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Culto
La noche fría y González canta

La noche fría y González canta

Dejó Berlín por un rato. La madrugada del jueves, Jorge González dio un concierto en Santiago. Dos horas de temas viejos, nuevos y covers, cantados por un artista que parece no haberse ido nunca de aquí. Fue mundo aparte, en un club de Vitacura, mientras afuera caía una de las noches más frías del año. Esto es lo que vimos/escuchamos.

-Acá le viene a cantar a puros cuicos -dice alguien en el público.

Son las 11.30 de la noche en el Amanda, en Los Cobres de Vitacura, que es un club subterráneo rodeado de galerías comerciales. El que va a tocar es Jorge González, que podríamos definir como el único rockstar chileno, aunque, en realidad, éste sea un rótulo tan pobre como confuso. González, que alguna vez fundó Los Prisioneros y los deshizo una y otra vez para convertirse en un héroe solitario en el panorama del pop chileno antes de fugarse hacia demasiadas partes (el extranjero, las drogas, la música electrónica), puede que cante ahora temas de su nuevo disco, Libro, que aún no se edita. González, lo sabemos, es demasiadas cosas para demasiada gente y ha atravesado nuestro último cuarto de siglo como un símbolo indescifrable e indestructible, donde pueden encontrarse, sin contradecirse, la angustia romántica, la levedad de un pop perfecto y la ferocidad del punk más político.

Pero todo lo anterior es inexacto. La verdad es que nunca hemos sabido qué hacer con él, salvo convertir sus canciones en pedazos de nuestras vidas.

Eso se nota acá, en Vitacura: los fans de González se han tomado el local y han desplazado a los adolescentes de clase alta aburridos o borrachos que son el público habitual del lugar. Los fans abarcan dos o tres generaciones, vienen desde todo Santiago y esperan con impaciencia que el show comience. El Amanda está lleno. Muchos no tienen idea cómo diablos van a volver a sus casas. Les importa poco y nada. González apenas toca en Chile. González apenas lanza discos en Chile. El grueso de su producción nos lo hemos perdido y, por estos lados, no ha sacado un disco solista en 11 años, desde Mi destino (1999).

Nadie sabe qué va a pasar ahora mismo. Periodistas y medios dan vueltas, expectantes. González es impredecible y volátil; apenas habla con los medios, desprecia a los periodistas de música. Mientras, la gente del público intercambia rumores sobre él, idealiza un posible setlist(“Ojalá toque ‘Muevan las industrias’. Nunca lo hace”, dice uno), hablan del nuevo single (“Nunca te haría daño”), se pregunta si se separó o no de su mujer, si terminó de dejar las drogas, si va a volver definitivamente a Chile, si está bien o mal. Entonces, el escenario se llena de humo azul y el recital comienza. La banda (Gonzalo Yáñez, Pedro Piedra, Jorge del Campo) sube. Hay un sofá de terciopelo rojo antiguo en el centro del escenario, rodeado de velas apagadas. González sale a escena. Está canoso, lleva un corte de mohicano. Los músicos lo miran. El público aplaude. González le dedica el show a los antepasados y a los muertos y luego comienza a tocar “Brigada de negro”, pero algo falla con la afinación y la guitarra de Yáñez se hunde en medio del tema. La banda se detiene. Prueban de nuevo. Salen del escenario. Los roadies arreglan todo. El sonidista recibe insultos. Pasan unos minutos. González y los músicos vuelven. Son las 12 de la noche.

Y la gente grita.

Y el show arranca de veras.

Y dura dos horas.

