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Culto
Bocanadas de un mito llamado Stella

Bocanadas de un mito llamado Stella

Le decían La Colorina, la primera poeta punk chilena, de quien hoy se cumplen 10 años de su muerte.En agosto serán 90 del natalicio. Escribió menos de lo que se hizo oír, enamoró al antipoeta y a Jodorowsky, y ahora unos cuantos homenajes no oficiales soplan el áspero eco de su poesía.

Neruda cumplía 50 años, y la Universidad de Chile le armó una fiesta a la carta, con amigos de por aquí y por allá, poesía, discursos y  tanto vino como para emborrachar a un gigante. La poeta osornina Delia Domínguez hizo de anfitriona aquel 12 de julio de 1954, cuando el rector Juan Gómez Millas llegó a sudar petróleo. La noche ya había tumbado al día, y el geométrico programa seguía su curso, pero una de las invitadas estelares aún no aparecía.

Semanas antes, el futuro Nobel de Literatura llegó hasta la Sociedad de Escritores de Chile (SECh) en Providencia. Domínguez y otros se reunían para discutir qué poeta tendría el honor de escribir y recitarle algunos versos, pero Neruda aguó la sorpresa: “He decidido que sea la Stella Díaz quien se encargue de eso”. A todos se les vino la mandíbula abajo.

La bella serenense de 28 años a la que llamaban La Colorina, de voz áspera y melena fogosa, tenía fama de brava. Se sabía de sus rondas de cerveza por noche en el bar El Bosco, y cómo se levantaba la blusa ya borracha. Si alguno llegaba a tocarla o decirle alguna cosa se iba de puñetazo, como después le ocurriría al escritor Enrique Lafourcade. “Es que Pablo le tiene miedo a la Stella”, dijo el poeta surrealista y fundador del grupo Mandrágora, Teófilo Cid. En realidad, varios.

Esa noche llegó tarde y con algunas cervezas en el cuerpo: “A Pablo Neruda y a todos los poetas que le anteceden y le suceden… Un hombre frente al mar / Un hombre caminando sobre el mar…”. Al rato, cuando el poeta quiso llevarse a una tropa de amigos a La Chascona a seguir la fiesta sin avisarle, La Colorina llegó a hacer un escándalo. A la mañana siguiente, sus peñascos habían volado dos ventanas.

Punk, le decían. Punk antes del punk. Del café Iris a El Bosco salía con su vozarrón, sobre tacones y con un pucho eterno en la mano. “Era muy agresiva cuando se emborrachaba, tiraba puñetazos. Pero además se emborrachaba todo el tiempo, era un poco inabordable”, dijo años atrás Alejandro Jodorowsky, quien tuvo un romance con ella. En su última película, Poesía sin fin, el cineasta retrata en la piel de la chilena Pamela Flores a la mujer que vio por primera vez en 1949: “Tenía la cara casi pintada de violeta, un pelo rojo que le llegaba casi hasta las rodillas, un abrigo de piel de perro, una pipa… Era increíble la Stella, para Chile era vanguardista antes de su época”.

Ese mismo año, dos después de su llegada a Santiago, aparece el primero de los cuatro libros que la poeta publicará en vida. Lo firma Razón de mi ser, un tomo de 13 poemas chispeantes y con alusiones a Mistral, Huidobro, Neruda y De Rokha, además de otras lecturas propias de la Generación del 50 (de Baudelaire a Rimbaud), y que la tuvo junto a Enrique Lihn, Jorge Teillier, Enrique Lafourcade y otros sumidos en la bohemia santiaguina de mitad de siglo. Le seguirán Sinfonía del hombre fósil (1953), Tiempo, medida imaginaria (1959) y Los dones previsibles (1992).

“Me he sentido poeta toda mi vida, voy a seguir siendo poeta, mala o buena o lo que sea. Pero llega un momento en que tú te cuestionas todo esto. Y no se me invitaba a mí a ninguna cosa. Decían ah, no, momento, la Stella Síaz Varín, no, momento, por favor (…). Era como una especie de demonio, aparte del hecho de que soy mujer”, declaró en 1992, cuando La Colorina -cada vez más canosa- paseaba a veces junto a un quiltro negro por la Villa Olímpica, cerquita de su departamento. Hablaba poco sobre su vida, y cuando lo hacía era para sacarse espinas. Una vez la violaron, contó. También se le murieron tres hijos. Solo se casó una vez, con el arquitecto Luis Viveros, quien se hizo cargo del único bebé que sobrevivió, Rodrigo, al que acababa de parir. Junto a él y dos nietos vivió hasta su muerte, el 13 de junio de 2006, un día como hoy hace diez años, a los 79 y producto de un cáncer.

“La Stella es la Edith Piaf de la poesía, una que canta desnuda y se lanza con todo”, dice Raúl Zurita en La Colorina (2008), el documental de Fernando Guzzoni y Werner Giesel que siguió sus últimos pasos. Guzzoni recuerda: “Muchas veces nos dejó plantados o estaba borracha y no quería conversar. Fue muy complejo lidiar con eso, y quizá habríamos podido mostrar más el proceso de escritura de una autora medio olvidada y que nunca dejó de escribir”. Además recuerda una anécdota: “No quiso aparecer, pero Nicanor Parra nos contó en Las cruces que La víbora sí era la Stella, ‘aunque entre varias otras’. Ella nunca se lo atribuía tampoco, se hacía un poco la loca. Nicanor la recordaba harto y siempre pensó que era lesbiana. Eso y varias otras cosas son solo parte del mito”.

“La Stella construyó un personaje en paralelo a su obra literaria. Era como si su cuerpo fuese un verso más”, dice Marisol Vera, de Editorial Cuarto Propio, la última en traerla de vuelta con Obra reunida (2011), que desde su aparición ha vendido sobre 1.000 ejemplares. La misma etiqueta se sumó a la silenciosa ola de homenajes no oficiales a una década de su muerte. El próximo 11 de agosto serán los 90 del natalicio.

“No me sorprende que el oficialismo no la homenajee. La Stella siempre fue muy punk y se rehusó a ser parte del establishment”, dice Guzzoni. Las actividades abrieron el pasado jueves 9 en la SECh, donde se le veía siempre envuelta en un manto de humo. El viernes 10 hubo homenajes, lecturas de sus obra en Balmaceda Arte Joven. Hoy habrá lecturas de sus poemas en el café literario de Santa Isabel 1240 y el miércoles 15 en el del Parque Balmaceda. Para agosto, Cuarto Propio planea una lectura de sus poemas con Carmen Berenguer y Malú Urriola a la cabeza.

“Escribía sus autobiografías”, añade Vera, pero la muerte la alcanzó antes. “Siempre escribía y guardaba los originales debajo de su cama. Nadie podía llegar a ese altar. Nadie”, cuenta el poeta chileno Piero Montebruno, según varios, el último gran amor de la Stella. Desde Londres solo confiesa que se veían mucho, que ella le regaló tres pipas que habían pertenecido a Neruda y que podían conversar horas sobre estética, movimientos sociales y de cómo hacer una revolución. “Sabía huir de los estereotipos y le hacía gracia hablar de lo ridículo. Con los jóvenes hablaba mucho y varios iban a tocar su puerta con la chance remota de que les abriera. Era como peregrinar al oráculo de Delfos. Conversar para la Stella era un acto sagrado que resultaba en extremo”.

Escribió poco, dicen todos. Demasiado poco quizá, “pero es bueno descubrirla”, dice Jodorowsky. “Los seres humanos, los jóvenes, necesitan mitos. Ella es el mito de una escritora genial, y es maravilloso que exista”.

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