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Culto
César Aira, escritor argentino: “Hay que pensar en grande, no en ganar o no el Premio Nobel”

César Aira, escritor argentino: “Hay que pensar en grande, no en ganar o no el Premio Nobel”

El autor, que figuró entre los candidatos al galardón sueco, viene a Chile para recibir el Premio Iberoamericano Manuel Rojas.

El tiempo y el espacio no son conceptos absolutos, se pueden contraer y dilatar. Lo dice la física y lo demuestra la obra de César Aira, el más visiblemente sensible de los escritores de esta parte del mundo a la figura del genio loco, a las derivas teóricas, las fantasías científicas y a los embrollos del caos.

Tras muchos años de ser un autor valorado, pero de gusto minoritario, casi clandestino, Aira (nacido en 1949, en Pringles) ha ido obteniendo un reconocimiento cada vez más amplio. Suele destacarse, para su fastidio, la asombrosa copiosidad de su creación. Según las estadísticas, sus “novelitas” bordearían la centena. Pero las estadísticas son engañosas. En El santo, Aira relata la historia de un santo italiano medieval que vive en una ciudad catalana y quiere regresar a morir a su pueblo natal, pero como la economía del lugar se basa en su santa fama, las autoridades deciden matarlo y tenerlo de reliquia; el santo emprende una huida que lo llevará a diversas aventuras. En uno de los países que visita se provocan incendios e inundaciones para evitar que estos sucedan, pues se reducen sus posibilidades de ocurrencia con la lógica de la estadística.

Si se prefiere usar la concepción relativa del espacio, la fecundidad de Aira es también un malentendido “espacial”: la mayoría de sus novelas son breves y a veces brevísimas, de manera que su obra completa podría ocupar un solo tomo de algunos bestsellers. Incluso si se incluyera su empeño crítico mayor, el Diccionario de autores latinoamericanos (2001) -completo y personalísimo catálogo y guía de lectura, a reeditarse en Chile por editorial Tajamar- ni siquiera rozaría la extensión de las varias “sagas” al uso.

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También el tiempo es relativo. No sólo al interior de los relatos (las múltiples peripecias del santo del libro homónimo transcurren en el increíble plazo de una semana; el pasado oculto bajo la tierra que los “arqueólogos”, en La invención del tren fantasma, reconstruyen es uno bastante curioso), sino también en la aparición de los relatos mismos. Escribir y publicar son cosas distintas, obviamente: el Diccionario de autores latinoamericanos estuvo guardado muchos años, y según contaba Aira en La vida nueva (2007), el tiempo del editor podía estirarse casi en un universo distinto: el plazo comprometido para editar se hace cada vez más breve y el tiempo que deja pasar el escritor para insistir, cada vez más largo; lo llamativo es que la historia es en parte la de su primer libro, Moreira (1975). Si de intervalos se trata, las visitas regulares de Aira a Chile, se habían interrumpido. Pero ahora vuelve para recibir, este lunes, el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas.

Hacía tiempo que no venía a Chile. ¿No se habían dado las circunstancias?

Viajo sólo según las invitaciones que me hacen. Nunca he comprado un boleto de avión. No por avaricia sino porque no veo el motivo de viajar porque sí. Otro tiene que tomar la iniciativa, y por lo visto faltó iniciativa en Chile este último tiempo. No me quejo porque he ido muchas veces, y en este lapso de ausencia estuve en otros 20 países.

Ha sido jurado de premios, pero no concursante ni, hasta ahora, ganador.

Conservo mi virginidad de concursante, porque no concursé por este premio sino que fue idea de los jurados dármelo, para mi gran sorpresa y alborozo.

Pero ha figurado en otros premios: en la lista del Man Booker y en las apuestas del Nobel. ¿Le hace ilusión este último, como le pronosticó alguna vez Carlos Fuentes?

Fue una broma de Carlos Fuentes, que algunos apostadores se tomaron en serio. Me temo que seguirán perdiendo plata hasta que se convenzan de que no me darán nunca ese premio. No doy el perfil, ni tengo los méritos necesarios. Y en realidad, aunque suene hipócrita, preferiría seguir en estado de no ganador. Desde que el dinero dejó de ser un factor para mí, el Gran Premio me traería más problemas que beneficios. Me volvería una figura pública, me reconocerían en la calle, no podría ir a escribir al café. Y hay algo especialmente desagradable, que es perder el nombre. Uno pasa a llamarse “el Nobel”: “el Nobel comió ravioles a la bolognesa”, “el Nobel está resfriado”, “el Nobel salió a las cinco”. Lo peor sería que de ganarlo se me cerrarían las puertas de ese exclusivísimo club al que pertenecen Kafka, Proust, Joyce y Borges. Puede parecer una ambición desmesurada pedir admisión ahí, pero hay que pensar en grande, y no en pequeñas mezquindades como ganar o no ganar el Premio Nobel.

¿Y qué opina del premio a Bob Dylan?

