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Culto
¿Por qué amamos a Shakespeare?

¿Por qué amamos a Shakespeare?

A 400 años de su muerte, el 23 de abril de 1616, el autor de Hamlet es el dramaturgo más representado en el mundo. Su obra ha inspirado a políticos, artistas y escritores, y su huella está incluso en la vida cotidiana. Cuatro siglos de grandeza e influencia.

La llamaban la Biblia de Robben Island. Era un libro maltrecho y ajado, introducido clandestinamente por los presos políticos que luchaban contra el apartheid en Sudáfrica. En la cubierta tenía imágenes de dioses hindúes para ocultar su contenido revolucionario: las Obras completas de William Shakespeare. Entre los prisioneros que se reunían a leer al poeta inglés en la cárcel sudafricana en los años 70, estaba el futuro Presidente de ese país. Nelson Mandela tenía una frase favorita tomada de Julio César: “Los cobardes mueren muchas veces antes de su muerte; el valiente no saborea la muerte sino una vez”.

Las obras de Shakespeare han inspirado a muchos. En la casa de la familia Lincoln, en Indiana, había pocos libros, entre ellos las obras de Shakespeare. Abraham Lincoln creció con ellas y las mantuvo  a mano cuando llegó a la Casa Blanca. El Presidente que abolió la esclavitud solía releer a Shakespeare por las noches y era un espectador teatral frecuente. En una carta al actor James Hackett, en diciembre de 1863, enumeraba  sus obras favoritas: “Lear, Ricardo III, Enrique Octavo, Hamlet, y especialmente Macbeth. Creo que nada iguala a Macbeth. Es maravillosa”.

Lincoln no acostumbraba citar en público a Shakespeare, pero leyó en voz alta fragmentos de Macbeth, específicamente el pasaje en que éste consuma su traición al rey Duncan, días antes de su asesinato. John Wilkes Booth, el actor sureño que cometió el primer magnicidio de EEUU, quería ser parte de una tragedia de Shakespeare cuando disparó a Lincoln. Claro que no pensaba en Macbeth: se veía como como el asesino de Julio César, Bruto,  “el romano más noble de todos”.

Y hace unos años, en las elecciones de 2008 en EEUU, hubo quienes leyeron el triunfo de Barack Obama como la victoria de Otelo: “un hombre que superó un pasado difícil a través del mérito personal”; un outsider que unió bandos con la fuerza de su carisma. “Otelo con una esposa negra”, escribe Stephen Marche en el libro Cómo Shakespeare lo cambió todo.

El dramaturgo inglés es uno de los mayores misterios de la literatura universal: sabemos tan poco de él y de su vida y, sin embargo,  es uno de los autores más admirados e influyentes. En 52 años de vida, escribió 37 obras, entre dramas históricos, tragedias y comedias. Y a 400 años de su muerte, es el autor más representado en el mundo. El año pasado fue un fenómeno en Londres el Hamlet con Benedict Cumberbatch; uno de los estrenos esperados en cine es Macbeth con Michael Fassbender y Marion Cotillard, y hoy mismo en Santiago hay una decena de montajes.

Muerto el 23 de abril de 1616, Shakespeare cumple cuatro siglos de vigencia. Cuatro siglos de grandeza.

El guionista invisible

“Shakespeare está en todas partes”, dice Héctor Noguera. El actor y Premio Nacional de Teatro dirige por estos días una versión popular, en décimas, de Sueño de una noche de verano. “Shakespeare está en la gente porque las preguntas que plantea son las que todos nos hacemos: el sentido de la vida, cómo vivimos. Hoy estamos en una época en que nos creemos dueños de todo, pero hay pequeñas cosas que se nos escapan y que pueden cambiar nuestra vida, como le ocurre a los enamorados de Sueño de una noche de verano”, agrega.

La huella de Shakespeare puede observarse en muchas dimensiones. Desde la política, donde sus tragedias e intrigas encuentran especial resonancia, hasta el cine, el lenguaje y la vida cotidiana. En la literatura es un autor insoslayable: un sol que ha iluminado otras estrellas, de Dickens y Melville a Faulkner, Nabokov y Javier Marías. Incluso a Agatha Christie: su exitosa obra La ratonera se inspira en un pasaje de Hamlet. Para el crítico norteamericano Harold Bloom no hay duda: Shakespeare es el centro del canon occidental.

Los poetas chilenos tampoco han resistido la fuerza de gravedad del autor isabelino: Pablo Neruda tradujo Romeo y Julieta; Nicanor Parra reescribió el Rey Lear y pasó años dialogando con Hamlet, obra que acaba de traducrir Raúl Zurita.

Pero incluso si usted no ha leído a Shakespeare, jamás ha visto sus obras y tampoco sus adaptaciones al cine, de algún modo ha recibido su influencia. Todas los enamorados se miran en Romeo y Julieta, así como Macbeth y Lady Macbeth son el ejemplo de la traición y la ambición, Yago de la maldad y Hamlet del héroe trágico. Shakespeare como un guionista invisible: junto a las cientos de películas basadas en sus obras, están las series que se inspiran en sus personajes o tramas, desde Los Soprano hasta House of Cards.

El autor de La tempestad tenía un don superlativo con el lenguaje, componía versos brillantes y frases ingeniosas. De su teatro vienen expresiones como “el amor es ciego”; “mucho ruido y pocas nueces”; “la reputación es el agobio de los tontos”;  “es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”, y la más célebre: “Ser o no ser”.

Shakespeare aportó palabras nuevas al inglés, entre ellas uno de los nombres femeninos más populares del Reino Unido y EEUU, también usado en Chile: Jessica. Este aparece por primera vez en El mercader de Venecia.

La condición humana

El escritor Jaime Collyer, traductor de Otelo, observa dos razones en la influencia del dramaturgo: “ Shakespeare se adentra en asuntos y temas no muy habituales en las letras hasta entonces, hasta que él escribe sus tragedias: en la complejidad del mal, en su doble fondo habitual, en el mal y la bondad que coexisten en cada uno de nosotros, o en los villanos de aspecto impecable y alma putrefacta (como Yago). La segunda tiene que ver con la multiplicación cuántica de cada palabra que escoge para los parlamentos de sus personajes: cada verbo o adverbio estalla en sus múltiples resonancias, algunas de ellas a veces desconocidas”.

El narrador boliviano Edmundo Paz Soldan tradujo Mucho ruido y pocas nueces y destaca el amplio registro de su obra, así como la enorme riqueza de su lenguaje: “Te hace sentir que no hay nada de la condición humana, ningún misterio, ningún rincón, que no esté al alcance de la literatura. Shakespeare llega tan lejos que a veces parece que no solo está narrando la condición humana, sino también inventándola al narrarla; cierta conciencia de la subjetividad moderna, que aparecía antes de manera más bien torpe y balbuceante, aparece en sus dramas con una expresividad tal que termina influyendo en ella, de algún modo fundándola”.

A eso se refería Harold Bloom cuando escribió Shakespeare: la invención de lo humano: “Sus mayores criaturas representan nuevos modos de conciencia”. El poeta como cristalizador de profundas experiencias humanas. O como lo diría aquel preso sudafricano que llegó a Presidente: “De alguna manera, parece que Shakespeare siempre tiene algo que decirnos”.

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