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Culto
John LeCarré, el chico que escapó de casa y se convirtió en espía

John LeCarré, el chico que escapó de casa y se convirtió en espía

El autor de novelas de espionaje más célebre del siglo XX, ex miembro del M16, publica su autobiografía, Volar en círculos. En ella recrea episodios de su infancia junto a su padre, estafador profesional, y lejos de su madre. Relata su ingreso al servicio secreto británico, su éxito literario y encuentros con peligrosos personajes.

Su padre era un estafador profesional que entraba y salía de la cárcel. Ronnie Cornwell, el papá de John LeCarré, tenía una personalidad simpática y extrovertida, pero cuando bebía más de la cuenta perdía los estribos y solía golpear a su esposa. LeCarré aún era un niño y se propuso defender a su madre. “Lo hacía tan a menudo y con tanta determinación, y a unas horas tan intempestivas, cuando volvía a casa por la noche, que por un impulso de caballerosidad me autoerigí en su ridículo protector y por eso dormía en un colchón, delante de la puerta de su dormitorio, con un palo de golf en la mano, para que Ronnie tuviera que enfrentarse conmigo antes de acceder a ella”.

Cuando David Moore Cornwell, el verdadero nombre del escritor y ex espía, cumplió 5 años, su madre abandonó la familia. Desapareció sin dejar rastro. LeCarré no supo más de ella hasta 16 años después: entonces ella tenía otros dos hijos. “Todavía hoy sigo sin saber qué clase de persona fue”, escribe hoy LeCarré, de 84 años, en sus memorias Volar en círculos.

El libro acaba de aparecer en el Reino Unido, Estados Unidos y España, y ha despertado gran interés en la crítica y los lectores. En el volumen el escritor de novelas de espionaje más importante del siglo XX recrea su biografía pública y privada, desde imágenes de su infancia a su paso por el M16, su trayectoria literaria y su encuentro con tipos peligrosos y con líderes mundiales como Margaret Thatcher y Yasser Arafat.

Nacido en Poole, Dorset, en 1931, Le Carré creció junto a su hermano bajo la tutela de un padre jugador, bohemio y conquistador. “Ciertamente Ronnie también me pegaba, pero solo unas pocas veces, y con poca convicción. Era el proceso de preparación lo que realmente asustaba: el descenso y recolocación de los hombros, la mandíbula que se adelantaba”, recuerda el novelista.

Con tal figura paterna y sin el cuidado de su madre, LeCarré tuvo una infancia poco feliz:  en su hogar el amor no abundaba. “Mi hermano era el único padre que conocí”, anota. De ahí que a su padre solo lo llama por su nombre de pila: Ronnie.

Desde luego esa infancia determinó el carácter y acaso el destino del escritor. “Vivíamos continuamente entre mentiras”, dice Le Carré. Muchas veces él y su hermano contaban que su padre estaba de vacaciones, cuando en realidad cumplía una condena en la cárcel. De ese modo LeCarré se acostumbró a inventar historias, cuentos, fantasías que alimentaban su imaginación.

De la misma manera, el escritor vivía simulando: en  Sherborne School, el colegio donde estudió, se esforzaba por integrarse y mostrarse como un estudiante seguro, carismático, aplicado. Pero en la intimidad sufría por la estricta disciplina inglesa, los habituales castigos escolares y por su situación familiar.

Así, cuando cumplió 16 años, decidió emprender vuelo. Un día le dijo a Ronnie: “Padre, puedes hacerme lo que quieras, no voy a regresar”. Partió entonces a Berna, Suiza. “Y muy probablemente le echaba la culpa de mis males a la escuela -y a Inglaterra con ella- cuando mi motivación verdadera era alejarme de mi padre a toda costa, algo que difícilmente le podía decir a él. Desde entonces, por supuesto, observé cómo mis propios hijos hacían lo mismo, aunque con más elegancia y mucho menos aspaviento”, cuenta hoy.

