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Culto
El desquite de Alejandro Sieveking

El desquite de Alejandro Sieveking

En uno de los años más agitados de su carrera, el autor nacido en 1934 cree que es tiempo de escribir sin pensar en el resto. Acaba de operarse del cáncer que padece hace 32 años, tres de sus obras vuelven a cartelera y aquí opina sobre sus colegas fallecidos, Rivano, Radrigán y Wolff. “Nunca he sido un poeta popular”, dice.

Cuestiones tontas, domésticas, trámites rutinarios, como ir al supermercado, al banco y suplir la ausencia de la nana en su departamento, son las que distraen y a la vez colman la paciencia de Alejandro Sieveking. A sus 82 años, el dramaturgo chileno cree que la vida le hace perder el tiempo a veces y que preferiría enterarse de poco. Por eso evita encender el televisor, mucho menos oír radio. A lo más compra el periódico los fines de semana. “Me sorprende que hoy todo en este país sea motivo de movilización y que cada día salgan más grupos a la calle”, dice sentado a la mesa cubierta de cigarrillos, y con la mirada en el cerro Santa Lucía, donde parece buscar las palabras adecuadas.

Este, dice, ha sido uno de los años más agitados de su carrera. Días atrás terminó el rodaje de Los perros, la nueva cinta de Marcela Said (El verano de los peces voladores) en la que encarna a un dueño de forestales y padre de una mujer (Antonia Zegers) que se enamora de un ex torturador (Alfredo Castro). Antes, en septiembre, el autor de La remolienda estuvo en el festival de San Sebastián para el estreno de la película El invierno, del argentino Emiliano Torres, y que recién hace un mes llegó a salas argentinas con cuatro premios internacionales bajo el brazo. Uno de ellos, dice orgulloso, lo distinguió como el mejor actor en el Festival de Cine de Biarritz, en Francia, por su papel de un capataz en un lejano fundo de la Patagonia, donde se crían y esquilan ovejas. “Aquí nadie se enteró parece, porque nadie me llamó. Lo hicieron los productores, el director, amigos argentinos y otros que viven en Costa Rica, pero aquí pasó soplado. Debe ser porque la película no ha sido promocionada en Chile, ni siquiera tiene fecha de estreno”, alega.

En El invierno a su personaje lo despiden por su edad, y luego emprende una lucha sorda contra el joven que aspira a ser su sucesor. “No sé cómo ocurrió, pero con los años me convertí en el nuevo chico malo. En El club, en Bala loca y ahora en Los perros me tocó ponerme el antifaz oscuro de esa clase de hombres que esconden quiénes son en realidad y que se desatan cuando están solos”, dice, echando humo y vaciando una y otra vez el cenicero.
A su regreso, Sieveking ya tenía otros proyectos en carpeta. El que lo tiene más entusiasmado, cuenta, es la serie Helga y Flora, ambientada en el Chile de 1933, y que contará la historia de las dos primeras mujeres policías. El proyecto ganador de un fondo del CNTV de $ 485 millones estará a cargo del productor Christian Aspee -conocido por su trabajo junto a Raúl Ruiz- y con guión de Omar Saavedra. “Ahí seré un abusador de niñitas, otra vez el malo. Ya grabamos un teaser, pero el rodaje será en el segundo semestre del próximo año”, agrega el actor, quien compartirá la pantalla junto a Catalina Saavedra y Amalia Kassai.

Siguiente vida

Los más recientes han sido días libres, pero Sieveking tuvo que hacerse cargo de su salud. Este martes debió intervenirse nuevamente por el cáncer a la piel que padece hace 32 años, cuando tenía 50, al igual que su padre cuando fue diagnosticado con la misma enfermedad. “Seguro es congénito, pero no es nada grave ni tedioso para mí. Pudo serlo al principio, pero ahora, después de 160 operaciones, ya estoy curado de espanto. Mi doctor dice que yo no debería estar vivo. Que soy un caso rarísimo. Por eso las muertes del Paco Rivano, (Juan) Radrigán y Egon (Wolff) me golpearon fuerte, pues siempre creí que yo iba a morir antes”, dice.