Con toda la admiración que tengo por Bob Dylan, creo que no tendrían que haberle dado un premio de Literatura. Si estos señores de Suecia se empeñaban en darle un premio, podrían haberle dado el de la Paz, que es de definición más amplio, y hasta podrían haberlo justificado mejor, diciendo por ejemplo que la música acerca a los pueblos y contribuye al entendimiento de las naciones. Además, es injusto para con los escritores. Los músicos tienen sus premios, y un premio de música no se lo van a dar a un escritor. No tienen por qué hacerlo. Música es música, literatura es literatura. Se las puede solapar, pero metafóricamente, como cuando se dice que los versos de un poeta son muy “musicales”, o que un preludio de Chopin es “poético”. Con metáforas se puede decir cualquier cosa.

¿Cuánto tiempo es lo usual para usted entre escribir y publicar?

Antes casi no había intervalo. Libro que terminaba iba al día siguiente a la editorial. Me maravilla la confianza que me tenía, y que he perdido. Ahora puedo pasarme un año preguntándome si vale la pena publicarlo. Quizás tengo buenos motivos para preguntármelo. La decadencia es un camino de ida.

¿Qué hay de cierto de que habría decidido un receso de publicar libros nuevos?

Me cansé de que me califiquen de “prolífico”. La palabra misma me produce una convulsión de rabia. Me di cuenta de que hacía años que de mis libros no se decía que eran buenos o malos, sólo que eran “muchos”. Así que estoy en huelga de publicación, desde hace un año. Me vino bien porque estoy escribiendo más cómodo, más relajado.

La última vez que se dio un intervalo largo produjo su Diccionario…

Ese Diccionario lo escribí en un año y tres meses, de un 1 de enero a un 31 de marzo. No puedo creer la energía y capacidad de trabajo que tenía entonces, a mis 35 años. Y en aquel entonces no había Internet, así que tenía que ir a bibliotecas y archivos a buscar textos y datos. Era un trabajo de 20 horas diarias.

En Sobre el arte contemporáneo cuenta el temprano hechizo de Duchamp, como una especie de “fascinación fría”.

Duchamp con el tiempo se me ha vuelto algo así como un hobby, como para otros puede ser la filatelia o la carpintería. Y tengo material para alimentarlo, no hay peligro de que se termine, porque se siguen publicando libros sobre él. Debo de tener más de 100 en casa, y cuando creo que ya hay uno (o dos) sobre cada obra suya, sobre cada momento de su vida, sobre cada frase que pronunció, siempre hay otro más. Justamente, el mes pasado compré uno, muy erudito, sobre el maquillaje que usó Duchamp para hacerse tomar una foto.

¿Cree en el inconsciente?

Me parece que no es cuestión de creer o no, sino de dejarlo actuar. Yo lo llamo La Diosa Literatura, que viene en mi auxilio, no sé de dónde, cuando no sé cómo seguir con lo que estoy escribiendo.

En ciertos períodos de sus novelas hay recurrencias: “monjas”, “indios” de las pampas, últimamente ha aparecido una vinculación entre trenes y arqueología. ¿Hay alguna explicación?

Si hay una recurrencia, me entero porque me lo dice algún lector o entrevistador. Por ejemplo, ahora caigo en la cuenta de que hay trenes y arqueólogos repitiéndose en mis libros. Los trenes deben de venir de Sheldon Cooper, y de un pintor psiquiátrico, Martín Ramírez, que sólo pintaba trenes. Y quizás de recuerdos de infancia; cuando yo era chico mi pueblo, Pringles, no tenía carreteras, sólo caminos de tierra que se ponían intransitables con las lluvias, y nuestro único contacto con el mundo era el tren. Los arqueólogos seguramente aparecieron porque tengo un joven amigo que cuando se levanta a la mañana, en lugar de ver los diarios va a un sitio en la Web que se llama algo así como Archaeology Today, que todos los días tiene la noticia de algún nuevo descubrimiento.

El pobre zapatero de La invención del tren fantasma añora el conocimiento de los estudiantes que ve pasar. Pero el narrador cree que la universidad no encierra el saber.
Esa es una burla cariñosa. Yo estoy muy agradecido de haber tenido una educación universitaria. Aunque creo que la cultura genuina se hace con los libros, en casa, he notado que a los autodidactas, por lejos que hayan llegado en sus lecturas, siempre les falta algo.

En El santo describe la amistad, como “el contacto temático de los cerebros”. ¿Podría precisar la idea?

No, no creo poder. En general soy bastante desaprensivo con el sentido de lo que escribo. Si suena bien, está bien, y ya alguien se encargará de encontrarle sentido. Pero en este caso hasta yo puedo comprenderlo. No sólo lo comprendo sino que lo he estado experimentando, dolorosamente, estos últimos años. A mi edad, los viejos amigos empiezan a morirse, y cuando un amigo se va uno pierde un tema de conversación, el que tenía con ese amigo.

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