En Berna continuó sus estudios, y comenzó su camino en los sombríos laberintos del servicio secreto.

El Gran Llamado

LeCarré no escribe sus memorias de modo convencional: el libro no se apega a un orden lineal desde su infancia a la madurez. Más bien, se ordena en torno a 38 de capítulos que siguen el rumbo intrincado y a veces caprichoso de los recuerdos. “¿Qué es verdad y qué es la memoria para un escritor creativo en lo que podríamos llamar con delicadeza el atardecer de su vida?”, se pregunta.

En cualquier caso, el novelista subraya la honestidad de su ejercicio de memoria: “En ningún lugar he falsificado a conciencia un hecho o una historia. He disimulado cuando fue necesario, sí. Falsificado, enfáticamente No. Y donde mi memoria es frágil, me he ocupado de señalarlo. Un relato de mi vida reciente ofrece versiones concisas de una o dos de las historias, así que naturalmente me da gusto reclamar que son mías, contarlas con mi propia voz e investirlas lo mejor que puedo con mis sentimientos”, dice, a propósito de la biografía que Adam Sisman publicó en 2015.

Los escombros de la guerra aún humeaban cuando Le Carré llegó a Berna, a fines de los 40. Las heridas seguían abiertas y entre los jóvenes británicos había un ánimo de perseguir nazis. “Por eso no sorprende que cuando me llegó el Gran Llamado, en la persona de una dama muy aseñorada de treinta y tantos años de nombre Wendy, de la sección de visas de la Embajada Británica en Berna, el estudiante inglés de diecisiete años que abarcaba más de lo que podía en una universidad extranjera se haya puesto en alerta y dicho: ‘A sus órdenes, señora!’”.

Gracias a su habilidad con el alemán, fue asignado a la oficina británica en Viena. Más tarde, en Oxford, tendría que informar sobre sus compañeros al M15, el servicio de inteligencia nacional. Cumplió con sus tareas, pero no le agradó. Hizo clases como profesor en Eton y fue transferido al M16, el servicio secreto exterior.

Entre 1960 y 1964 estuvo en Bonn y en Hamburgo. Allí, cuando su misión consistía “en obtener traidores para su causa”,   comenzó su trayectoria literaria. Descubrió que lo atraían los hombres con poder, conocer qué los movía. Por la noche tomaba notas de su trabajo. “Espiar y escribir novelas están hechos el uno para el otro”, dice.

Publicó dos libros policiales antes de su gran éxito, El espía que venía del frío. LeCarré se retiró entonces del M16. Muchos de sus ex compañeros lo consideraron traidor o al menos peligroso cuando alcanzó popularidad. Incluso el ex ministro de Defensa británico Denis Healey lo acusó en una fiesta de ser espía comunista.

El autor no entrega más detalles de su trabajo en inteligencia o del modo en qué operaba, pero anota: “Todos los servicios de inteligencia tienden a mitificarse, pero los británicos somos una clase aparte. Mejor no hablar de nuestra triste figura en la Guerra Fría, donde el KGB nos superó en astucia y en capacidad de infiltración prácticamente a cada paso”.

LeCarré refiere encuentros con Margaret Thatcher, quien le dice “no me cuente historias tristes”; con Arafat, quien huele a talco de niños; con espías rusos, alemanes, israelíes,  con presos en Guantánamo y secuestrados en Afganistán. Recuerda su paso por Camboya, Ruanda o Chechenia para escribir sus novelas, cuando ya era un autor célebre. Y sus relaciones con el cine: sus encuentros con Sidney Pollack y Stanley Kubrick.

Con más de 20 novelas publicadas en 30 idiomas, a los 84 años LeCarré mira en perspectiva el camino recorrido, y escribe: “Ultimamente, paso muchos ratos perdidos preguntándome cómo habría sido mi vida si no hubiera salido huyendo de mi colegio británico o si hubiera escapado en otra dirección”.

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