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Culto
Armando Uribe, escritor: “El Diablo existe aquí y ahora”

Armando Uribe, escritor: “El Diablo existe aquí y ahora”

A los 83 años, achacoso y molesto, el poeta dice que es "un absurdo" vivir tanto. Mientras, habla de la nueva edición de Memorias para Cecilia, que a fin de año cerrará con un segundo volumen.

“Una vida matusalénica es ridícula. ¿No le parece?”, pregunta con voz grave el poeta Armando Uribe cuando recuerda su fecha de nacimiento: 1933. “¡No corresponde que los seres humanos vivamos tanto tiempo!”, insiste el abogado, ex diplomático y Premio Nacional de Literatura, hoy de 83 años, que hace cuatro padece una enfermedad muscular llamada claudicación intermitente, además de una insuficiencia respiratoria tras fumar durante más de cuatro décadas, en promedio, 40 cigarrillos diarios.

Pero el autor de Transeúnte pálido ahí está, sentado de impecable traje negro en el living de su hogar. Mientras Uribe habla apoyado en un escritorio, su mano izquierda recorre el borde de la mesa una y otra vez como si puliera la madera. Un costado de su cuerpo se ilumina por una lámpara encendida. No hay cortinas y de los ventanales del departamento 41 se ven los árboles amarillentos del Parque Forestal.

“No he perdido nunca la fe, a pesar de que he hecho la prueba: no me ha resultado. Creo en los dogmas respectivos de la Iglesia Católica, apostólica y romana”, dice Uribe, quien tiene en su escritorio la nueva edición revisada de Memorias para Cecilia publicada por Lumen.

Hace 14 años apareció la primera versión. “Ya desde niño me miraba a mí mismo como si fuera póstumo. (…) Este mismo libro es una preparación para el Purgatorio”, anota el escritor en el nuevo prólogo del título que narra su biografía hasta 1990. Un recorrido en el que recuerda con detalles sus años de formación, la búsqueda de sus orígenes, que incluye un repaso por la historia de Chile, su apego a la religión, las amistades literarias, sus años en Italia, EEUU, China y el destierro en Francia cuando en Chile se impuso la dictadura de Pinochet. Y por supuesto, están los días junto a Cecilia Echeverría, con quien se casó en 1957.

“Una niña a quien busqué en fotografías durante siete años… Recién a mis veinte la conocí”, anota Uribe sobre la mujer con la que tuvo cinco hijos y con quien aparece bailando en la portada de la reedición de Memorias para Cecilia. Ella falleció en 2001. Desde entonces el poeta no ha salido muchas veces de su departamento.

“Un enclaustramiento voluntario”, dice el ex profesor de La Sorbona, que en su biografía relata su relación, en diferentes etapas, con Jorge Edwards, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn, José Donoso, Ignacio Valente y Pablo Neruda, a quien llama “el guatón Nerón”.

Llegar al cielo 

En estas últimas semanas, el autor de 60 títulos, entre poemarios, ensayos y traducciones, ha estado leyendo El ceño radiante, texto biográfico de Gerard Manley Hopkins, poeta y jesuita inglés del siglo XIX. Además relee En busca del tiempo perdido, de Proust y Memorias de Saint-Simon.

“Pepe Donoso decía que la lectura de Saint-Simon era de índole racial. Lo que es completamente idiota. Pepe era poco inteligente, le gustaba mostrarse como un mentor intelectual”, señala molesto el autor que a fin de año volverá a librerías con Vida viuda (Lumen). Es el segundo y último volumen de sus memorias, que abarca desde 1990  hasta la actualidad.

“Creo que mis memorias son un recuento de mis imperfecciones. Ahora recordar no necesariamente es un bien, también puede hacer daño”, dice el autor de A peor vida, quien afirma escribir “todo el tiempo”.

La reiteración y la vejez para Uribe son sinónimo de tontería. Y también muchas otras cosas. “Nada más importante para entenderse a sí mismo y lo que está alrededor de uno. Sin tontería no se podría vivir”, señala quien a los 25 años se encontró con un retrato de un antepasado religioso en el Museo Histórico. “Empecé a encontrarme parecido a ese presbítero feroz”, anota en sus memorias y ese recuerdo lo lleva a su actual estado.

“Dicen de los viejos cuando están mal físicamente: ‘pero si está con la cabeza buena’. No es cierto. ¡El entontecimiento es evidente!”, insiste, y vuelve sobre sus años. “Esto de llegar a la edad que tengo de manera, en apariencia, natural, ¡es un absurdo!”. Agrega: “No tengo ninguna ilusión de irme al cielo. Y todas estas leseras no demuestran sino que el Diablo existe aquí y ahora”.

¿Y está aquí?

Está presente acá -despega la mano izquierda de su escritorio y apunta a su entorno-, entre nosotros, acá, acá, ¡en la realidad!.

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