveda ni Lemebel ni yo fuimos considerados por los fondos, y me parece insólito. Pienso que hay un cansancio del sistema de mendicidad de todos estos años, y el otro día, cuando me enteré del fin de la compañía Teatro de Chile por la misma razón, el asunto vuelve a adoptar el mismo color. La cultura de hoy prefiere darle voz y espacio a personas como Pablo Chiuminatto, quien tuvo el descaro de poner sobre la misma balanza a 150 escuelas del país que no tienen baños ni agua potable junto al gasto en cultura, lo que me parece fatal, una opinión reduccionista y fascista. El es o fue pintor, y ahora él mismo se hace llamar filósofo, imagínate”, dice.

Un archivo digital será el único registro que quedará de La Memoria. “Estoy digitalizando todo el material que no boté”, cuenta Castro, quien para el próximo año retomará un viejo proyecto que lo traerá de vuelta a las tablas con Los arrepentidos, del sueco Marcus Lindeen. Se trata de una larga charla entre dos hombres que cambiaron de sexo, pero que ya convertidos en mujeres, se arrepienten de su decisión. El montaje será dirigido por Víctor Carrasco (La amante fascista) y coprotagonizado por Héctor Noguera. “No sé si mi postura llegue a ser como la de estos personajes que creían estar seguros de una decisión así de importante, para luego echar pie atrás. El fin de La Memoria y mi distancia del teatro tienen una razón de ser y, por ahora, no me hacen añorar otros años como alguna vez hubiese creído”.

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