Y González canta con los ojos cerrados, pero con los brazos abiertos. A veces, parece que tuviera la cara hecha de mármol. A veces, parece quebrarse. La gente baila y canta, completa las canciones. La primera sección del show son sólo temas de Los Prisioneros. Puras sandías caladas. Viejos hits que la banda machaca sin fisuras: “Por qué no se van”, “Para amar”, “Sudamerican rockers”, “Corazones rojos”. González canta con seguridad, le guiña un ojo a Yánez, aprieta la mandíbula. A veces, mira con los ojos abiertos a un punto indeterminado y pareciese fugarse dentro de la melodía, habitar sus viejos éxitos como si fuesen un cuarto privado. González lo sabe. Quizás las canciones siempre fueron sólo suyas: canta como si no hubieran existido Los Prisioneros. Su voz no ha cambiado; oscila entre la rabia y la calidez, entre la ferocidad y el falsete. A veces interviene los temas: “No necesitamos banderas” se alarga hasta convertirse en una diatriba sobre las guerras, sobre las familias que controlan Chile. A veces, toca un cover: “Arauco tiene una pena” de Violeta Parra se convierte en una pieza de rock, el lamento quebradizo original se transforma en una épica del hoy. La gente se abraza, salta, grita, sacan los celulares y filman. Registran el modo de pararse de González, esa pose con la mandíbula hacia delante, evitando relajarse, en una tensión perpetua. Cuando las canciones de Los Prisioneros terminan, González y su banda se van, la luz se apaga y unroadie prende las velas a ambos lados del sillón. Después de un par de minutos, él vuelve y se sienta ahí y toma una guitarra acústica y, antes de cantar, cuenta que estaba en Berlín, en enero, en un estudio, porque iba a grabar un disco de house y que tomó la guitarra y salieron estas canciones. Las velas encendidas esbozan el paisaje de cierta intimidad. Hay gente atrás que habla, murmura. Una muchacha les grita que se callen. Entonces, González se pone a cantar. Los temas no tienen nombre, parecen ser uno solo como si se tratase de un monólogo dramático. Los temas hablan desde la voz de alguien que está roto, hablan del daño y de la pena, están cantados desde un lugar que podría ser una habitación deshabitada. Algo pasa acá, algo cede acá. González está desnudo o finge estarlo, gracias a esa guitarra acústica y esas canciones nuevas. González está tan a la intemperie con esos relatos sobre el vacío, sobre cuerpos que sólo saben agredirse; que se rompen y se vuelven vulnerables. Varias parejas en el público se besan. Otras personas repiten lo que canta, para memorizar las letras. González se está rompiendo arriba del escenario, está contando una historia sin querer contarla. Cuando termina, cuando la banda vuelve, el daño está hecho. González se pone sobre el piano y canta “Esquemas juveniles”, de Javiera Mena, y luego más canciones nuevas y más hits y parece haber entrado en una zona de confort, porque las canciones no se acaban, porque él parece tener más y más temas y todos están en la memoria de la gente. Dice que ha cambiado: en algún momento, explica que no podía tocar sin la batería y las secuencias y que ahora no puede evitar fijarse en la melodía de las canciones. Parece que González no se hubiera ido nunca, como si nos hubiese acompañado desde hace tanto tiempo. Por supuesto, esto es raro: el recital ha perdido todo orden que no sea cantar esos temas que todos parecemos saber desde un tiempo desconocido, como si se tratase de una memoria genética; como si él pudiera seguir así para siempre, llenando el Amanda de más y más canciones y no tuviese -como otros artistas- que calcular el show como un relato -con momentos altos y bajos, con alguna clase de clímax- que fuese in crescendo sino que, por el contrario, se limitase a cantarlo sin estridencias ni apuro, hasta que termine la noche. La gente sabe eso. El frenesí y la pena se han ido. González se ha limitado a quedarse en el escenario sin hacer alharaca alguna, como si éste fuese su hogar, como si nunca hubiese estado en otro lugar fuera de ahí. Así, todo se desliza hasta terminar. González toca al piano “El baile de los que sobran” (que, antes que rabiosa, parece triste) y “Tren al sur” (que se escucha como un poema de Jorge Teillier); amaga una versión de “Wicked game”, de Chris Issak, que suspende porque la encuentra melancólica. Entonces, hace subir a la banda de nuevo y finiquitan el show con “Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos” y el público baila y el Amanda parece cualquier lugar menos el Amanda, se convierte en un gimnasio de la década del 80; en un estadio regional de la gira de despedida de Los Prisioneros de 1991; en el Nacional, a principios de la década pasada. González está ahí idéntico a sí mismo; es el relato de un hombre sin tiempo, de alguien que mira hacia dentro de sus propias canciones, de alguien que aprieta las mandíbulas y canta.

Cuando todo termina, empieza la fiesta en el Amanda, pero a nadie parece interesarle. La gente escapa al frío y vuelve a sus casas. Son las dos de la mañana y la helada bestial cae sobre Santiago. González queda atrás: en la memoria reciente se convierte quizás en uno de los antepasados que honró al comienzo del show.

En este momento nos damos cuenta de por qué, sin saberlo, lo echábamos tanto de menos.

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