De los tres, cuenta, el más cercano suyo fue Rivano. El librero y autor de Por sospecha, fallecido el 15 de septiembre pasado, “era el que más me gustaba como escribía, entre otros motivos. Cuando la Bélgica -Castro, su esposa y actriz- y yo no teníamos ni un peso para viajar, íbamos hasta su boliche en San Diego con cuatro cajas repletas de libros y se las vendíamos. Era buena persona el Paco”, recuerda. Por los otros dos, en tanto, reconoce sentir un profundo respeto a pesar de las diferencias.

“Con Radrigán me pasaba que sus versos eran reguleques no más, al menos para mí, pero sus obras quedaron y seguirán dando vueltas. Gusto personal tal vez, pero yo nunca he sido un poeta popular. Y con respecto a Egon, creo que sus obras siempre fueron mal dirigidas por Eugenio Guzmán. En realidad, él estropeaba todos los textos que pescaba. Además, por ese carácter tan suyo de padre de la patria, Egon nunca permitió que mi obra Manuel Leonidas Donaire y las cinco mujeres que lloraban por él se diera en el Teatro UC, me han contado algunos, hasta que mi amigo René Silva la estrenó en el Teatro Itinerante durante los 80. Bueno, quizá eso explique por qué murió tan solo”, opina.

De las plumas actuales, Sieveking enumera a Guillermo Calderón, Luis Barrales y Alejandro Moreno, en ese orden. “Si me preguntas quién tiene más proyección, digo Calderón a ojos cerrados, aun cuando sus obras políticas se alejan de las mías. Y es que el teatro no necesariamente debe serlo. Un crítico de teatro antiguo, Hans Ehrmann, siempre me puso la escopeta en la espalda para que escribiera en vez de actuar, pero cuando volví a Chile del exilio con La comadre Lola (1985) dijo que yo había vuelto con una ‘obrita’ que hacía caso omiso a todo lo que había ocurrido en el país. Contradictoriamente, él fue el primero en decir que La remolienda, otra obra que se echó al bolsillo, y La comadre Lola, eran clásicos del teatro chileno. No me sorprende. Su mujer, la Yolanda Montecinos, decía que la Bélgica y yo éramos las bases del comunismo chileno. No tenía idea. Como sea, yo siempre dije y seguiré diciendo que la gente tiene que sacar sus propias conclusiones respecto de una obra. La obviedad es enemiga del teatro”, agrega.

Mientras se repone de su última operación, dos de sus obras vuelven a los escenarios, partiendo por Animas de día claro (1959), dirigida por Nelson Brodt, y que se presenta desde ayer y hasta el 26 de noviembre en la sala Antonio Varas. Luego, entre el 23 y 27 de este mes, en el Teatro Municipal de Las Condes, será el turno de Pobre Inés sentada ahí, su más reciente pieza, estrenada en abril de este año bajo la dirección de Rodrigo Bazaes y protagonizada por Bélgica Castro, de 95 años. “Hubo una confusión ahí, porque muchos especularon que la Bélgica no estaba bien de salud y que no iba a poder actuar. Lo que ocurrió fue que se traspapelaron con las fechas, por eso se bajó de Coronación, pero sí hará de Inés”, cuenta.

Sieveking también ha vuelto a escribir. Se trata de la segunda parte de Todo pasajero debe descender, de 2012 y dirigida por Alejandro Goic, y donde retrató a dos decadentes personajes, Guillermo y Gregoria, sentados en un café del centro de Santiago, con las manifestaciones de fondo. “Como las marchas aumentaron, me pregunté si estos dos viejos seguían con vida y cómo reaccionarían frente al contexto actual. Hasta ahora se llama Cinco años después, y ya hay conversaciones con Goic para que él la haga”, cuenta. “Esta vez quiero ampliar el espectro de mis personajes, darles otra clase y tono, y yo mismo perder el miedo a lo que puedan decir otros. Siempre voy a escribir sobre lo que se me antoje, nunca haría nada a pedido para estar en gracia con nadie. No me interesa. Como los gatos, los dramaturgos tenemos varias vidas, y yo me siento viviendo una nueva”.

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